Todos esconden secretos

969 Palabras
Elliot esperó a que llegara el pelirrojo al aula, tenía ansiedad, no podía pasar un día más sin tomar una de sus pastillas. No podía. Cuando Griffin, el de cabello tan rojo como una manzana, llegó al aula con la mirada cansada, Elliot se levantó y se acercó a él. —Ostia... — dijo Griffin mirando confundido al castaño. — ¿Qué quieres? Elliot miró alrededor y se aseguró que nadie escuchara lo que decían, aún así le murmuró la respuesta. —Conseguí un móvil que se perdió, creo que tú podrías quererlo. Elliot le mostró el móvil en perfecto estado a su compañero y el otro miró con interés. —¿Por qué yo querría un móvil robado? —Para comprar drogas — dijo Elliot rápidamente asustando a Griffin —. Sé que tienes un problema y que haces cualquier cosa por dinero. —¿Y crees que voy a tomar un puto móvil? Estás puto demente si crees que... —Sólo quiero diez dólares a cambio — dijo Elliot apresurándose a que le negara la oferta —, busqué en internet la marca y el modelo, cuesta alrededor de quinientos dólares cuando son nuevos. —¿Y por qué coño me lo vendes a mí? —Porque no sé quién más lo quiera — dijo Elliot dándole el móvil a Griffin. El pelirrojo lo tomó entre las manos y lo encendió. Tardó un poco en hablar. —No me sirve de nada, tiene contraseña. Elliot se puso triste ante el comentario. El profesor de Lengua entró a la habitación, entonces tuvo una idea. —¿Y si logro descifrar la contraseña? —¿Eres un hacker o algo así? —N-no... pero puedo intentarlo. Griffin suspiró. —Si consigues la contraseña supongo que podría comprártelo por diez dólares. Esas palabras bastaron para que Elliot sonriera y entonces regresó a su asiento. Capítulo III: Todos esconden secretos. Cuando Everest salió al receso, siguió a su mujer preferida hasta el patio de la escuela, Elle y él se habían vuelto tan cercanos en unos meses y parecía un puto chiste. Una chica tan hermosa como ella y un tipo tan atractivo como el... y nunca habían pensado jamás en ser pareja. —¿Ahora qué mierda quiere? — Murmuró Everest alejándose del grupo. Elliot saludó a Everest con un gesto y cuando el pelinegro se acercó, Elliot se hizo pequeño, ligeramente intimidado. —¿Sucede algo? —Estaba pensado que, si no quieres verme durante el proyecto, puedes darme tu número y sólo nos enviamos mensajes. Everest suspiró pero sacó su móvil, Elliot miró con atención, después de todo no lo había imaginado, tenía dos teléfonos. No le interesaba la razón en lo más mínimo. Everest trazó el patrón de seguridad y Elliot lo memorizó. —Cópialo — ordenó Everest a Elliot mostrándole su número. Elliot anotó el número y luego levantó la vista, Everest bloqueó de nuevo el móvil y lo guardó en su pantalón. —¿Eso era todo? Elliot asintió y Everest se marchó sin despedirse, Elliot se dio media vuelta y se alejó, apenas entrar de nuevo a la escuela, sacó el teléfono y dibujo el mismo patrón que había observado, una estrella. El teléfono abrió, él sonrió. Rápidamente corrió al aula y vio a Griffin hablar con sus amigos, Elliot le llevó el móvil y se lo mostró desbloqueado. —Mierda, no pensaba que lo lograrías. —¿Puedes darme el dinero ahora? Griffin hizo una mueca. —Siendo honestos, no llevo encima ni un puto centavo. —¡Pero tu dijiste...! —¡Sí te lo compraré! Pero espera a que mañana traiga algo ¿de acuerdo? Elliot miró con decepción al pelirrojo. —¿En qué gastaste el dinero que tenías? ¿Drogas? —Cigarrillos, ¿quieres uno? — Preguntó Griffin sonriendo. —No fumo. —Yo tampoco — Griffin sacó de su cajetilla un cigarro y se lo dio a Elliot — pero podemos empezar en cualquier momento. Elliot caminó hasta su asiento y en el camino arrojó el cigarrillo al basurero. Puta mierda de trato. Tenía que elaborar otro plan, no podía pasar más tiempo sin su medicina. De nuevo se levantó y caminó a la enfermería. No podía pedir una pastilla, pero nadie tenía que enterarse tampoco. En la puerta de la enfermería vio a Ivan entrar al lugar. Perfecto, podría servir como distracción. Elliot corrió para entrar detrás del rubio pero al cruzar la puerta, se encontró con una habitación a oscuras. Vio a Ivan entrar al baño de la enfermería y apagar la luz conforme avanzaba. Aprovechó y caminó sigilosamente hacia el botiquín. Con la lámpara de su teléfono iluminó la caja y rebuscó entre las cajas de medicinas. Entonces sonrió al ver la pequeña caja blanca de pastillas. —Bingo — murmuró. Tomó la cajetilla justo antes de que la puerta de la enfermería se volviera abrir. Rápidamente se escondió y apagó la luz que tenía. Se acercó sigilosamente y vio a la profesora de Artes entrar e ir en camino hacia el baño. Elliot esperó a que entrara y corrió a la salida. Una vez fuera, se tragó una de las pastillas velozmente. Había ganado una vez más. En el camino a su aula pensó en lo que acababa de pasar. ¿Por qué Ivan había dejado todo a oscuras? ¿Y por qué la profesora Madeleine había ido al baño si todo estaba apagado? Elliot bufó, después de todo, ambos eran igual de raros... quizás por eso Ivan era el alumno favorito de Madeleine y siempre aprobaba la clase con nota perfecta. Claro, si es que eran igual de dementes, sólo ellos se encerrarían en un baño a oscuras por treinta minutos de receso... Se detuvo en seco. —¡¿Pero qué mierda?!
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