6. No has comprendido hasta qué punto me enloqueces. [Parte 2]

1604 Palabras
Cuando no le respondo, añade —: Me desprecia, así que deje de buscarme. Es mi jefe y soy su empleada, pero apuesto a que hay más de quinientos empleados con los que usted ni siquiera ha cruzado palabra en años. Piense en mí como una más del montón y déjeme en paz. Ojalá fuera tan fácil. Pero no lo es. Y es que no lo entiendo, no entiendo esta enloquecedora necesidad que tengo de ella. Es como si mi mente, mi corazón y todo en mí hubieran cobrado vida tan pronto la vi. Como si una sola mirada a sus ojos azules y a ese desordenado cabello suyo hubiera activado algo en mi interior, algo que yo mismo había apagado. Me enfurece. Me enfurece porque me hace perder el control, porque me obliga a sentir todas estas emociones que me devuelven al antiguo yo; al niño jodido que estaba acostumbrado a obtener lo que quería. Al niño impulsivo que casi arruina su propia vida porque se creía más poderoso e invencible que el mismísimo Dios. Me apagué. Me encargué de apagarme para no volver a joderme la vida, y ella me está encendiendo de nuevo a la velocidad de la luz, con todos los voltios necesarios para prenderme como el árbol de Navidad más grande del puto país. Y no quiero eso. Así que arremeto. Arremeto contra ella porque soy un imbécil y porque esta chica va a romper al hombre que me he esforzado tanto en ser. Una jodida niña de veintitrés años me está venciendo. Mirada tras mirada, pelea tras pelea y mechón tras hermoso mechón de cabello rizado, está doblegando al imperturbable hombre que puse en la cima y lo está reemplazando por el antiguo yo. No sé qué es lo que tiene. No sé si es su sonrisa reservada, la forma en que sus ojos regalan amabilidad a todos, o su temperamento lleno de calma y fuego al mismo tiempo, sin doblegarse ante nada. No sé si es la manera en que me devuelve la pelea sin ceder ante mí, o si es porque lucha por demostrar de lo que es capaz a pesar de toda la mierda que le doy. O peor aún, no sé si es ese cabello. Ese maldito cabello que me tiene obsesionado como nunca nada me ha obsesionado. Porque es ella; su cabello es una representación de ella: un desastre dulce y salvaje a la vez. Todo en un solo paquete, un solo y hermoso paquete que quiero inhalar y llevar dentro de mí. Y entonces no es solo una cosa, es toda ella. Todo lo que es, todo lo que la hace ser ella. Su esencia, su aura pura y picante a la vez. Todo de ella me tiene obsesionado, rompiendo mi temple y doblegando mi orgullo. Dios. Estoy perdiendo la cabeza por una chica mucho menor que yo, que no encaja en la vida que ya había designado para mí. Cuando sigo en silencio, mirándola sin ceder a su petición, ella gruñe, llevando los brazos a los lados, tan exasperada como yo me siento con esta situación. — ¿Piensas que yo quiero esto? — Por fin suelto, mirándola fijamente —. ¿Crees que quiero estar obsesionado contigo? Su boca se abre en sorpresa y maldigo por lo bajo cuando imágenes prohibidas inundan mi mente. Imágenes de ella usando esa misma boca, de esa misma forma, pero esta vez llevando dentro de ella mi… — Carajo — susurro de nuevo, intentando expulsar esas imágenes de mi cabeza porque lo último que necesito es que me vea excitado en este momento. — No está obsesionado conmigo. — ¿No? — Abro los ojos y dejo que vea en ellos, que perciba el hambre que siento, para que ella misma asimile lo que está pasando por mi cabeza. Se sonroja, su rostro adquiriendo un suave tono rosa que desciende por su cuello, y estoy seguro de que llega a sus pechos. — Usted no se involucra con sus empleados. — Peor aún, Defne, no me involucro con mujeres catorce años menores que yo — al final se me escapa un gruñido. — Usted me desprecia — dice con los ojos confundidos, mirándome con una arruga entre las cejas, una arruga que yo mismo quiero deshacer —. ¿Es sexo? — ¿Crees que si fuera sexo no lo habría conseguido ya en otro lugar? —Usted me desprecia —repite otra vez, con esa arruga profundizándose en su frente. Y sus palabras me afectan, removiendo algo que nunca antes había sentido, algo que duele profundo en mi pecho. No lo soporto más y, en un parpadeo, me acerco. Enredo mi mano en su cabello y la empujo hacia mí. Paso la punta de mi nariz por su ceño en una caricia y luego mis