Una de las cosas que odiaba de vivir en el barrio era mi maldita pobreza que parecía interminable. Si bien mi casa no estaba tan jodida, era porque la habían construido mis abuelos; tenía buenos cimientos, tres habitaciones la sala y el comedor, además de la cocina, teníamos un patio al frente con un portón que asemejaba un garage, pero no teníamos carro. Ahí parada en la ventana noté algo que ya sabía, pero por falta de dinero nunca le había dado la importancia. Nuestra casa estaba situada en un lugar privilegiado, a escasa media cuadra del mercado principal por un lado y al inicio del tianguis por el otro, cientos de personas transitaban por ahí buscando en qué gastar su dinero. — Oye, ma — dije casi inconscientemente, como pensando en voz alta — ¿Y si construyéramos un local en el pat

