Las puertas de la comisaría se abrieron y la ciudad se desplegó ante ella como una postal demasiado bien conservada. Luneth seguía siendo hermosa; eso no había cambiado. Árboles de hojas imposiblemente coloridas escoltaban calles de asfalto impecable, como si el tiempo hubiera aprendido a caminar de puntillas allí. Todo estaba en su sitio. Demasiado. Alicia sintió una presión extraña en el pecho, una mezcla de reconocimiento y rechazo. Luneth era una de esas ciudades diseñadas para ser deseadas: hospitales que funcionaban sin demoras, colegios seguros donde los niños caminaban solos, veredas limpias, rostros tranquilos. Una ciudad donde nada parecía salirse del margen. Aquí todos se conocían, o al menos fingían hacerlo. Los externos eran pocos y cuidadosamente filtrados: contratos, matri

