Gian se pone en pie y lentamente rodea el escritorio. Se detiene en el extremo opuesto y coloca las manos en mis caderas, inclinándose lo suficiente para apoyar su abdomen sobre mi espalda. Doy un respingo cuando planta un beso en mi piel desnuda. —Haré que te tragues tus palabras —murmura entre besos que suben poco a poco hasta mi cuello—, también tus mentiras. Frunzo el ceño. —¡Es la verdad...! —de pronto me muerde con la fuerza suficiente para que yo lance un grito de sorpresa. —Deja de provocarme, ¿quieres? No vuelvas a decir tal cosa de nuevo. Jámas —me amenaza suavemente mientras libera la delicada piel de mi cuello—. O no te gustará conocerme de verdad, he hecho cosas que te pondrían los pelos de punta, Veena. Los vellos se me erizan en el acto, pero extrañamente no por esa al

