El siseo de la serpiente

2301 Palabras
— Justo a tí te estaba buscando. Mi rostro seguramente fue de desconcierto total, lo que provocó que se le escapara una leve risa y alzara el rostro para mirar hacia la puerta. — Parece que ya se ha ido. Solo esperé escuchar eso antes de escapar de su agarre y encararlo con una mirada incriminadora, poniendo la debida distancia entre ambos. Me mira con una ceja alzada y retrocede hasta apoyarse en el escritorio que tenía tras de si, resguardando sus manos en sus bolsillos mientras me veía a la expectativa de mi siguiente movimiento. Mi siguiente movimiento por supuesto que fue darme la vuelta y caminar a grandes zancadas hacia la puerta. — ¡Aguarda! —detiene, ante lo que me giro a verle, pero negándome a soltar el pomo— Tranquila, de verdad estaba a punto de ir a buscarte. Tú eres Charlie, ¿no? — Charlotte —corrijo, viéndole con reproche, pero se limita a sonreír. Estaba de mal humor. Ni siquiera Lucía se ha tomado tal libertad, ¿qué le hace creer que puede dirigirse a mí y tocarme a su antojo? Obviamente solo pensé para mí misma en todas las cosas que quería recriminarle ya que también tenía presente que su cargo era superior al mío y lo que menos necesitaba ahora mismo era salir de un hoyo para meterme a una cárcava. — Lo siento, estoy acostumbrado a trabajar con jóvenes y suelo tomarme más confianzas de las que debería —se excusa, moviéndose de su actual lugar para rodear el escritorio y tomar asiento mientras me señala la silla frente a él—. Siéntate, por favor. — Me disculpo pero no tengo tiempo —respondo. — Intuyo que lo tienes. Prometo ser breve. — Se equivoca, debo ir a barrer el patio. Estaba empeñada a no quedarme con este hombre en una habitación a solas, hasta limpiar las jaulas de las gallinas me parecía ahora mismo una actividad estupenda. Sin embargo, no contaba con la obstinación del padre Elijah. — El patio seguirá en el mismo lugar —responde—, deja la hierba crecer durante unos minutos más y acompáñame. — Es una hierba... — Esto es sobre Rita —informa, haciéndome callar de golpe. Parece notar que ha dado el clavo así que vuelve a señalarme el asiento—. Por favor. Le miro con vacilación pero habían muchos cabos sueltos y sabía que la mejor forma de atarlos era aquí, por lo que lentamente utilicé la silla, provocándole una sonrisa complacida. — Hace un momento estuve platicando con tu amiga, Lucía, sobre Rita —empieza, inclinándose al frente para apoyar sus manos en la superficie de madera, dejándome notar en su dedo anular un anillo con una piedra ovalada del color de la tinta—. Ella ya sospechaba que el motivo de mi presencia aquí era precisamente por su caso, así que espero no equivocarme al dar por hecho que tú también lo sospechabas, ¿no es así? Guardé silencio un momento antes de asentir. — Bien, aparte de las salidas nocturnas y la postergación de sus votos, ¿hay algo más que haya estado haciendo de manera inusual? — No —respondí con la seguridad de haberme hecho esa pregunta ya varias veces en mi cabeza. Pareció comprender y anotó algo en su libreta sin prestarle especial atención. — Sabes, Charlotte —pronuncia de repente, dejando su pluma de lado—, voy a confesarte algo. Vuelve a apoyar sus brazos sobre el escritorio y ladea un poco su cabeza, logrando que se le marquen los músculos que se perdían en el cuello azabache de su indumentaria eclesiástica. Me hace una señal para que me acerque y le miro con desconfianza, lo que le hace reír, dejándome ver una dentadura perfecta. — No voy a contártelo si no te acercas —sentencia—, es un secreto muy importante. Me hice recordar que él ahora sabía más de Rita que yo, por lo que con mucha cautela me incliné un poco en su dirección con la mirada baja en señal de desconfianza. Sin embargo, a pesar de haberme acercado, no pude escuchar nada por un momento por lo que subí mis ojos hacia los suyos y le encontré mirándome fijamente. Había sido prudente al acortar nuestra distancia, pero aún así pude ver con claridad el irís de sus ojos grises que desde donde me encontraba lucía exótico al albergar pequeñas motas de verde y azul, creando una gama que se redujo un poco ante la dilatación de sus