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791 Palabras

Madal y Alaric cruzaron los controles de la prisión sin intercambiar palabra. El sonido de las puertas cerrándose tras ellos marcó el ritmo del pasillo: metal, eco y espera. No era la primera vez que pisaban ese lugar, pero sí la primera con ese nombre al final del recorrido. Michael Natan los aguardaba en la sala de visitas. Tras el vidrio reforzado, el antiguo líder del clan parecía más pequeño, aunque no derrotado. El uniforme gris no lograba borrar del todo la costumbre de mandar. —Nos tendieron una trampa —dijo apenas se sentaron—. A todos. Madal no reaccionó. Alaric apoyó ambas manos sobre la mesa, atento. —Todo empezó con un joven Lunari —continuó Michael—. Se hizo amigo de mi hija. Decía entenderla. Se volvieron novios. Hizo una pausa breve, como si calculara cada palabra. —U

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