El hallazgo del libro sin título, con su runa de reconexión y su extraño idioma del Vacío, se había convertido en el faro que guiaba a los semidioses en la oscuridad creciente del Inframundo. Habían pasado el resto del día y la noche en la bóveda de los secretos olvidados de Hades, absortos en el estudio del tomo. Un silencio pesado, sólo roto por el crujir del pergamino y los susurros de Silas mientras luchaba con la sintaxis del lenguaje muerto, había reinado entre ellos. El libro no era de papel, sino de una sustancia que se sentía como ceniza petrificada, sus páginas frías al tacto y sus letras, no escritas con tinta, sino grabadas con la luz de estrellas que ya no existían. Silas, cuya herencia de Hécate le otorgaba una afinidad con los lenguajes arcanos, había luchado incansablemen

