Quédate

4796 Palabras
Dicho aquello me di la vuelta. No me importo que me estuvieran llamando con desesperación; no me importó que estuviera en un lugar que no conocía. Lo único que quería era irme lejos, si pudiera desaparecer del mundo me daría por satisfecha. Caminé con el paso más fuerte que pude afuera de aquella maldita casa. En cuanto estuve afuera, rompí a llorar. Sentía la adrenalina palpitar por mis venas, así que la aproveché para correr lo más lejos de aquel lugar. No pensaba volver a los Hamptons nunca en la vida, pero no tenía a dónde ir. Mi esperanza era encontrar una estación de autobús para poder llegar a Manhattan. Agradecí mentalmente a la Celeste del pasado por haber tenido frío y ponerse de nuevo la ropa, porque traía la cartera a en los bolsillos del short. Eso haría mi humillación un poco más sencilla porque podría irme por mi cuenta. Nadie había ido a buscarme y eso me dolió. Estaba más sola que nunca en la ciudad más grande del mundo. Me limpié las lágrimas y caminé hasta encontrar una estación de autobús.  —“¿Puedo hablar contigo?” Le escribí a Camila, temblando. Aunque mi hermana y yo estábamos algo enojadas por la situación de su boda la necesitaba más que nunca. Mi teléfono celular sonó en pocos minutos, vibrando como loco con mensajes de Nina y Anne, los ignoré leyendo el único que necesitaba.  —“Dame 15 minutos y te marcó.” —“Gracias, hermana.” En ese tiempo era demasiado para mí. Así que, respirando profundamente, marqué el número de la persona que realmente necesitaba que me reconfortara.  —María… —Mamá, soy yo.  —Cielo…—mi madre soltó un suspiro, a lo lejos se escuchaba una de las tantas telenovelas que tenía por costumbre ver desde que se había jubilado—¿qué pasa, mi princesita? Volví a llorar. Las cosas entre nosotras seguían siendo algo frías después de su regaño derivado del accidente, pero era mi madre al fin de cuenta y podía saber muy bien cuándo yo la necesitaba. Era difícil para mi abrirme con ella, pero sabía muy bien por todo lo que había pasado. De algún modo u otro, aunque ella podía despertar a mis demonios más rápido que nadie, era una de las pocas personas que podía domarlos.  —Celeste—sonaba firme y preocupada—Hija, ¿estás bien? —Lo saben, mamá. Saben todo lo del negocio con Paola.   Se hizo un silencio horrible detrás de la línea. Desvié la vista hasta los bellos paisajes que cambiaban de la naturaleza de los Hamptons hasta la selva de acero que era Nueva York.  —Princesita…pero, ¿cómo? —Una chica lo descubrió en internet.  —Ven a casa—me suplicó—Aquí podemos solucionarlo.  —No voy a conseguir eso jamás, madre—sollocé—Me va a perseguir hasta el último día de mi vida. Mamá, ¿de verdad soy tan mala como para merecer todo esto?  —Hija mía, un error no te hace ser mala persona.  —Entonces, ¿por qué lo sigo pagando tan caro? No supo qué decirme, yo seguía llorando mientras ella me pedía que volviera a casa. Me contaba que nadie del laboratorio lograba ocupar mi lugar, que incluso los profesores, que tanto me criticaban, le habían escrito a Camila para preguntarle cuándo volvería a México.  —No sé…no sé que hacer, mamá—confesé—quiero terminar mi posgrado, pero no puedo volver a verlos a la cara.  —Claro que si puedes—lo dijo con tanta fiereza y lealtad que me hizo sonreír—Eres Celeste Santillán, la primera mujer que tuvo la dirección de un laboratorio en México. Eres mi hija y la hija de tu padre, eres la niña que nunca se ha rendido. Cometiste un error cuando era pequeña, pero eso no te hace menos que nadie.  Mi madre no era buena para los sentimientos, así que aquello me tomó por sorpresa. Ni siquiera cuando las cosas pasaron me defendió con tanto fervor. Seguía llorando, pero ahora mis lágrimas tenían otro significado.  —¿Lo dices en serio, mamá? —Claro que si, mi princesita… Mi teléfono móvil indicó, en ese preciso momento, que comenzaba a quedarme sin batería.  —Mami…¿puedo llamarte más tarde? —Por supuesto, mi Cielo. Necesito saber que estás bien. Además, sabes que tu padre espera como loco que le hagas una videollamada.  —No le digas nada de esto…se preocupará y no puede hacer nada desde allá.  —Lo haré, siempre y cuando me prometas que esto no te afectará más que hoy. —Lo intentaré.  —Así me gusta.  —Mami…te quiero.  —Yo igual te quiero, mi cielo y…estoy muy orgullosa de ti.  Terminamos la llamada mientras yo me limpiaba las lágrimas. Podía contar con los dedos las veces en las que mi mamá me había dicho que estaba orgullosa de mí y sentía que ninguna había significado tanto como ahora. Quizá, en medio de toda la tristeza aplastante que sentía en ese momento, podía empezar a renacer de mis cenizas, volver a arreglar todas las relaciones rotas que tenía pendientes y comenzar desde cero como debí haber hecho desde un principio. Un último mensaje llegó a mi móvil antes de que se apagara. —“Madre me lo ha dicho. Solo escribe “secta” para qué Franco y yo nos deshagamos de toda esa gente. ¿Crees que se verá más genial si los asesinamos con nuestros trajes de boda? Por cierto, tu vestido de dama de honor será n***o. Te amo, hermanita.”  Camila sabía cómo hacerme sonreír. No puede contestarle por la batería, pero ahora no podía quitarme la imagen de ellos dos en trajes de boda, asesinando a medio mundo con ametralladoras. Podían ser unos payasos dramáticos cuando se lo proponían. Por primera vez desde que llegué a Nueva York, extrañé mi hogar con locura. Quería volver a vivir en el mismo apartamento que Igor y Camila, donde aunque peleamos siempre, encontrábamos de que reírnos; quería contar los días para tomar el autobús que me llevará directo a Guadalajara, a abrazar a mis padres o tomar el té con mi abuela. Había llegado a la estación de autobuses cercana al Central Park y volvía a llorar. Caminé hasta el parque, sentándome en una de las bancas, pues sabía qué volvería al ciclo de comer y vomitar si me encerraba en la casa. Necesitaba que me diera el aire fresco.  —¿Podemos hablar? Alcé la vista para encontrarme cara a cara con Adam Harris.  —¿Qué haces aquí? —Te seguí con el automóvil de Wick desde que saliste de la casa. No sabía como acercarte a ti, pero te subiste a aquel autobús así que conduje hasta la estación.  —No debiste haberlo hecho.  —Nena. Te voy a seguir hasta México si es necesario.  Me tomó de la mano, pero yo lo solté. No quería que se me acercara, ni él ni nadie. Adam, sin embargo, no me hizo caso. Se acercó a mí y puso sus manos en mis mejillas, cerré los ojos pero él acarició mi rostro hasta que me hizo verle.  —Te voy a contar lo que hay entre Dalilah y yo.  —No tienes que hacerlo…—mi voz sonaba como un susurro.  —Es algo que quiero. Lo debí haber hecho desde el día que me di cuenta que estaba enamorado de ti.  —Adam—acaricié su mejilla—la vida no se trata de intercambiar secretos. Nuestra relación no funciona porque no podemos confiar en el otro. Tú te enteraste de mi pasado por Dalilah y yo no quiero saber que te traes con ella solo porque tienes lástima por mi.  —Nunca podría sentir lástima por la mujer más fuerte y valiente que conozco.  Ambos nos quedamos en silencio, con las manos tocando las mejillas del otro, absortos en lo que sentíamos.  —Tienes razón—susurró besando mi frente—pero me hiciste pensar. Ayer yo perdí los estribos sin razón.  