pupilas. Un latido en mi pecho me hizo salir de mi análisis minucioso y estaba a punto de alejarme hasta que oí su voz. — Para ser sincero, no estoy seguro de que lo que tenga Rita tenga algo que ver con una posesión —admite, relajando la intensidad con que antes me veía—, pero el padre Luis es un buen amigo y su preocupación es la mía. Sin darme cuenta, un suspiro de alivio escapó de mis labios al verle retirarse un poco, no había sido consciente de lo tensa que había estado hasta ese momento. — El padre Luis nos ha criado a todas con mucho cariño, su preocupación es normal —respondí de manera monótona, pero con la verdad. — Lo sé, es solo que Rita, en realidad, se encuentra muy bien, no hay de qué preocuparse —informa con tono alentador. — ¿Entonces la dejarán volver? —pregunté. Mi relación con Rita no era tan fuerte como con Lucía pero nos habíamos criado juntas, es imposible que no me preocupe por ella, sobre todo luego de lo que oí en la habitación del frente— Oí a las hermanas hablar sobre ella, estaban lastimadas —confesé. No pude evitar sonrojarme al traer a colación mi virtud para espiar, pero el padre Elijah no pareció darle importancia. — Me dijeron que se resistió cuando intentaron llevarla al cuarto de penitencias —le miré rápidamente—, ya no está ahí, por supuesto —añade al notar mi reacción—. Quisiera que las cosas fueran más fáciles pero hay un protocolo por cumplir, así que va a tomar un poco más de tiempo. Habiendo dicho eso, me señala una pila de papeles y se recuesta en el respaldo de la silla como si no tuviera nada más que agregar; el que empezara a desabrochar los puños de su camisa me lo confirmó, así que me puse de pie de inmediato. — Gracias por informarme sobre Rita —me sinceré—, espero que cumpla con su protocolo pronto y ella pueda volver. Ahora debo retomar mis labores. Asiente suavemente sin soltar una palabra más, por lo que me doy la vuelta encaminándome a la puerta hasta que me detuvo cuando estaba a punto de salir. — Charlie —llama, pero poco tiempo tuve para quejarme sobre mi nombre luego de escuchar la segunda parte, que recibí de espaldas, sin la intención de girar— Felíz cumpleaños. Le miré y me topé nuevamente con esa expresión llena de confianza y tranquilidad, coronada por su infaltable sonrisa que parecía ocultar varios motivos. Asentí en su dirección y me apresuré a salir de la habitación con la sensación de que su mirada seguía pegada en mi espalda como hasta entonces. Seguro lucía había hablado de más. Bajé las escaleras a toda prisa y, como dije, pasé la tarde ocupándome de mis labores con diligencia sin permitirme dejar volar mis pensamientos por otros rumbos. En el transcurso de la tarde más novicias cercanas a Rita entraron en el edificio principal por lo que supuse que estaban siendo también interrogadas por puro "protocolo", como el padre Elijah mencionó. Fue hasta la noche, cuando acudí al comedor, que volví a ver a Lucía, quien ahora charlaba amena con otras chicas que también habían tomada asiento en la mesa. Al verme su sonrisa incrementó y palmeó el lugar a su lado, el cual tomé luego de ir por una taza de chocolate. — No te había visto en todo el día —señalé. Meneó una mano, restándole importancia. — La hermana Fátima me dejó encargada de los corrales, tuve que almorzar al lado una gallina. Todas en la mesa sueltan una risa y yo me les uno por lo bajo. De alguna forma, el peso que mi cuerpo había estado cargando desde la mañana estaba empezando a disminuir, este ambiente me resultaba tan familiar que la idea de que algo hubiera cambiado simplemente no tenía fundamento. — Con la llegada del padre Elijah las hermanas y la madre superiora han sido el doble de estrictas, no se atreven a descuidarse ni un poco —dijo Berta, arrancando un trozo de pan de la cesta y llevándoselo a la boca, lo que le ganó un manotazo de su amiga. Mi ceño se frunció al escuchar que mi desconfianza hacia el recién llegado padre no era solo mía, pero pronto Berta agregó: — Si la hermana Fátima se voltea por un momento...