Capítulo 7: "Coerción".

2119 Palabras
Pasaron dos días desde que habían rescatado a Juan Cruz. Era doce de febrero. Samuel estaba bastante preocupado por él ¿Por qué aún no había despertado? Un médico particular lo había visitado y le había dado medicación para tratar la herida de bala, pero ese profesional no tenía idea de que habían borrado su memoria con tecnología ilegal. Isabel y Juan Cruz ya vivían oficialmente con su padre, y ella había vuelto a su rutina: cuidar a Micaela por la mañana, y atender a su hermano el resto de las horas. Estaba en la tienda de pirotecnia. Se sentía físicamente agotado, porque cada vez dormía menos. Si bien no necesitaba descansar ocho horas como cualquier humano corriente, venía salteándose muchas noches de sueño. —Quisiera cerrar antes hoy —comentó Salomé, echándose sobre el mostrador—, es casi mediodía y prácticamente no hubo clientes. Seguro están de vacaciones. Le llamaba la atención con la despreocupación que hablaba. Ella no había visitado a su “novio” en ningún momento durante esas cuarenta y ocho horas ¿Acaso no le importaba el bienestar de Juan? —Siento que estoy desperdiciando mi tiempo en este lugar —masculló Ezequiel, soltando un bostezo. Samuel se mantuvo en silencio. Era consciente de que cualquier cosa que dijera podría ser utilizada en su contra en el futuro. Mientras sus compañeros dialogaban sobre banalidades, él se puso a pensar en cuándo sería el momento indicado para visitar el cementerio para buscar la evidencia sobre el asesinato de su madre. A su vez, intentó recordar qué miembros de Culturam odiaban a los Fraudes, para poder encontrar aliados ¿Acaso debería hackear los ordenadores de algunos científicos para saberlo? Eso le llevaría trabajo, y debería hacerlo desde computadoras que no pudieran rastrearse. Acarició el collar de plata que le regaló su querida prima. No habían vuelto a besarse desde aquella vez que lo habían encadenado simplemente porque no habían tenido tiempo, pero le reconfortaba pensar en ella. Isabel era inmune a su sangre, lo quería y lo comprendía. Al mismo tiempo, conocía todos sus secretos y le ayudaba a razonar con claridad. Conocerla había sido lo mejor que le había sucedido en la vida. En ese instante, Toribio Castellán, otro títere de los Fraudes, ingresó de repente al local. —Aguilar, tu padre quiere que vayas de inmediato a Culturam. Tiene que hablar con vos urgentemente. —Podrías haber llamado a mi celular, sin venir hasta aquí —intervino Salomé con desdén. Ella detestaba a Castellán. —No sabía si Samuel estaría trabajando… suele saltearse días laborales por los Medina —replicó Toribio con impaciencia, y luego contempló fijamente al hijo de Horacio—: vamos, mi vehículo está afuera. El joven Aguilar asintió de mala gana, simplemente para que no molestaran a los Medina si él se negaba a obedecer. Llegaron al escondite de Culturam. Samuel descendió del vehículo perezosamente, siguiendo los pasos de Castellán. Ingresaron a la costosa edificación, y caminaron directamente hasta la “sala de transacciones”, la cual le traía malos recuerdos al joven Aguilar. Pensó en el día en que había descubierto su parentesco con los Medina, y se estremeció. No le parecía correcto tener una relación amorosa con su prima hermana, pero la quería tanto, que no podía vivir sin ella… No había sido su culpa haberse enamorado sin saber quién era Isabel en realidad. Horacio estaba apoyado contra la pared de la sala. Les hizo una seña para que ingresaran a la misma. Evidentemente, habían reparado los destrozos que había causado Sam en aquel entonces. El sitio se veía impecable como siempre había estado. —¿Qué querés? —preguntó Samuel, sin ocultar su desprecio hacia su padre. —Buenos días, hijo. Quiero pedirte que lleves a cabo una misión. El adolescente bufó. —Ya te he dicho que no volveré a ser tu títere. Deberías estar agradecido porque aun atiendo ese maldito