Bufé. —¡Y que lo digas! Aunque reconozco que yo no estaba en mi mejor momento. Odio que las mujeres no podamos mantener todo el tiempo el mismo temple, así no nos considerarían histéricas.  Adam me regaló su hermosa sonrisa, haciendo que sus ojos azules brillarán como me enamoraba desde el primer día en que lo conocí.  —Yo no confió en muchas personas, mucho menos en las mujeres—comenzó Adam, yo no sabia sí estaba preparada para saberlo, pero no podía impedir que hablara. Si me estaba contando era por algo—Primero es por la forma en que mi madre volvió con mi padre mil y un veces aunque este la golpeaba y después fue por Dalilah.  —Ella sigue siendo muy importante en tu vida—susurré. —Ella me seguía doliendo hasta que llegaste tú.  Me quedé en silencio, incapaz de preguntar más. Pero ahora era él quien necesitaba seguir hablando, sacar todo lo que tenía dentro del pecho.  —¿Qué pasó entre ustedes? —Dalilah y yo fuimos novios desde los 13 años.  Sonreír con tristeza, pensando que los dos cambiamos nuestro destino a la misma edad aunque de modos muy diferentes.  —Al principio todo era lindo, como en las películas, pero comenzamos a crecer. Mi madre enfermó, mi padre se fue y yo no tenia tiempo para un noviazgo. Dalilah pareció entenderlo muy bien, sobre todo cuando me alisté al ejercito. Estaba segura de que volveríamos pero yo tenía otros planes.  —¿Ya no la querías?—cuestioné. —Me di cuenta que siempre quise a Dalilah como a una hermana, de las misma manera en la que quiero a Margot. Su madre es la mejor amiga de la mía, ella se hizo cargo de mi cuando nadie más pudo… Sus ojos se llenaron de lágrimas, que me apresuré a limpiar. Besó cada uno de mis dedos para terminar con mi palma.  —No tienes que seguir hablando, Adam. De verdad, no me interesa tu pasado. Así como tú no me has dicho nada del mío.  Negó con la cabeza.  —Cuando volví, me enteré que Dalilah le había dicho a todo el mundo que ya era la esposa de un soldado. Incluso había logrado que mi padre volviera con mi madre prometiendo que yo ya era capitán del ejercito.  —Nadie debería tener ese control sobre tu vida.   A mí nunca me habían pedido nada, ni mis padres, ni nadie a mi alrededor. Todos se encargaron de que yo fuera feliz haciendo lo que quería. No me imaginaba cómo sería crecer con esa presión.  —Ya lo sé—me dijo con tristeza—me tenían atado de manos, pero mi madre fue la que me dio la oportunidad de salir.  —¿Cómo?—ahora estaba verdaderamente confundida.  —Se internó en un hospital de beneficencia. De esa menta yo ya no tenía que depender del dinero de Joseph Harris para cuidarla, yo solo podía ver por mí mismo. Empecé a trabajar con el profesor  Cooper como intendente del museo y eso me ayudó a pagar la admisión de NYU.  Suspiré, sintiéndome orgullosa de aquel hombre al que tanto quería. Había logrado hacer una vida por sí mismo, sacrificando todo para cumplir los sueños.  —¿Por qué? ¿Por qué volviste con Dalilah?  —Estaba embarazada—me soltó. Genial. Ahora compartían un hijo. No podía creerlo, tenía 25 años y me volvería madrastra. Tenía demasiadas dudas, pero debía dejar que él me contara a su tiempo.  —¿Tienes un hijo?  Para mi sorpresa, y la de mis demonios que empezaron a bailar, simplemente negó con la cabeza.  —Durante todo el tiempo que vivió en las casas que nos daban los militares durante los tours que hicimos, Dalilah tuvo un amorío con un soldado raso llamado Daniel Franklyn.  Ahora tenía sentido la reacción que tuvo cuando se encontraron en la universidad. Si Dalilah seguía viéndose con su amante, ¿qué carajos quería con Adam Harris?  —¿Cómo lo supiste? —Cuando perdió el embarazo. Daniel me lo confesó. Estaba igual de preocupado que yo, ambos nos encontrábamos en el hospital cuando Dalilah tuvo el aborto.  —¿Ella…? —Se lo provocó cuando le dije que yo no quería tener una relación con ella. Que éramos muy buenos amigos, por lo que podíamos criar a ese hijo sin estar juntos. Yo estaba decidido en lo que quería hacer, pero ella quería que yo regresara a la base militar, pero después del accidente de William no tenía intenciones de hacerlo. Cuando le dije eso, Dalilah se provocó el aborto.  Me quedé en silencio, sin saber qué decirle.  —Lo siento tanto, Adam. ¿Tú querías a ese bebé?  —Nunca estuve seguro de tener hijos.  —¿Por qué sigues estando tan cerca de ella? Mi inseguridad no pudo evitar salir a flote cuando dije aquellas palabras sin poder evitarlas.   —Después de eso, estuvo un tiempo internada en un hospital psiquiátrico. Han pasado por varios diagnósticos, pero nadie sabe qué pasa con ella. Su madre me pidió que tuviera un ojo sobre ella y no puedo negárselo.  No me importaba ahora, no era un tema que teníamos que tocar de nuevo. Además, yo era la que tenía que estar avergonzada de mi pasado, no él.  —Creo que yo también te debo una explicación.  —No me debes nada. Lo único que quiero es tu amor…y que te quedes a mi lado.  —Eso también lo quiero yo.  Besé sus labios, sin saber muy bien qué seguía entre nosotros. El beso se cortó antes de lo que yo hubiera deseado. Mi corazón seguía palpitando fuertemente en mi pecho, pero Adam se negaba a soltarme. Quería salir corriendo y pretender que no había pasado nada, que él seguía teniendo sus secretos y yo los míos, pero no podía hacerlo. Tarde o temprano debía hacerle frente a mis demonios, quizá ahora que tenía alguien que me tomaba de la mano sin dudar podía ser más fácil.  —Lamento lo que dijo Dalilah antes—me susurró al oído—no tenia porque hablarte así.  Bajé la cabeza, nuevamente avergonzada, pues todo lo que me había pasado fue mi culpa, mientras que Adam no se había buscado nada de lo que vivió. Yo fui una tonta, él una víctima de sus circunstancias.  —Soy yo la que lo siente…—dije avergonzada. —No tienes porque sentirlo. Tu pasado, así como los secretos que has guardado, son tuyos para decidir lo que quieras hacer con ellos.  —Siento que ahora te debo muchas explicaciones.  —No le debes nada a nadie.  Me limpié las lágrimas, pues sus manos estaba aún pegadas a mi cinturas dibujando circulitos que intentaban tranquilizarme. Seguía sintiendo mucha vergüenza, pues una de las cosas que más odiaba en mi vida era que me vieran llorar. No toleraba la idea de ser débil frente a alguien, había crecido creyendo que las lágrimas eran la peor señal del mundo. Mis padres no toleraban vernos llorar, ni a mí ni a Camila, así que me acostumbré a escuchar “no llores” y poner mi mejor cara ante el sufrimiento. Pero eso me fue llenando de dolor por dentro.  —Lo que yo quisiera es que nada de eso se me hubiera ocurrido.  —¿Qué edad tenías?  Medité unos segundos, no sabía si podría seguir contando aquello.  —Olvídalo Lele, no debí preguntar… —Tienes derecho a tener dudas—suspiré—Tenía 14 años cuando a Anya se le ocurrió la idea, pero no lo pusimos en práctica hasta un año antes de salir de la preparatoria. A los 16 años. Para entonces éramos bastante buenas amigas, lo suficiente para confiar en que la otra no diría nada.  —Wow… —No voy a excusarme—dije bajando la cabeza—necesitaba dinero, mis padres no pasaban por una buena racha y era un negocio redondo. Así perdí la virginidad.  Eso era algo que ni siquiera Camila sabía. Mi secreto mejor guardado. Fyodor había sido mi primer cliente, yo siempre le dije a mis padres que lo conocí en una feria del pueblo, pero no era así. Él, junto a otro joven llamado Juan José, fueron los que le habían propuesto el negocio a Paola en primer lugar. No los podía culpar de lo que viví, pero tampoco negaría que eran parte de ello. Reprimí un escalofrío, que Adam pareció notar porque dirigió las manos a mi mentón, haciéndome levantar el rostro.  —No tienes nada de qué avergonzarte, Celeste. Y no quiero saber nada más, en verdad, no me interesa.  —Pero Dalilah… Me mordí el labio con fuerza para no volver a derrumbarme, como si ese pedazo piel sostenido entre mis dientes mantuviera mi estabilidad a flote.  —Dalilah puede pensar lo que quiera de un puto papel que encontró en internet. Pero yo, y solo yo, conozco a mi Celeste. Volvió a besarme con fuerza, sin dejar de tocar mi rostro. Yo quería fundirme en sus besos y olvidarme de que el mundo. Nada parecía importar cuando estaba con él, ojalá el mundo fuera así de sencillo como cuándo estábamos abrazados. A los pocos minutos sentí una fina lluvia que caía sobre nosotros. —Vamos a casa, nena.  Sin decir otra palabra, me dejé llevar. Estaba demasiado cansada emocionalmente, no me apetecía hacer nada más que quedarme en sus brazos y dormir hasta olvidarme de todo mi pasado. Caminé con él de la mano hasta la motocicleta, donde me puso el casco y su chamarra, para arrancar a su apartamento de Brooklyn. Mi sorpresa fue mayor cuando me encontré a todos nuestros amigos en aquel lugar. Anne prácticamente había hecho un agujero en la alfombra, dando vueltas en ella.  —¡Gracias al cielo! ¡Pensé que te había ocurrido algo!  Se tiró a mis brazos, apretujándome contra ella. Anne ya sabía algo de lo que había pasado cuando yo era adolescente, pero no hasta que profundidad llegó. No me había hecho más preguntas y se lo agradecía. Antes de que pudiera corresponder a su abrazo, Nina y Margot habían hecho lo mismo, encerrándome entre las tres. Era demasiado raro tener amigas, una parte de mi quería desaparecer pero en ese instante supe que ellas no me dejarían.  —No debiste irte así—reprendió Margot, cruzándose de brazos, cuando nos separamos.  No podía mirarla a la cara. Era su cumpleaños y lo que merecía era divertirse, no estar escuchando esa clase de cosas. Enrojecí hasta las orejas cuando me di cuenta de lo que había hecho. No solo le había gritado a Dalilah Jones, la había abofeteado también en la casa de sus padres y en el cumpleaños de su hermana.  —Lo siento mucho, Margot. No debí haber hecho un escándalo.  —¿Tú?—ella me miró fijamente—¡Dalilah es la que debería estar avergonzada por decir aquellas cosas sin tomarse el tiempo de conocerte!  —Pero…lo que contaban de Paola y yo es cierto.  —¡Quieres dejar de culparte de todo!—bramó William con furia—Eso no hará que se te olvide más fácil. Cobrabas por sexo, ¿y qué? Hay personas que han hecho cosas mucho peores y nadie las juzga.  En su mirada pude algo oscuro, que me decía que hablaba más por experiencia que por tranquilizarme.  —Bueno, en eso tienen razón.  —¿Ves?—dijo Alex—Ahora, deja de hacerte Houdini que no podemos perderte, si eso pasa ¿quién saca a pasear a Adam? Sonreí por primera vez en aquella tarde de lluvia. Me había equivocado, mis amigos no me habían dejado sola, simplemente habían tratado de darme mi espacio. Parecían conocerme mejor que la gente que decía conocerme.  —Muero de frío, así que podemos hacer té o chocolate—dijo Nina—¡Y aún tenemos la torta del cumpleaños de Margot!  