Javier despertó con una sonrisa, y palpó al lado, su cuerpo, exigiendo el de Andrea para volver a sentir su calor cobijando su m*****o erecto. Pero al abrir los ojos, la encontró en el sillón de la esquina, con el rostro tenso y angustiado. —No puedo quedarme —susurró ella, evitando su mirada—. Alberto… —Al diablo con ese cabrón —espetó Javier, incorporándose—. No voy a permitir que vuelvas con él. Andrea se levantó de un salto, buscando su ropa, frenética. —No lo entiendes. Él tiene… —¿Qué? ¿Poder? ¿Dinero? —Javier la siguió, frustración llenando su pecho—. Yo también tengo recursos, Andrea, contactos… —¡No se trata de eso! —gritó ella, lágrimas asomando a sus ojos—. Mi familia… firmé cosas al casarme que los comprometen. —Llamémoslos ahora mismo y les explicaremos todo. Por un i

