La azafata gritó y yo cerré los ojos al ver que Rafael sacaba un arma de su espalda, el estruendo se escuchó tan fuerte que hizo eco en la montaña y dejó mis oídos retumbando. Grité cuando vi a la serpiente sin cabeza, pero todavía revolviéndose junto a mis pies descalzos. Corrí hacia él y lo abracé llorando. —Tranquila, ya pasó y afortunadamente no te mordió, tienes que estar más alerta. En estos lugares hay muchas serpientes y escorpiones, quizá sea mejor que te lleve al casco, ahí será más seguro, ya revisamos y no hay ningún riesgo, los asientos son más cómodos que esa piedra en la que estás. —Qué suerte que tiene un arma señor Arizmendi, y muy buena puntería, si no su novia estaría muerta, una mordida de serpiente de cascabel, sería lo peor que nos podría pasar. Rafael no contestó

