Capitulo 5

2032 Palabras
Jerome se levantó y se puso su propio dobok. Ella era demasiado inteligente, demasiado hermosa para sus propios pies. La había observado durante los años que la conocía, y era una mujer de convicciones; cuando decía no, lo decía. Se acercó a ella y la tomó en sus brazos. Ella se tensó, pero luego se relajó contra él, como siempre hacía. La amaba, lo sabía, y la deseaba con un dolor ardiente que ningún otro encuentro con otra mujer lograba aliviar. —¿Tienes que ser tan terco? —gruñó, besándola en el pelo—. Todo lo que quiero es cuidar de ti. —No necesito que nadie me cuide, Jerome —dijo en voz baja—. Soy una persona adulta y soy muy capaz de cuidar de mí misma. Él la soltó y la miró, levantando una ceja. Ella lo miró desafiante. —Ya sabes que lo digo en serio —dijo en voz baja, con los ojos vidriosos por las lágrimas—. Si te metes conmigo, no puedes salir ilesa. —No sé de qué hablas —dijo Carrie, el tono de su voz era demasiado inocente. —Por favor, deja de intentar engañarme, Carrie —dijo suavemente—. Se te da fatal mentir. No me digas que el atuendo de medianoche de esta noche es para un trabajo diario en un museo. Ella se estremeció. Él lo sabía. Lo sabía todo. Él la había visto y se había enfurecido. Lo sabía todo, y ella no podía mentirle. Ella negó con la cabeza y le susurró: —No, no lo es. Él suspiró y la atrajo de nuevo a sus brazos. Ella apoyó la cabeza en su hombro. Él se lo tomó a pecho, como siempre hacía. Ella había aprendido a confiar en él, más que en nadie en el mundo, excepto en Jordan. Ella lo amaba, lo quería, pero no sabía cómo ser la mujer que él quería que fuera. No podía ser la chica de al lado, la dulce Carrie, sino la Carrie que era, que no era ni dulce ni amable en absoluto. —Jerome, no puedo —susurró, con la voz apenas audible. —Lo sé —dijo en voz baja—. Lo sé, mi amor. —Él le besó la cabeza—. Ve a casa. Cuídate. No tardes en venir. Ella asintió y se retiró de sus brazos, sintiéndose culpable. Él la acompañó a la puerta, la abrió para ella y la dejó pasar. —No seas un extraño, Carrie —dijo suavemente, pero sabía que era en vano. Él siempre estaba allí para ella, no importaba qué, pero ella lo evitaba cuando podía. No porque no lo quisiera, sino porque le tenía miedo. Miedo de la forma en que la hacía sentir. Miedo de lo que él veía en ella. Ella asintió, le dio un beso rápido en la mejilla y salió del dojo. Jerome cerró la puerta de golpe, y ella escuchó los sonidos de él golpeando el saco de boxeo, dejando salir su frustración. ***** **2 de abril de 2016.** Sinclair Mansvelt se sentó en su estudio, revisando una pila de documentos. Su teléfono sonó, y lo descolgó. —¿Qué pasa, William? —preguntó. —Tenemos otro. El Inocente ha vuelto —la voz de William estaba tensa por la ira y la frustración. Sinclair frunció el ceño. —¿Qué se llevaron esta vez? —Una pistola de chispa Queen Anne. Fue de la colección de Miles Rackham —la voz de William sonaba como un gruñido—. ¿Puedes creerlo? Miles. Él creyó que, si la tenía a la vista de todos, nadie la tocaría. ¡Qué estúpido! —¿Dejó la tarjeta? —preguntó Sinclair. —Sí, la dejó. En el mismo lugar donde estaba la pistola —dijo William, con un tono más oscuro—. Pero hay algo más. El Inocente también se llevó una pieza de la colección de arte del museo. Sinclair se quedó en silencio por un momento, la imagen de Carrie en su vestido azul medianoche vino a su mente. —No me digas. ¿Qué fue? —Un grabado del siglo XVIII de Charles Vane —dijo William, su voz denotaba confusión. —¡Qué demonios! —exclamó Sinclair—. Pero ese ya fue robado el año pasado. Edward lo perdió. —Lo sé. Es lo que lo hace tan extraño —dijo William—. ¿El Inocente devuelve las cosas ahora? —No lo sé, William —dijo Sinclair, su mente dando vueltas—. Pero creo que tenemos que hablar con Miles. Y con ese Jun Chen. Y con Carrie Ward. —¿Carrie Ward? ¿Quién es esa? —preguntó William, confundido. —La mujer con la que hablé anoche. La que estaba en el baño de arriba —explicó Sinclair—. Una mujer muy intrigante. Y muy hermosa. —¿Crees que ella es la Inocente? —preguntó William, la incredulidad en su voz. —No lo sé. Pero me intriga —dijo Sinclair—. Voy a ir al museo. Necesito hablar con Chen. Y con ella. /////// —Disculpe, Jun —dijo Sinclair, alejándose del hombre y acercándose a Carrie—. Nos volvemos a ver —dijo con una sonrisa. —Señor Mansvelt, qué alegría que haya venido a ver la exposición. Necesitamos una foto para el comunicado de prensa del museo sobre la visita del día de la inauguración —dijo ella con una sonrisa igual a la suya. —Parece que tenemos un problema que discutir —murmuró Sinclair en voz baja. —¿Lo hacemos? —preguntó ella genuinamente curiosa. —Hubo un robo en la mansión Rackham durante la fiesta de anoche, y te vieron en las cercanías aproximadamente a la hora en que ocurrió —una pequeña sonrisa se dibujó en la boca de Sinclair mientras hablaba, pensando que podría usar esta información como moneda de cambio. —Sí, le estaba contando a la policía sobre mi error y sobre cómo me perdí en esos pasillos. Les preocupaba que no les hubieras dicho que me habías encontrado allí —susurró Carrie la última frase, frunciendo el ceño confundida. —Se me olvidó en ese momento —él le restó importancia—. Seguro que me pedirán que confirme tu historia, o al menos, la versión que diste de lo sucedido anoche. Pero dime, ¿cómo lo hiciste? —preguntó como si supiera con certeza que ella era la ladrona. —¿Yo? —preguntó ella con toda la inocencia que pudo—. ¿Intenta desviar la atención de sí mismo, Sr. Mansvelt? Fui muy sincera con la policía; sin embargo, imagino que querrán saber por qué no fue tan franco. Al igual que su amigo, el Sr. Rackham. —Valientemente, se acercó a él, invadiendo su espacio personal, y se inclinó para susurrarle al oído—: Supongo que habrá otros hombres que se preguntarán por qué ha ocultado esta información. —¿Te atreves a adivinar cuántos? —preguntó, sin mostrar sorpresa ante sus palabras. Si ella fuera la Inocente, sabría cuántos Sombreros había. —¿Cómo iba a saberlo? —rió ella y retrocedió un paso—. Adivinar nunca es bueno; no me gusta dejar nada al azar. —Pero la emoción reside en la posibilidad —rió él entre dientes, al ver su belleza brillar en su ingeniosa personalidad mientras reía. Ya no se tragaba ningún argumento sobre su culpabilidad, pero la curiosidad lo hacía reticente a compartir sus sospechas por el momento. —Ah, sí, he seguido sus hazañas de vez en cuando en los medios. Autos rápidos, aviones rápidos, mujeres rápidas... Me imagino que la emoción de arriesgarse nunca le cansa, Sr. Mansvelt —volvió a reír—. Me temo que una ratoncita de museo como yo es bastante aburrida en comparación. Me gusta saber qué hay a la vuelta de la esquina, para no perderme. —Y aun así estabas perdida cuando te encontré, qué inquietante —dijo Sinclair, con la comisura de los labios levantada—. ¿Almorzas conmigo? —preguntó, cambiando repentinamente de tema. —Hoy no voy a poder almorzar, mira lo ocupado que está aquí —dijo ella mirando a su alrededor y viendo a Jun observándola desde donde hablaba con otro invitado VIP. —Cena entonces, y haré que valga la pena —dijo él, sabiendo que era el último de los Sombreros en su lista. Estaba tan seguro de que ella era la Inocente que estaba dispuesto a correr el riesgo de atraparla con un cebo que no pudiera resistir. —¿Vale la pena? —Ella le levantó una ceja con recelo. —Yo, al igual que mis colegas, soy anticuario y tengo una buena colección de piezas de los períodos Estuardo y Regencia. Podríamos hablar de una exposición que usted podría organizar —bromeó, sabiendo que si ella realmente era la persona que retrataba en el museo, era una oferta que no podía rechazar. —¿Tienes una colección que rivalice con esta? —Ella extendió el brazo con suavidad, señalando la pieza. Su mente rebosaba de alegría al ver que su plan estaba funcionando, y pronto tendría acceso a su casa en su isla privada y a su extraordinaria colección de antigüedades, de la que solo podía encontrar información fragmentaria. No estaba segura de que ni siquiera él supiera su tamaño ni su valor exactos. —Creo que el mío tiene piezas de mejor calidad, pero sí —dijo con seriedad. —¿Me dejarías a mí, curadora adjunta, encargarme de tu colección? —preguntó ella, atónita ante la propuesta, que, siendo sincera, no tenía por qué fingir. Le asombraba que su plan funcionara tan rápido. Demasiado rápido, pensó. Comprendió que él estaba jugando a su propio juego, y lo miró fijamente a los ojos mientras le hacía la pregunta. —Lo haría —respondió. —¿Por qué harías eso? —exclamó ella sin poder evitarlo. Intentaba descifrar a qué jugaba. Sabía que enfrentarse a Sinclair Mansvelt de cerca sería un peligroso juego del gato y el ratón, y al enfrentarse a ser el ratón, de repente se sintió insegura. —Porque creo que tenemos mucho más en común de lo que estás dispuesta a admitir, y eso me intriga. Sin mencionar que anoche estabas guapísima, y me gustaría verte de nuevo con vestido y tacones —dijo en voz baja. Sonó casi como una orden, y la miró con furia, lo que la hizo sentir aún más desconcertada. —Entonces no es una cena de negocios —acusó ella, intentando recuperar el control. —No hay ninguna regla que prohíba usar un vestido para una cena de negocios o hablar de negocios durante una cena de amigos —él restó importancia a la acusación. —¿Solo una cena para hablar de tu colección? —preguntó ella, confirmando que no aceptaba nada más que cenar—. En un lugar público —añadió. —Es cierto que la encuentro infinitamente atractiva, señorita Ward, pero no tengo por qué imponerme a usted, ni a nadie, ¡de hecho! —dijo él con más brusquedad de la que pretendía al comprender el significado de sus palabras. Era un hombre que siempre tenía el control, y la insinuación de ella de que se comportaría de cualquier manera menos caballeroso con ella durante la cena lo enfureció. —Lo siento, no quise decir eso así —se disculpó ella de inmediato y se maldijo por casi arruinar el plan. Al fin y al cabo, eso era lo que quería; solo que había pensado que tendría que esforzarse un poco más para conseguirlo—. Cenar me parece bien. ¿Dónde puedo verte? —Haré una reserva en un lugar muy público y te llamaré para darte los detalles. Toma —Sinclair le entregó su teléfono—. Si no te importa, añade tu número, por favor. Carrie tomó el teléfono y añadió sus datos de contacto, devolviéndolo a regañadientes. Lo que podría hacer con los datos de ese teléfono la volvía loca.
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