44. A eso de las cinco de la mañana, con mis ojos aún borrosos, sentí el piquetón en el brazo, no era época de mosquitos pero me dolía y mucho. Sentí que no estaba solo en mi cuarto, y quise girarme para ver, pero no llegué a moverme, un manto oscuro me jalaba dejándome como en la nada. Simón me había inyectado algo para que no me despertara por unas largas horas. Estaba nervioso, porque en cualquier momento mi padre podría entrar y revelar la escena, pero lo que él no sabía era que mi padre nunca entraba a mi cuarto. Simón tomó una de mis remeras y se la colocó de una, luego se despeinó el pelo, y bajó adoptando mis modos. —Buenos días, papá. Mi padre alzó la cabeza para comprobar de quién de los dos se trataba. —Buenos días, Martin. ¿Cómo dormiste hoy? —le preguntó volviendo a su ca

