El hospital había quedado impresionante. Llevaba dos semanas trabajando allí y aún le costaba creer la magnitud de la inversión que su familia había hecho. El alcalde, en un arrebato de solidaridad y limpieza de imagen, había abierto consultas económicas para los residentes de las ciudades cercanas. Alicia estaba en su consultorio, cerrando una ficha clínica. —Solo cuídelo un poco —le dijo a una madre mientras despachaba al niño. —Bonito lugar. La voz no la sorprendió, pero sí la cercanía. Se giró y se encontró con Mael apoyado en el marco de la puerta, observándola como si el consultorio fuera un territorio que intentaba medir. —Miren —dijo ella, tranquila—, si es el presidente de mi club de admiradores. Me gustaría ayudarte, pero solo veo niños. Él sonrió apenas, lento, sin retroce

