—Katerina, ¿por qué no hemos recibido el dinero del mes? —La voz de su hermana se escucha molesta a través del teléfono.
Katerina suspira con hastío y se aclara la garganta antes de contestar.
—Tuvimos un problema en el sistema de finanzas, por ende, hubo un retraso en todas las transacciones de este mes.
—¿No podías mandarlo tú? ¡Sabes cómo necesitamos ese dinero! No se puede ser tan desconsiderado.
Katerina resopla ante la ignorancia de su hermana, mas no se encuentra de ánimo para discutir.
—¿Cómo está mamá? ¿Sigue enferma? —cambia el tema por uno que sí le interesa.
—Ella está bien, pero le urge el dinero.
—Entiendo, te prometo que llegará pronto. ¿Y cómo están los mellizos? Supongo que pronto terminarán la secundaria. Me gustaría traerlos a la ciudad para que asistan a la universidad.
—Katerina, ¿cuándo enviarás el dinero para decirle a mami?
La tristeza la inunda al sentirse sola, puesto que a ellos solo les importa el dinero que pueden obtener de ella.
—Haré todo lo posible para que les llegue hoy. —La voz le sale temblorosa.
—Eso espero. Ya el niño no tiene leche y estoy desesperada.
—¿Te refieres a tu último bebé? ¿Tu esposo no está trabajando?
—¡Ay, Katerina! A las personas que no tenemos la vida resuelta como tú, se nos hace difícil hasta lo básico, pese a que laboremos. Ruso trabaja, pero no gana lo suficiente. ¿No recuerdas lo difícil que es sobrevivir en este pueblo? ¡Qué vas a recordar! Si tú vives en la ciudad y tienes mucho dinero. ¡Eres una suertuda!
Katerina se llena de indignación ante las palabras de su hermana, quien sabe bien el precio que ha tenido que pagar para tener esa solvencia económica de la que ella habla. ¿Suertuda? ¿Acaso lo dice en serio?
Ella respira profundo para tragarse el mal sabor de boca y suaviza la voz.
—Entiendo... De todas formas, les envío suficiente dinero, aunque no asimilo cómo es que lo gastan todo tan rápido. Pero no te preocupes, de hoy no pasa el envío. Por favor, dale un beso a mamá de mi parte y un abrazo a los mellizos. Diles que en las vacaciones pueden venir a la casa y quedarse un tiempo aquí conmigo, en caso de que yo no pueda ir —dice con añoranza. De verdad extraña a su familia, dado que tiene un par de años sin verlos porque estuvo muy ocupada con la universidad y los negocios.
—Sí sí sí... Que no se te olvide enviar el dinero hoy.
—Está bien. Me le das un beso al bebé... —Su hermana cierra la llamada antes de que esta termine de hablar—. Adiós, hermanita; yo también te extraño mucho —ironiza mientras hace una mueca.
***
El joven de cabellera dorada camina por las penumbras de la ciudad, con un bulto n***o alrededor de su cuerpo. Mira a su alrededor cada cierto tiempo, como asegurándose de que nadie lo esté siguiendo.
De lejos vislumbra la estación del tren, mas no logra llegar más allá de aquel callejón que queda a unos metros de esta, porque es rodeado por varios hombres.
—¿Qué quieren? —pregunta él disimilando el temor que lo embarga.
Los hombres se miran entre ellos con complicidad, mas no responden.
—No tengo nada que les pueda interesar, así que quítense de mi camino.
Aquellos desconocidos se acercan a él con pasos firmes y con expresión intimidante. Giovanni, al saber que estos quieren problemas, retrocede asustado y se prepara mentalmente para darse a la huida; no obstante, un golpe sorpresivo por la espalda lo hace caer de rodillas, entonces todos ellos empiezan a golpearlo.
***
Dos días después…
En el hospital, una enfermera le quita el suero.
—Estas son las indicaciones del doctor, debe tomarse los analgésicos cada seis horas para calmar el dolor y los antibióticos cada doce horas.
—Gracias enfermera —responde Lisselot, con cara de tragedia.
—Ya él está de alta, lleven esta referencia a facturar para que le pongan una cita con el doctor, para dentro de una semana.
—Él no tiene el seguro de la familia... —Ella se pone el dedo huesudo sobre los labios con dramatismo y este entorna los ojos—. Gio, querido, dime que no cancelaste tu seguro médico, por favor.
—Lo hice. Me iba a ir de esta ciudad de mierda, ¿para qué iba a mantener un seguro que no iba poder usar en otro lugar? —Hace una mueca de hastío.
La enfermera los observa extrañada por aquella conversación, puesto que los Amato son conocidos por ser la familia más rica de Cinsy.
—Yo he pagado todo. —Aquella frase se escucha como una sentencia para el chico. Mira en dirección a la puerta donde vislumbra a su tío Víctor encararlos airoso. De inmediato, la rabia lo consume por dentro al ser consciente de lo que aquello significa: deuda.
—No tienes que pagar nada, yo lo haré —replica.
—¿Cómo lo harás? Te robaron todo lo que tenías, estás arruinado. Pero no te preocupes, me encargaré de ti de la misma manera en que lo hice diez años atrás; eres mi sobrino, por lo tanto, nunca te abandonaría.
Giovanni sonríe sarcástico al escucharlo y un escalofrío le recorre el cuerpo. Está jodido y atrapado otra vez.
«Que iluso fui al creer que obtendría mi libertad», piensa con angustia, al ser consciente de que no tiene otra salida que volver a prostituirse y, el simple hecho de imaginarlo, le repugna hasta las náuseas.
***
—No voy a regresar, tío —repite la misma frase de todos los días, desde que salió del hospital.
—¿Y cómo piensas pagarme tus medicamentos, comida y los gastos de hospital? Eso sin contar todo el dinero que estoy gastando para protegerte de la mafia.
—¡Protegerme de la mafia! ¡Maldición, tú eres la puta mafia! ¿Crees que no sé que esos hombres trabajan para ti y que tú los enviaste? ¡No me creas pendejo, Víctor Amato!
—¡Cuánto te equivocas, Gio de mi corazón! Esos hombres los envió la mafia a quien tu padre le quedó debiendo. De alguna manera se enteraron de tu escape. Tienes suerte de estar con vida.
Giovanni observa a su tío mentir con tanta naturalidad y franqueza, entonces se pregunta, ¿cuántas veces le creyó todas sus mentiras?
—Yo te pagaré con trabajo honrado. A ti, a Lisselot y a Juárez. ¡Vaya, familia de mierda me gasto! Se pudren en dinero, pero me cobran hasta el agua que me tomo de su cocina. ¡Hijos de la gran puta que los parió!
La bofetada que le atina su tío resuena en toda la habitación. Los ojos de Gio se agrandan por la ira y las ganas de matar a ese infeliz se apodera de él.
—¡Maldito cabrón de mierda! ¿Acaso quieres que te mate con mis propias manos? Te juro que me pagarás por todo el daño que me has hecho; por ahora, lárgate de mi vista.
—Eres un malcriado y mal agradecido. Muerdes la mano que te da de comer; pero para que veas que yo sí te quiero y no soy rencoroso, te dejo la propuesta abierta para cuando te recuperes de esos golpes. Piénsalo, tendrás un apartamento de lujo, vehículos y una cuenta llena de dinero. Eso no lo harás con un salario de mierda. En todo caso, ¿quién te contrataría? Lo único que sabes hacer bien es darles una buena cogida a las señoras de Cinsy, fuera de ahí, no eres nadie. Piénsalo, querido sobrino, y me haces saber tu decisión.
Víctor se marcha y deja a Giovanni en una encrucijada mental.