¡Wup! Tres aspirantes caídas en tentación. Todas volvieron a soltar una risa pero esta vez yo no me les uni, cosa que evitó que me atragantara con mi propia saliva cuando al comedor entró el padre Luis acompañado del padre Elijah y seguido por la madre superiora y la hermana Fátima. El comedor, que hasta entonces estaba lleno de las voces de todas las chicas, enmudeció en un parpadeo. Todas metieron sus miradas en su comida, lo que hizo más notable a las que con audacia siguieron con sus ojos al recién llegado. La desconfianza de todas las monjas estaba bien fundamentada. El padre Elijah, aunque es un sacerdote y debe ceñirse a las normas de la iglesia, no deja de ser un hombre de rasgos muy llamativos y porte agraciado en un convento de mujeres que han vivido lejos del sexo opuesto. Incluso me atrevía a decir que no era un problema solo para las nuevas aspirantes sino también para algunas novicias, como al menos tres de las seis que ocupamos este mesa, cuyo sonrojo y mirada fueron dedicadas al susodicho. Suspiré en mis adentros. ¿Algún día me enfrentaré a una labor tan titánica cuando me vuelva madre superiora? Habiendo llegado todos al comedor y dicho las oraciones por los alimentos, la cena transcurrió en silencio y al acabar de comer las encargadas de lavar los platos cumplieron con sus labores mientras que las demás nos dirigimos a nuestras respectivas habitaciones. Estando ahí me despojo de mi hábito y me visto con mi ropa para dormir, tomándome el tiempo para orar mientras Lucía se cambia. — ¿También te entrevistaron hoy? —pregunta luego de unos minutos, acomodando su cabello en un moño recogido. Respondo de forma afirmativa mientras me levanto y tomo asiento en la cama, empezando a desenredar mi cabello para poder trenzarlo. — No sé por qué, pero el padre Elijah me provoca una sensación de intranquilidad —admito. Lucía trepa a su cama y desde ahí me mira con una mezcla de confusión y diversión. — ¿Tú también temes por las aspirantes? Ruedo los ojos antes de negar. — ¡No es eso! —refunfuño— Es solo que hay algo en él que no se siente del todo bien. Mi amiga suspira con una sonrisa. — Es solo porque es un hombre joven, no solemos tener de esos por acá muy amenudo, es normal que se sienta extraño —explica, reprimiendo un bostezo. — El señor Brown fue alguna vez un hombre joven —señalé, haciendo alusión al concerje. — Me refiero a un hombre joven y atractivo —agrega. — No creo que el adjetivo "atractivo" sea uno que debas decir en voz alta al referirte a un sacerdote —regaño, pero solo parece más divertida. — ¿Y qué tiene eso de malo? Es solo una descripción —se excusa—. Por ejemplo, puedo decir con tranquilidad que tú eres muy atractiva. Mi rostro se volvió hacia ella con rapidez. — ¡Oye! El sonido de su risa incrementa al ver mi nerviosismo ante el cumplido y estaba a punto de pedirle que bajara la voz hasta que un par de golpes en la puerta nos hicieron callar de inmediato. Ambas miramos hacia la puerta esperando ver a alguna de las hermanas entrar pero no sucedió, lo que nos indicó que había sido una advertencia. Nos miramos en silencio y ambas acordamos tácitamente el irnos a dormir ya. Me cubrí con la manta y justo cuando iba a apagar las velas, sentí algo extraño en mi flequillo. Con desconcierto me llevo la mano al lugar y doy con la horquilla que Lucía me había regalado, la cual por fin pude ver a la luz y descubrir que era de un muy brillante color plata con el diseño de una azucena en un extremo. Era demasiado bonita. Volteé a mi amiga para agradecerle nuevamente pero ahora solo di con su espalda, por lo que desistí y, luego de dejarla bajo mi almohada, pude por fin soplar la vela. Luego un lapso de tiempo indeterminado, para mi desgracia mis ojos se abrieron en la oscuridad total. No estaba en mi cama por lo que supuse que era otro de mis sueños, pero esta vez no había nada que ver. En ese espacio onírico, lo único audible era mi alta respiración agitada, o así era hasta que repentinamente, cerca de mi oído, se unió una respiración más pesada que no era la mía y que incluso hizo vibrar los cabellos detrás de mi oreja. Me quedé paralizada, creyendo que era un simple eco pero, cuando una mano empezó a levantar lentamente la falda de mi vestido, supe que no estaba sola.
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