Dentro de la confesión donde Ramiro había indicado que había huido porque María era muy joven, demasiado joven para que él tuviera sentimientos hacia ella, esas palabras quedaron flotando en el aire como un pecado recién pronunciado. María —o Lucía, como aún intentaba llamarse— lo miraba en silencio. No sabía si asombrarse, enfurecerse o estremecerse. Pero del otro lado de la puerta, Enrique, cargando al pequeño Ángel en brazos, sintió algo que no esperaba: repugnancia. Repulsión pura. “¿Cómo es posible —pensaba mientras apretaba la mandíbula— que un hombre de 20 años mayor haya seducido a una niña de 18? Él tenía 38. Él ya sabía lo que quería. Ella apenas era una jovencita que no entendía nada del mundo… ni del amor… ni del deseo.” María, en la sala, seguía inmóvil. No decía nada. Ram

