Alicia le pidió a Seiran que la recogiera en el hospital. No fue una decisión romántica. Fue práctica. Terminó su turno más tarde de lo habitual. El ala administrativa estaba casi vacía; ese tipo de silencio que no anuncia descanso, sino cansancio acumulado en las paredes. Mientras se quitaba la bata, escuchó voces en el pasillo lateral. Reconoció una de inmediato. Mael. Se detuvo en seco. Miró a ambos lados y, sin pensarlo demasiado, retrocedió un paso y se pegó a la pared, detrás de una columna de archivos móviles. Desde allí podía ver sin ser vista. Mael estaba de espaldas a ella, con el saco abierto, postura relajada solo en apariencia. Frente a él, el médico encargado del hospital central, lo reconoció era uno de los directivos. Un hombre mayor, agotado, con ojeras que no eran d