labios se posan en el mismo lugar, en un beso tan suave que incluso yo mismo no puedo creer que esas acciones sean mías. Defne tiembla, pero no dice nada. Se queda en silencio, y yo igual, asimilando lo que acabo de hacer. Asimilando esta ternura de la que soy capaz; ternura y suavidad que no he tenido con nadie. Ternura que es nueva en mí y que sólo es de ella. — ¿Estás segura de que es desprecio, Defne? — Susurro sobre su frente mientras mis dedos sueltan una diminuta trenza a un costado de su cabeza. — Me odias. Tomando hebra por hebra, sigo peinando el pequeño mechón de cabello, obsesionado con la forma en que cae ondulado, perdiéndose entre los demás. — Sacas lo peor de mí — acepto, llevando la cabeza hacia atrás para encontrar sus ojos—. ¿Pero es realmente lo peor de mí? ¿O estaba tan muerto por dentro que incluso había olvidado lo que era vivir? Su boca se abre de nuevo con sorpresa, pura y llana confusión en su rostro. Me inclino, necesitando atrapar esos labios aunque sea por un segundo, por un diminuto mordisco. Pero antes de que mis dientes puedan rozarla, Defne retrocede, soltándose de mi agarre y mirándome totalmente anonadada. — No. — Defne... — Has sido un completo imbécil conmigo, ¿qué rayos te pasa? ¿Es esa tu forma de mostrar tu interés? Porque no... — Defne... — No — niega más enfáticamente —. Eres un imbécil arrogante que ha puesto en duda mis cualidades laborales, sólo por... ni siquiera sé por qué. — Pensé que habías sido tú quien cometió el error, no Scarlett. Lo siento, Defne, pero sí, eres la nueva, quien aún no está familiarizada con la forma en que trabajamos aquí. Así que perdóname por dudar de ti cuando eras la persona con más probabilidades de fallar. Y sí, me cuesta creer que, siendo tan joven, seas tan talentosa. Me asombras, ¿lo entiendes? Pero eso no tiene nada que ver contigo y todo que ver conmigo y mi falta de fe en las personas. ¿Y he sido un imbécil respecto a ti? — Me río, de repente furioso—. No sé si has escuchado hablar de mí y de mi reputación, Defne. Pero después de la escenita que hiciste ese primer día aquí, en mi oficina, si hubieras sido alguien más, te habría despedido en ese mismo instante. — Yo no hice... — ¿No hiciste nada malo? — Inquiero; esta vez, el incrédulo soy yo —. ¿Hacer un acto de exhibicionismo frente a tu jefe no es motivo de despido? ¿Por qué no vas y le preguntas a recursos humanos y luego me dices qué opinan de tu lindo actito? — Yo… — Y después de verte salir a escondidas con Levi de ese maldito cuarto de limpieza cuando deberías haber estado trabajando —le recuerdo, con la ira subiéndome por el pecho —. Créeme, si fueras alguien más, te habría sacado de mi empresa en ese mismo instante y por la puerta de atrás. — Él y yo... — No termines esa oración, Defne. No te atrevas — mascullo entre dientes —. Tú y él no van en una misma puta oración jamás, carajo. — Eres increíble — jadea casi sin voz, mirándome con ojos grandes. — Ya vas conociéndome, amor — le muestro mi sonrisa cínica, esa que sé que la enfurece más —. No me vuelvas a ignorar, Defne, y el infierno se desatará si vuelvo a verte en otra situación comprometedora con Levi. Dios sabe que eres mi debilidad y no podría perjudicarte ni aunque quisiera, pero Levi me vale una mierda y te aseguro que no me va a importar que sea uno de mis mejores trabajadores cuando decida echarlo. — No te atreverías... Muerdo mi labio inferior con fuerza, mirándola fijamente, resistiendo la necesidad de llegar a ella y comerle esa boca atrevida a punta de besos. — Entonces no has comprendido hasta qué punto me enloqueces, Buttercup. Ella me mira ofuscada y, sin decir nada más, se gira. La veo tomar el manubrio de la puerta, huyendo de mis confesiones. Pero es Defne, la mujer propensa a los desastres, la que atrae tragedias y calamidades como un imán. Justo cuando toma el manubrio, Sebastian entra de golpe, empujando la puerta con fuerza. La madera rebota en su cabeza, lanzándola hacia atrás. Con el rostro lívido, observo cómo Defne cae al piso con un fuerte golpe, un pequeño grito desgarrador escapando de su boca. Y en ese instante, con el pánico invadiéndome como nunca antes, comprendo que esta chica me tiene total e irrevocablemente en la palma de su mano.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR