Ardiendo y no de deseo

2735 Palabras

El beso no me sabe a nada. Bueno, no… miento. Me sabe a mentira. A vergüenza. A ese sabor agrio de cuando te atragantas con algo que no pediste y que encima te toca tragar sin derecho a quejarte. Joshua sigue abrazándome como si esto fuera un momento mágico, como si estuviéramos en una telenovela y el final feliz dependiera de que yo me ría, lo bese de vuelta y le diga que sí con lágrimas en los ojos. Pero mis lágrimas… si salen, serán de rabia. Porque la única mirada que me importa no es la suya. Es la de Dante. Esa que se quedó fija en mí desde la puerta, dura, tensa, peligrosa. Me empujo sutilmente hacia atrás. Siento las manos de Joshua ceder. Y lo miro. —¿Qué carajos hiciste? Mi voz sale bajita, pero se oye. Se siente. Se congela todo. Él ríe nervioso, como si mi pregunta fuer

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