PARTE 5

954 Palabras
La mirada de todos estaba clavada en el joven hermano de Aron. Cada paso de Ixel resonaba en el gran salón, amplificando la tensión. Los consortes, alineados a los lados, parecían sombras que lo acechaban; sus ojos marcaban cada movimiento. Nadie tropezó ni murmuró; solo observaban. Cada paso suyo era un desafío silencioso. Ixel alzó la mirada hacia la figura al final del camino. La luz del salón se refractaba sobre el cabello plateado de Loren, creando un halo irreal. Un quejido reprimido escapó de sus labios; nunca, ni en sus sueños, habría imaginado algo tan divino. Lo primero que captó fueron el cabello plateado, la piel morena, la perfección de sus facciones, los orbes dorados que parecían atravesar el alma. Bajo esa mirada, caminar hacia Loren era caminar hacia la muerte, consciente y sin escapatoria. Loren Van Halow no era solo hermoso; era una obra maestra tallada en carne y luz. Cada gesto suyo era calculado, cada parpadeo un golpe de autoridad silenciosa. Ixel sintió que el aire se espesaba; por primera vez, los nervios lo atacaron de verdad. Comprendió por qué Aron había insistido en prepararlo. A su lado, tres figuras completaban el cuadro: la mujer de cabello ondulado, Brian Van Halow con su mirada analítica, y Connor Van Halow, el hombre mayor de facciones similares a Loren, con una serenidad que imponía respeto. Sus ojos se posaron en la pequeña criatura junto a Connor. León Hamilton. Su delicadeza era casi etérea, y la aura que irradiaba lo hacía diferente a cualquier hombre. A su lado, dos niños de cabellos plateados hicieron suspirar a Ixel de ternura. Al pie del escalón que separaba a la familia Van Halow del resto, un sacerdote alzó la mano. Los consortes soltaron risas burlonas. Subir esas escaleras hasta la mesa dorada era un privilegio que pocos alcanzaban. Todos soñaban con ese momento, pero Ixel, sin atender las burlas, contempló la mesa: ese lugar vacío sería suyo. Detrás del canciller, Henry permanecía firme, dos pasos atrás. Si Henry estaba alli, el lado izquierdo le pertenecía a Aron. Ixel quiso mirar atrás, pero no podía darle la espalda a Loren. El sacerdote habló con calma solemne, y todos se pusieron de pie: —Desde ahora, Ixel Black será una joya más en este nido, uno de los pocos escogidos para continuar el legado. El silencio se extendió como un manto. —Joven Black, diga sus obligaciones. Ixel guardó un segundo eterno antes de responder: —Mi cuerpo, un tesoro. Serviré a mi señor y solo a mi señor. —¿Conoces tus responsabilidades? —Gestar un heredero. —¿Para quién? —El canciller: Loren Van Halow. —No tocarás a otro hombre, no codiciarás riquezas, no vivirás con ambición; acatarás cada orden impuesta. ¿Aceptas estas condiciones? —Las acepto. —Estás consciente de que solo podrás permanecer en la fortaleza si cumples con tus responsabilidades. —Estoy consciente. —Muy bien. Eso es todo. El velo fue retirado. Todos, incluido el canciller, vieron por primera vez el rostro de Ixel. —Mi señor. El sacerdote se retiró con precisión, sin darle la espalda. Loren se puso de pie y caminó hacia Ixel. Cada paso suyo retumbaba en el suelo, aumentando la tensión. Cada movimiento parecía coreografiado; cada mirada, un golpe silencioso. Cuando extendió la mano, Ixel la tomó temblando. Loren lo guió hasta la mesa, cada gesto medido, cada paso una declaración de poder. Un susurro cruzó el aire: Disfruta tu momento, no volverás a sentarte en esa mesa. Al sentarse, Ixel observó el salón desde lo alto: al menos sesenta personas, cada una convertida en un espectador de su destino. —Joven Black. Brian habló, su voz suave y firme: —¿Tu hermano, dónde está? Ixel tragó saliva. Era descortés hablar en la mesa, pero no podía ignorar a Brian. Con voz delicada respondió: —No lo sé. Nos separamos al bajar del barco. Loren seguía bebiendo, inmóvil. El tiempo se alargaba; cada segundo era un golpe de tensión. El estómago de Ixel se contrajo; intentó comer, pero la comida perdió sabor. Todos lo observaban, buscando cualquier fallo. Entonces, los portones del salón se abrieron de nuevo. El pecho de Ixel se alivió: Aron entraba con pasos firmes, rápidos, decididos. Al llegar al escalón, una rodilla tocó el suelo. —Estoy aquí. El salón parecía detenido. —Pedí que vinieras de inmediato. La voz de Loren era grave, imponente. Ixel sintió un escalofrío: nunca nadie había hablado así con su hermano. —Tuve que hacer unas cosas —respondió Aron, con desinterés—. Ahora estoy aquí, ¿no es suficiente? Ixel quiso gritarle. Frente a él, Loren Van Halow. —¿Te parece suficiente? —replicó Loren. —¿Qué desea, canciller? Si es un castigo, dígamelo ahora; prefiero ahorrarme palabras. El miedo aprietó el pecho de Ixel, esperando el estallido del canciller. Pero en lugar de eso, una risa recorrió el salón. Brian sonrió con fuerza, Connor también, los hijos de Connor parecían felices. Loren levantó la copa y bebió. Ixel abrió los labios, asombrado. La tensión desaparecía, reemplazada por un ambiente cálido. —Si tanto odias hablar, te haré trabajar doble turno. Ahora, haz tu trabajo. Aron se puso de pie, subió al escalón y ocupó su lugar detrás del canciller. Los murmullos comenzaron de nuevo, llenando el salón de vida. Los consortes, que minutos antes parecían mudos, ahora hablaban con confianza. Ixel miró hacia atrás, pese a la advertencia de Aron. Su hermano frunció el ceño, molesto. ¿Por qué debía ser tan despreocupado? Aun así, Ixel siguió observando. Una sola persona había cambiado por completo el rumbo de la velada. ¿Quién era su hermano en este lugar? CONTINUARÁ..
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