Eso zanjó la tarde. Hicimos que Margot se sentara en la barra de la cocina, con una corona en la cabeza que Alex encontró entre las cosas que Adam tenía en casa para las esculturas. Como niños, cantamos las canciones de feliz cumpleaños, pretendiendo que nada había pasado. En medio de los gritos y la algarabía, me di cuenta, por primera vez en mi vida, que tal vez la clave de la felicidad estaba en vivir el presente. Ese fin de semana pasó como uno más y sin embargo, lo sentía como si fuera el primero que realmente disfrutaba en Nueva York. El verano no era completamente caluroso, lo que hacia posible disfrutarlo como no se podía hacer en Ciudad de México, que era la época en la que yo tenía más trabajo porque casi nadie salía de sus casas en Invierno. No estaba acostumbrada a tener tiempo para holgazanear cuando hacia calor, así que esos días eran preciosos para mí.  —¿Quieres que hagamos algo?  No habíamos tenido sexo desde que Adam supo de mi vergonzoso pasado. Y no por él, yo era la que se rehusaba, pues las palabras de Dalilah seguían volviendo a mi mente una y otra vez.  —Ya sabes, Adam. Te estás acostando con una zorrita que disfrutaba que pasaran varios hombres por su cama al mismo tiempo.  La rabia me carcomía cuando pensaba en aquello, por lo que ponía cualquier excusa para no pasar la noche con Adam. Él parecía entender que estaba pasando, porque me daba el espacio que necesitaba, simplemente me abrazaba o me distraía con otra cosa. Yo se lo agradecía con toda el alma. Debía meditar demasiadas cosas después de que había desnudado mi alma para volver a desnudar mi cuerpo frente a él. Me miraba insistentemente al espejo. Era lunes, aún tenía que terminar algunas clases para dar oficialmente por terminado el semestre, aunque el proyecto que había presentado me garantizaba oficialmente mi lugar en el segundo curso, tenía que aprobar todo para que me siguieran pagando. Miré el rojo de mi cabello con un poco de odio. Cuando era niña, odiaba que me dijesen que no era mexicana, o latina, por no ser morena, y después de todo el problema con Paola, fue aún peor. Era mas fácil señalar a la chica del cabello como el fuego, que a la morena común, y parecía ser que nunca podría escapar aunque estaba lejos de todo aquel escándalo. Sin embargo, ya me habían descubierto. Mis amigos sabían quién era yo y no me habían dicho nada en absoluto. Estuve todo el fin de semana a la espera de un mensaje donde me dijeran que no querían hablar conmigo nunca más pero eso no pasó.  —Estamos casi de vacaciones—Nina daba pequeños sorbos a su café helado—deberías estar tranquila. No a punto de explotar como bomba molotov.  —Ay Nina…—reí—estar tranquila o relajada no es uno de mis fuertes en la vida.  —Tampoco debería ser estar como una gata en celo. ¿Adam te está quedando mal en la cama?  Escupí el té que tomaba en un ataque de risa. Habíamos quedado de vernos con Margot y Anne para ir a comprar ropa, pues nuestra amiga rubia se iría de vacaciones con su familia a las Islas Canarias. Eran una familia adinerada y podían darse esa clase de lujos. Yo todavía debía decidir qué era lo que haría. No era muy fácil comprarse un boleto de avión. Caminamos al centro comercial, riendo a carcajadas.  —Ya, Lele—dijo Nina—¿qué es lo que te pasa? —Verdaderamente es solo el estrés del posgrado.  Alzó una ceja.  —Eso es tan cierto como que en las noches Adam baila con zapatos de tacón por las noches. —¿Lo has visto?—fingí sorpresa—¡Oh Dios!  —No te hagas la payasa, sé que solo haces eso cuando evades un tema.  Suspiré.  —Siento que las cosas se van a poner raras en cualquier momento. No sé si es un sexto sentido o me estoy volviendo más paranoica de lo que es normal para un ruso.  —¿Raras en qué sentido? Me ruboricé y maldije en voz alta. Odiaba que desde aquel día en los Hamptons me ruborizaba a la primer provocación, como si mis murallas hubieran caído y no pudiera volver a reconstruirlas con la misma facilidad de antes. Nina pareció entender a lo que me refería y me dio un golpe en la cabeza.  —¡Qué te pasa!  —Es para quitarte ese pensamiento miserable y autocompadeciente.  —¡Ni siquiera dije lo que estaba pensando!—exclamé enfurruñada.  —Piensas que te tratamos diferente por lo que sabemos y esa es una reverenda tontería.  —Pero… —¡Lele! Todos tenemos secretos, no eres la única. Somos un grupo de amigos que nos queremos y convivimos. Listo. En todo caso, la que hizo mal fue Dalilah al exponer cosas de tu vida privada.  No me sentía muy convencida, pero la mirada de Nina me hizo callar.  —¿Saben algo de ella? —¿De Dalilah?  Asentí con la cabeza.  —Margot no le habla, pero se irán de vacaciones juntas así que supongo que pretenden frente a sus padres que todo está bien. ¿Adam no te ha dicho algo de ella? —Preferimos no tocar el tema.  —Inevitablemente tendrán que hacerlo.  —Yo lo sé, es una maldita sombra caminando todo el tiempo alrededor de nosotros.  —Solo…no dejes que te apague amiga. Es lo único que te pido. No dejes que la estrella que eres deje de brillar en el cielo por ninguna nube estúpida.  Entrelazó su brazo con el mío y llegamos al encuentro de las chicas. La rubia y la morena ya habían empezado a comprar en algunas tiendas, pero insistían en que necesitaban otras dos opiniones. En general, amaba ir de compras con Camila, pero ahora lo estaba disfrutando más que antes. Las tiendas en Nueva York eran diferentes a las mexicanas, no podía creer que hubiera tantas marcas y cosas diferentes por ver. En los seis meses que llevaba en la gran manzana había ahorrado todo lo posible; mi madre me envió prácticamente un arsenal de ropa y me había accidentado, tres factores que contribuyeron a que no visitara muchos centros comerciales.  —¿Has encontrado algo que te guste?  Margot se había decidido finalmente por un traje de baño de una pieza, bastante recatado, anunciando que la única razón por la que compraba aquel era porque iba con sus padres.  —Yo no pienso comprar nada—sonreí—no necesitaré mucho… —¡Claro!—siseó Nina—Desnuda con Adam todos los días, ¿quién necesita ropa?  —¡No me refería a eso!  Mis amigas sonreían pícaramente, pero yo en verdad lo que estaba considerando era si regresar a casa.  —¿Entonces?—presionó Anne—¿planes de playa nudista? ¿O se mantendrán tapados y calientes a medio verano? Negué de nuevo.  —Aún no sé si volveré a casa.  Se quedaron pasmadas.  —¿Qué estás diciendo?  —He ahorrado lo suficiente para comprar un boleto redondo a Guadalajara. Las clases se reinician en Septiembre y mi hermana está planeando su boda.  Vi como Anne y Nina se quedaron calladas, no pensé que les afectara realmente que yo no estuviera unos meses. Después de todo, no nos conocíamos de mucho tiempo.  —¿Le has dicho a Adam? —No…la cosa es que no lo he decidido realmente. También es algo que debo hablar con mi familia, porque si ellos tienen planes tampoco quiero llegar a interrumpir.  —Ojalá tengan—soltó Nina haciendo que yo la mirara interrogante—¿Qué? No quiero pasarme otro verano sola con Alex.  —¿Y yo qué?—musitó Anne, ofendida—Ahora que nos conocemos, podemos planear algo que hacer.  —¿No vas a estar pegada todo el tiempo a Michael?  Con satisfacción, vi como no era la única que se ruborizaba. La prudente y recatada Anne Brown no podía quitarle las manos de encima a Michael Robinson. Literalmente pasaban todo el tiempo juntos, incluso Michael cenó varias veces en casa con el señor Ollivier allí dentro. Yo juraba que haría combustión interna de lo nervioso que estaba. Me imaginé a mi padre sentado enfrente de Adam, comiendo el famoso sharlotk de mi abuela. Jamás me había planteado que un muchacho que me gustara conociera a mis padres, pero con Adam todo era diferente. 
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