Mis piernas me duelen, pero no dejo de correr. No puedo. Tengo que llegar, porque algo me dice que todo está siendo un desastre. La entrada del edificio ya está a unos pocos metros cuando me detengo en seco. No porque no quiera alcanzarlo, sino porque mi cuerpo entero se paraliza al verlo de repente. Frente a mí, justo saliendo del edificio, desaliñado, con el cabello revuelto, la chaqueta a medio cerrar y los puños… los puños manchados de sangre. Él también se detiene. Me mira. Sus ojos se abren de golpe. Como si no pudiera creer que estoy aquí, en carne y hueso, con el corazón en la garganta y con lágrimas queriendo marcar un camino en mi rostro. Despeinada, sin aliento, temblando. «Pero aquí». Nuestros cuerpos se congelan en la distancia por unos segundos. Solo unos segundos. Po