local. Horacio soltó un largo suspiro. —Sabía que dirías eso. Sin embargo, quiero contarte algo…—encendió una de las pantallas, y proyectó el rostro de un hombre de cuarenta años—. Observá bien a este sujeto —le indicó. Tenía el cabello n***o con algunas canas, usaba unas enormes gafas de marco gris y sus ojos eran de color miel. Podían vérsele líneas de expresión en la comisura de los labios y en la frente. —Es el periodista Emilio Cárdenas. Tiene cuarenta años. Está soltero, no ha formado una familia aún. Vive a las afueras del valle… —¿Para qué me estás mostrando esto? —lo interrumpió bruscamente Samuel, quien tenía un mal presentimiento. Horacio cambió la imagen que estaba en la pantalla, y ahora se proyectó una serie de documentos. —Este señor estuvo investigando la procedencia de nuestra tecnología, y otros negocios teníamos vinculados a la misma. Ha encontrado información acerca de las mutaciones, Sam. Eso es muy grave. El muchacho ya sabía hacia dónde quería llegar su padre. —No pienso asesinar a nadie —replicó Samuel. —¿Seguro? —Horacio enarcó una ceja—, ¿Mantendrías tu postura luego de que te cuente lo que le hemos implantado a Isabel en la sangre? La ira lo invadió de repente. El joven Aguilar se abalanzó sobre su padre, tomándolo de la camisa, y gruñó: —¿QUÉ LE HICISTE AHORA? —mostró sus dientes. El corazón le latía violentamente. La sola idea de que lastimaran a su prima le haría perder la cordura. —Nada. Ella estará a salvo, siempre y cuando hagas lo que te pidamos. Si desobedecés, tu zorrita será envenenada lentamente… Cuando le tomamos una muestra de sangre le implantamos un microchip que contiene una sustancia tóxica. Depende de la cantidad que liberemos, ésta podría resultar letal. Umma había ido a visitar a Isabel a la casa de su padre. Iban a almorzar juntas. Benjamín estaba preparado unas verduras. —¿Tu hermano cómo está? —Aún no despierta —la señorita Medina se encogió de hombros—, aunque el médico nos dijo que es normal que eso tarde un par de días. Esperaba con ansias el momento en que Juan Cruz abriera los ojos. Deseaba envolverlo en un abrazo y preguntarle cómo se sentía. —Amiga, están pasándote cosas muy extrañas últimamente —observó la joven Haro—, ¿No estarás ocultándome información? —Claro que no —mintió Isabel. Pronto, recordó que a su padre tampoco le había dicho la verdad completa. Luego de que había escapado al contarle del homicidio de Daniela Medina, había regresado esa misma noche para cenar con él. Benjamín le había preguntado cómo sabía que su hermana había sido asesinada, y ella le había narrado explicado sus recuerdos —sin mencionarle que había necesitado de una máquina “extractora de memorias” para que los mismos vuelvan a su mente—, y también le había contado que se había cruzado “con esa gente mala” en más de una ocasión, pero nada más. Fingía no saber quiénes eran, a qué se dedicaban, y por qué habían lastimado a Juan. A su vez, pensó en todas las cosas que Umma desconocía: que Sam, Salomé y Ezequiel tenían el ADN mutado, que pertenecían a una sociedad secreta que “buscaba el progreso de la humanidad”, que Damián tenía relación con ellos, que el joven Aguilar tenía sangre letal (e Isabel era inmune a la misma), y que la mamá de Samuel había sido asesinada. Pobre Umma ¡No podía contarle la verdad! —Como digas —la joven Haro se encogió de hombros. Se quedó pensativa unos instantes, antes de preguntar—: ¿Te molestaría que yo saliera con Ezequiel? Ayer ha pasado por mi casa, y me ha invitado a ver una película el sábado… —Umma —Isabel frunció el entrecejo—, me preocupa que lo veas. Él es peligroso ¿No te acordás cuando te conté que me trató mal en la discoteca? —no quería decirle a su amiga que Ezequiel había jurado conquistarla, porque heriría sus sentimientos. Era información innecesaria. —Sólo quiero tener sexo con él —replicó con aire relajado—. Con esos músculos y ese rostro