Me sentí como una verdadera reina cuando después de besarme me tomó por la cintura y salimos abrazados ante la mirada atónita de La Fiera que se quedó con la boca abierta. Me cargó para subirme al helicóptero y me colocó el cinturón de seguridad, luego dio la vuelta y subió por el otro lado, tomó mi mano y la sostuvo durante todo el viaje, hasta el aeropuerto. Cuando bajamos del helicóptero, me preguntó si estaba bien y yo le dije que sí, esta vez mis uñas no lo lastimaron. Caminamos abrazados hasta el hangar y subimos a un avión privado, igual o más elegante que el que se destrozó en la sierra, esta vez el sobre cargo, era un hombre jovencito. —Bienvenidos a bordo patrón —dijo el joven — revisamos todo muy bien, puede estar tranquilo, de ahora en adelante yo me encargaré personalmente

