Un par de lágrimas amenazaron con escurrir por mis mejillas, pero me las limpié con la mano y me regañé a mí misma. “No seas pendeja Carolina, ¿qué carajos esperabas? ¿Qué te declarara su amor a la primera cogida? Él te conoció como la puta que ya empezabas a ser, así que déjate de pendejadas”. Me puse de pie y las piernas aun me temblaban, la cadera me dolía de tantos sacudones y ni qué decir de mis cositas íntimas. Me lavé hasta quedar impecable, esa noche había perdido la única virginidad que me quedaba y debía reconocer que me había gustado disfrutar de ese dolor. Salí envuelta en una toalla y le puse seguro a la puerta, supuse que él se había ido y yo estaría sola en esa casa con los guarros, y me daban desconfianza. Abrí el closet y me quedé toda pendeja de nuevo, también estaba l

