Entro al cuarto de Tammy con el cojín de cupcake en una mano y sus dedos entrelazados en la otra. Ella se ríe bajito, como si aún no creyera que me haya traído esta cosa. Pero yo sí. Me parece adorable. Me parece… ella. Y quiero todo lo que sea ella. El cuarto huele como su cuello. A caramelo suave y a algo más que no puedo nombrar sin quedarme con las ganas de probarlo otra vez. —Puedes dejar el cojín donde quieras —dice, cerrando la puerta detrás de nosotros. Su voz tiene ese temblor nervioso que tanto me gusta, el que me dice que no soy el único que está ardiendo por dentro. «No tienes nada por lo que estar nerviosa, mi canelita». —Yo diría que va justo aquí. —Lo coloco en su cama, en el centro, como si fuera una ofrenda. Luego me doy la vuelta y regreso mis ojos a ella. La sabo