perfecto, ya puedo imaginarme el tamaño de su… —Ya —la interrumpió Isabel, asqueada—. En serio, no te lo recomiendo ¡Es peligroso! ¿No pensaste que él puede ser capaz de poner droga en tu bebida, o algo de eso? —Está bien, no lo veré —resopló—, aunque me quedaré con las ganas de ver en persona su… Cerró la boca. Justo en la vereda frente a la vivienda de Benjamín Medina, pasaba Facundo, el amigo de Umma —Isabel lo había visto la última vez en aquel club, cuando se había cruzado a Luis—. Al ver a las jóvenes, cruzó la calle para saludar. —¡Chicas! —exclamó con entusiasmo—. ¿Cómo están? —Hola —la señorita Medina no tenía ganas de dialogar con él. Lo consideraba muy inmaduro para su edad. —¡Hola, Facu! ¡Estamos espléndidas! —¡Ya veo! —¿Vos cómo estás? —inquirió Umma. —Muy bien, estoy preparándome para cursar nuestro último año virtual de instituto… ¿No creés que deberíamos festejar antes de que se nos terminen las vacaciones? —Por supuesto —replicó la joven Haro. Isabel dejó de escuchar la conversación, ya que estaban hablando sobre fiestas, bebidas alcohólicas, entre otras cosas. En ese preciso instante, se dio cuenta de por qué le costaba tanto congeniar con la gente de su edad: le habían ocurrido demasiadas cosas para que pudiera ser “normal”. Por eso había creado un vínculo indestructible con Samuel: él era diferente a las demás personas que había conocido. En ese instante, Facundo pilló por sorpresa a Isabel al acariciarle el cabello. —Te ha crecido mucho la melena —observó, apartando la mano—. Te queda espectacular. Umma soltó una risita, pero la señorita Medina se había sentido completamente invadida. Se limitó a resoplar. En ese instante, alguien la abrazó por detrás y le dio un ligero beso en la cabeza. Luego la soltó, y le tomó la mano. Isabel, sin verlo, sabía que se trataba de Samuel… ¿Acaso había escuchado las palabras de Facundo y se había puesto celoso? No era común que él demostrara afecto en público. —Hola —los saludó. Más tarde, clavó la mirada en su prima—. ¿Cómo está Juan? —Sigue igual —la señorita Medina se encogió de hombros. Le entristecía que su hermano continuara inconsciente. —Tengo que hablar con vos, Isa. Es urgente. Umma y Facundo entendieron lo que él quiso decir. —Nos vamos —comentó la joven Haro. Sin despegar la vista de Samuel, inquirió—: ¿Ustedes son pareja? —Algo así —Isabel se mostró segura de sí misma. No le importaba lo que pensaran los demás. —Luego hablamos —su amiga la saludó con la mano, y se fue caminando con su amigo. La señorita Medina se volvió hacia Sam. —¿Acaso te pusiste celoso recién? —Un poco —se encogió de hombros—, pero lamento si mi comportamiento fue excesivo. Sé que vos podés echar por vos misma a los buitres… —Eso es cierto —le dedicó una sonrisa, aunque su gesto cambió al notar la expresión sombría de Sam—. ¿Qué ocurre? —Seré directo esta vez —se pasó la mano por el rostro, típico gesto que hacía cada vez que algo lo abrumaba—. Te han inyectado algo en la sangre aquella vez que fuiste a por mí —le susurró en el oído—, y me amenazaron con hacerte daño si no asesino a un periodista… Por alguna razón, no había más nada que pudiera sorprenderle. Respiró profundamente, e intentó mantener la calma, a pesar de lo aterradora que había sido la afirmación de Sam. Además, debía ayudarlo a él permanecer en sus cabales. —Entremos a almorzar. Dialogaremos en el patio, cuando estemos tranquilos… En ese instante, se le ocurrió una idea descabellada. Esbozó una sonrisa pícara: los Culturam no querían matarla: su intención era utilizarla para extorsionar a Sam. Además, debía de existir otro motivo por el cual ella y Juan aún permanecían vivos ¿Verdad? Podría aprovechar esa ventaja a su favor. —Isa ¿Vos entendés la gravedad de la situación? —estaba a punto de echarse a llorar. —Claro, querido —le acarició el rostro—, pero tengo un plan.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR