La mañana se colaba tímida por la ventana, tiñendo la habitación con un resplandor suave. El silencio apenas se rompía por el sonido del cepillo pasando lentamente entre el cabello dorado de Lucía, que caía como un río de hilos finos sobre sus hombros. Aquel ruido leve, casi hipnótico, llenaba de vida el cuarto que durante semanas había sido un espacio de dolor y reposo. Sus mejillas, antes pálidas, ahora tenían un matiz rosado, y en sus ojos se asomaba un brillo tenue que hablaba de recuperación.
La puerta se abrió despacio. Enrique, puntual como siempre, asomó la cabeza antes de entrar. Al verla, una sonrisa le suavizó los rasgos.
—¡Buenos días, Lucía! —saludó con voz cálida—. ¿Cómo amaneciste hoy?
Ella levantó la mirada, sorprendida, y sonrió con timidez.
—Muy bien, doctor Enrique. ¿Y usted?
—También muy bien… pero vaya —dijo mientras se acercaba y observaba cada detalle con mirada clínica, aunque en el fondo era más admiración que revisión médica—. Te veo bastante repuesta.
Lucía bajó la vista con cierta vergüenza.
—Aunque, me han comentado las enfermeras que no te has alimentado del todo bien.
Ella hizo una mueca de disculpa, retorciendo un mechón entre los dedos.
—Ya sé, doctor. Es que todavía tengo ciertos ascos… A veces la comida simplemente no me entra.
Él arqueó una ceja, serio, y cruzó los brazos.
—Pues tienes que comer si quieres recuperarte pronto. Que esa herida cicatrice más rápido, y sobre todo, para aportarle vitaminas a ese bebé. ¿De acuerdo?
—Sí, doctor —asintió ella, con esa vocecita frágil que despertaba en él un instinto protector que jamás había sentido.
Enrique se quedó observándola por un segundo más de lo debido. Se escuchó a sí mismo decir:
—Siempre estoy al pendiente de ti, Lucía.
Ella se mordió el labio inferior antes de hablar, como si buscara reunir valor.
—Doctor… disculpe. ¿Recuerda la proposición que me hizo… de que me fuera a vivir a su departamento, en lo que encontraba dónde vivir?
El corazón de Enrique dio un vuelco. Su respuesta salió firme, sin vacilar:
—Sí, claro. Y la propuesta sigue en pie.
Lucía respiró hondo y lo miró a los ojos.
—La verdad… ya lo platiqué con Teresa. Ella me dijo que era una buena opción. Que usted es un buen hombre… y bastante profesional. Así que quisiera tomar su palabra. —Se detuvo un instante y bajó la mirada, con cierta vergüenza—. Vaya… mis opciones son pocas, y lo cierto es que usted es la mejor. No quiero verme interesada, por eso… quisiera ayudarle en la casa, hacer el aseo, la ropa… cualquier cosa. No quiero abusar de su amabilidad.
Enrique dio un paso hacia ella, negando con suavidad.
—Para nada, Lucía. No abusas de nada. Yo te estoy ofreciendo mi hogar porque quiero ayudarte. No tienes que trabajar ni sentirte en deuda.
Ella insistió, con un dejo de súplica en la voz:
—Doctor, por favor. Permítame hacerlo. De otra manera me voy a sentir muy culpable.
Él la miró en silencio unos segundos, y esa terquedad dulce le arrancó una sonrisa.
—Está bien. Ya lo platicaremos.
Respiró profundo, volviendo a la formalidad.
—Bueno, pues ahora que ya tienes a dónde ir, lo único que me queda es verificar el trámite de tu alta. Si todo marcha bien, mañana mismo podrías salir. Y si es así, pediré el día libre para poder llevarte yo mismo. Quiero explicarte cómo es la casa, dónde está cada cosa… Quiero que la veas como tu propio hogar, Lucía.
Ella lo miró sorprendida, y un rubor ligero le coloreó las mejillas.
—Gracias, doctor —dijo bajito, como si temiera que su voz traicionara la emoción que la recorría.
Enrique sonrió de lado y, en un gesto que casi parecía inconsciente, se acomodó el cabello con una mano. Lucía lo notó, y por primera vez lo vio distinto: no solo como su médico, sino como un hombre con una calidez especial.
—No me agradezcas, de verdad —respondió él, con firmeza y ternura a la vez—. Esto me nace hacerlo. Quiero que tú estés bien… y que ese bebé que llevas también lo esté.
Lucía bajó la cabeza, jugando con los dedos, incapaz de sostenerle la mirada.
—Gracias… una vez más.
—En un rato vuelvo para ver lo de tu alta —dijo Enrique mientras se dirigía a la puerta—. No pudimos dártela antes porque no tenías a dónde ir, pero ahora eso ya no será problema.
Ella asintió en silencio.
Enrique cerró la puerta con cuidado. Al caminar por el pasillo, sus pensamientos lo acosaban con una claridad que lo inquietaba.
"¿Qué estás haciendo, Enrique? Nunca has hecho esto por nadie. Has visto casos peores, vidas más rotas, y jamás te ofreciste así. ¿Por qué ella? ¿Qué tiene esta mujer? ¿Por qué me despierta este deseo de cuidarla? Quiero conocerla… quiero saber cada cosa de ella. Nunca me había pasado. Y ese embarazo… ¿quién le habrá hecho ese daño? Claramente no fue alguien que la quisiera. Tal vez me esté metiendo en problemas, pero no puedo dejarla sola. No se lo merece."
Se pasó una mano por la barba, sintiendo un extraño calor en el pecho. Por primera vez en años, el doctor Enrique Lozano se descubría vulnerable, expuesto, y quizá… un poco enamorado de un misterio llamado Lucía.
Esa misma tarde, Lucía se encontraba sola en su habitación del hospital. El silencio apenas era interrumpido por el ligero sonido de los pasos de las enfermeras en el pasillo y el pitido lejano de alguna máquina. Había logrado ponerse de pie, y caminaba lentamente, sosteniéndose de la barandilla de la cama para recuperar un poco de fuerza en sus piernas. Cada paso la hacía consciente de que estaba viva, de que el milagro de haber sobrevivido seguía latiendo en su pecho.
El chirrido suave de la puerta la sacó de sus pensamientos. Era el doctor Enrique, entrando con su porte habitual, seguro pero discreto. Llevaba un gesto más relajado que de costumbre, y sus ojos oscuros, profundos, la observaron con una mezcla de calidez y seriedad.
—Lucía —dijo con voz firme pero amable—, te tengo noticias.
Ella se giró hacia él, con cierta expectación reflejada en su rostro aún pálido.
—Dígame, doctor…
El hombre se cruzó de brazos un instante antes de soltar la noticia.
—Pues, con la novedad de que mañana a primera hora te damos de alta.
Lucía lo miró sorprendida, el corazón acelerándose.
—¿De verdad?
—Así es —asintió él, observando su reacción—. Entonces necesito que te alistes.
Lucía bajó la mirada, nerviosa, pues no tenía nada consigo. Como si hubiera leído sus pensamientos, el doctor sonrió de lado y agregó:
—Y bueno… me tomé el atrevimiento de comprarte ropa. —Hizo una breve pausa, midiendo sus palabras—. Llegaste en ropa interior… casi desnuda.
Lucía abrió los ojos con sorpresa, llevándose la mano a la boca.
—¿Qué? —susurró, con la voz quebrada entre incredulidad y vergüenza.
Él mantuvo la calma, su tono era neutro, profesional, pero en sus ojos brillaba algo más humano.
—Así es. Ya te explicaron cómo fue que llegaste aquí, ¿verdad?
—Sí… —Lucía asintió lentamente, con un leve nudo en la garganta—. Me dijeron que traía una herida de bala y que apenas logré decir mi nombre… Lucía Montiel.
—Es correcto. —El doctor asintió—. Pero, lo cierto es que tu ropa no sobrevivió. Estaba sucia, rasgada, con sangre y tierra. Tuvimos que desecharla.
Lucía tragó saliva. La sensación de vulnerabilidad volvió a invadirla, pero él, notando cómo se ruborizaba, sacó una bolsa de papel y se la tendió con cuidado.
—Por eso… pensé que era necesario hacer esto por ti.
Ella lo miró desconcertada, con los ojos brillando de emoción.
—Doctor… de verdad no tenía por qué gastar en mí. Lo lamento, me da tanta vergüenza…
Él negó suavemente con la cabeza, como restándole importancia.
—No te preocupes, Lucía. Lo único que quiero es que estés tranquila… que estés bien.
Lucía tomó la bolsa y, con manos temblorosas, la abrió. Dentro había un conjunto sencillo pero nuevo: unos pants negros suaves, una blusa blanca de algodón, unos tenis blancos a juego… y ropa interior modesta, nada llamativa. Se notaba que había sido elegido con discreción y cuidado. Lucía se quedó un momento en silencio, acariciando la tela.
—Muchas gracias, doctor… —susurró, conmovida.
—Espero que te quede —añadió él, rascándose la nuca, como un gesto nervioso poco habitual en su porte seguro—. Creí que la talla chica era la indicada, pero eres más delgada de lo que pensé… así que disculpa si me tomé más atribuciones de las que debía.
Lucía levantó la mirada y lo vio ruborizarse apenas. Sonrió tímidamente.
—No, doctor, para nada. Le agradezco mucho, de verdad. No sé cómo voy a pagarle todo esto.
Él se encogió de hombros, dejando ver por primera vez una sonrisa sincera, no profesional.
—No tienes que pagarme nada. Mañana lo único que te pido es que estés lista.
Guardó silencio un segundo, como si pensara en revelar un pequeño secreto.
—Vendré por ti vestido de civil. Nada de uniforme. Así podrás conocer al verdadero yo.
Lucía sintió un escalofrío recorrerle la piel, sin entender por qué. Las palabras se escaparon de su boca sin que las pensara demasiado:
—Eso es lo que más quiero… ver al verdadero usted.
Apenas lo dijo, se quedó helada, dándose cuenta de lo atrevido que sonaba. Bajó la mirada con vergüenza, pero ya era tarde.
El doctor Enrique, en vez de incomodarse, sonrió suavemente. Sus mejillas se encendieron con un rubor leve que lo hacía ver más humano, menos distante. Por primera vez, Lucía sintió que detrás de ese hombre serio y profesional, había un ser sensible, reservado… y misterioso.
Esa noche, mientras acariciaba la ropa que él le había comprado, lo único que pensaba era en la promesa de la mañana: ver al verdadero Enrique.