A la mañana siguiente, sintió sobre su vientre: un singular peso del que no estaba acostumbrada, algo que, sin duda le robaba un poco el aire del pecho. Sentía sobre su mejilla un tibio aliento que no recordaba en su memoria. Aturdida... abrió poco a poco los párpados y lo vio: Marcus la tenía abrazado fuertemente y su rostro dormido estaba muy cerca del suyo.
–¡ahhhhh! –gritó estrepitosamente Cath, mientras pegaba un tremendo brinco que la mando directito al suelo.
–¿Estás bien? –interrogó asustado el rubio desde la cama quien, acababa de despertar de su profundo sueño.
La chica se levantó de pronto de un salto feroz.
–¡¿Mi ropa?! –chilló asustada, mientras se tanteaba el cuerpo porque sabía que, nada bueno podía pensar de despertar entre los brazos de Marcus Hoffman.
Conocía muy bien la maravillosa forma de hipnotizar de Marcus y también conocía su fama de mujeriego.
> se cuestionó en milisegundos.
–La tienes puesta. –se burló de ella.
Catherine, bajó la mirada ante el ridículo que acababa de cometer y justo en ese instante un dolor golpeó su cabeza.
–Auch...–se quejó, mientras frotaba la sien de su frente: la resaca se hacía presente. Intentó recordar lo ocurrido una noche antes pero... nada. –Lo siento. –exclamó avergonzada, ahora más que nunca, estaba totalmente segura de que él la correría del trabajo. –Estoy muy apenada. –exclamó, buscando con la mirada la puerta porque a pesar de conocer esa habitación, en esos momentos se sentía aturdida. –Lamento lo ocurrido. –dijo llegando a la puerta para proceder a salir de ahí. Aunque no remembraba con exactitud que es lo que había sucedido.
–¿A dónde vas? –le cuestionó él.
–Pues...–masculló con nerviosismo. –A casa...- contestó suavemente, mientras buscaba su bolso de mano.
Por alguna extraña razón, no deseaba que, ella se fuera.
–¿No quieres que te lleve? –le cuestionó mientras se ponía de pie y se acercaba a ella.
¿Acababa de escuchar bien? Marcus Hoffman como jefe, era un tirano, nunca se preocupaba demasiado por ella, o por su integridad física, de tan solo recordarlo se reprochaba el hecho de sentir cosas por él. Era mejor olvidarlo y salir del lugar.
–¡No! –gritó alarmada. –Ya le causé muchas molestias, tomaré un taxi. –se giró y comenzó a apretar el paso hacia la puerta después de haber encontrado su bolso.
–Quédate a desayunar. –le pidió, mientras la sujetaba del brazo y la obligaba a mirarlo. Ella echó un respingo cuando se topó con su mirada, sin duda Marcus se percató de que provocaba muchas cosas en ella, y podía constatarlo cuando quedaba petrificada frente a él. Sin embargo... notaba que, así como le provocaba cosas, también estaba completamente aterrada. –Tranquila, no te hice nada malo anoche. –le aseguró mientras jugueteaba con su mejilla, ella echó un respingo, esa inocencia en ella lo desarmaba, recordaba que le había dicho que no tenía experiencias románticas así que, era obvio que su cercanía la atolondraba más. –Estabas muy cansada y, te quedaste dormida en mi cama. –le contó con dulzura.
–Lo sient...
–Sh... –la calló, mientras apoyaba un dedo sobre sus labios. –Por cierto, perdí el juego de ayer, tenías razón... me conoces muy bien. –le sonrió. –Supongo que te debo unas vacaciones.
Ella abrió más las pupilas.
– Lo del juego. ¿pasó? –cuestionó, porque el haber quedado ebria le había hecho olvidar muchas cosas de la noche anterior.
-Sí, sí pasó. –afirmó con la cabeza. –No me diste la más mínima oportunidad de que pierdas. –le sonrió. –Sin embargo, terminaste pasando la noche conmigo...–le susurró con un tono ronco de voz para que solo ella pudiera escucharlo.
–Esto... no es ni de cerca lo que usted está pensando, señor Hoffman. –echó una risa nerviosa, porque recordó el funesto final de: Chelsea, su anterior secretaria que se le había declarado abiertamente.
–Ayer no tuviste problemas en llamarme Marcus, dime así a partir de ahora. –afirmó.
Entonces, Marcus puso una mano a lado de ella para impedirle el paso y sin avisar porque no sentía el ánimo y las ganas de hacerlo se propuso a minimizar el espacio que separaba sus labios de los de ella.
Catherine se espantó más.
–¿Qué... hace? –cuestionó débilmente, mientras forcejeaba en no caer hipnotizada. –Yo soy, solo su secretaria. ¿Recuerda?- expresó, mientras sutilmente ponía ambas manos sobre su pecho para impedir su cercanía.
–¿Y? –le cuestionó él con un tono ronco, como si lo que acababa de decirle no fuera importante. La sujetó de ambas manos para que no pudiera obstaculizar su cometido, ella ni resistencia pudo poner ante la fuerza de él. Continuo acercándose a ella.
–Esta... mal. –murmuró débilmente.
–¿Mal? Mal estaría no hacerlo...–exclamó tratando de convencerla.
Quizás ella estaba a punto de ceder ante sus encantos pero... un fuerte impacto la golpeó, recordó en cuestión de milésimas de segundo que él no era más que un mujeriego que solo jugaba con mujeres por placer, podía mencionar al menos cinco nombre de hermosas chicas con las que había salido las últimas semanas.
–¡Usted es mi jefe y yo... solo soy su secretaria! ¡Nuestra relación es meramente laboral! –exclamó en un feroz grito. –Con permiso. –manifestó, mientras se apresuraba hacía la puerta y arrancaba a correr tan rápido como pudo aprovechando el embelesamiento del rubio idiota.
Ese día... sin duda se había librado de los poderes de seducción de Marcus Hoffman, era una sobreviviente de su poder y sin probarlos los conocía. Había sido en muchas ocasiones testigo silencioso de sus coqueteos, lo había visto emplearlos en otras muchas mujeres que no eran ella y podía estar enamorada de él, hasta donde alma y cuerpo le cupiera pero no quería ser jamás parte de sus crueles juegos donde sin duda... ella terminaría perdiéndolo todo.
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Cath era adicta al trabajo, había vendido su alma e incluso su corazón a un tirano, era mal pagada, tenía montañas de pendientes y él no se inmutaba de nada, debía salir de ese terrible círculo vicioso en el que ella solo terminaba desfavorecida.
Esa noche, como la mayoría, se había quedado hasta tarde en su pequeño escritorio para concluir el envió el correos y revisión de centenares de deberes que tenía a su cargo, sumado a la organización de las citas laborales de su jefe.
Se armó de un poco de valor, se animaba así misma para poder dar el siguiente paso...
Con nervio, llamó a su jefe.
–Señor Hoffman, ¿tiene un momento? –cuestionó intentando no titubear.
–Claro Catherine. –afirmó Marcus.
Ella colgó la llamada y fue a su encuentro, con nerviosismo entró a su oficina.
–Catherine, ¿aún no te has ido? –cuestionó con una radiante sonrisa.
–Señor Hoffman, yo siempre me voy tarde... –contestó ella.
–Nunca me había dado cuenta... –contestó.
> pensó internamente ella.
–Eso no importa. –sonrió minimizándolo.
–¿Quieres algo de tomar? – preguntó Marcus y se puso de pie.
–No se preocupe, seré breve. –afirmó la chica.
–Entiendo. –tomó asiento nuevamente, mientras la veía lidiar con sus emociones, en su fino y hermoso rostro se posaban marcas de cansancio, tenía ojeras grandes y se veía ligeramente más delgada. ¿Tan agotada la tenía?
–Yo vine a pedir... –titubeó.
> pensó, porque nada le daría más satisfacción que, despojarla de esas prendas diarias y reclamarla como suya.
–Mi renuncia. –dijo finalmente.
–¿Qué? –exclamó poniéndose de pie. –¡¿Por qué?! –indagó apoyando con fuerza ambas manos sobre su escritorio. –No sé quien te ofreció mejor paga, pero te ofrezco el doble. –afirmó decidido. Ella parpadeó varias veces. –¿Es por la carga laboral? Puedo aminorártela. –afirmó. –¿Es por el salario? ¿Cuándo fue la última vez que te subí la paga? –le interrogó.
–Nunca. –exclamó.
–¿Nunca? –cuestionó sorprendido.
> se reprochó Marcus internamente.
–¡¿Y por qué jamás lo pediste?! –se atrevió a quejarse.
–Sí lo hice en varias ocasiones. –reiteró ella. –Llevo casi tres años trabajando con usted, y después de cumplir el año, cada seis meses le preguntaba si habría algún ajuste de sueldo por ser su asistente, siempre me afirmaba que lo revisaría, que checaría mis avances y mis progresos...
–Mañana a primera hora le llamo al gerente de nóminas y autorizo tu aumento de sueldo, es más, en este momento le enviaré un correo. –exclamó abriendo su laptop.
–Espere... señor Hoffman, por favor. –afirmó.
–Con un demonio, dime: Marcus. –blasfemó el hombre a punto de entrar en histeria.
–Marcus, la decisión esta tomada, no hay forma en la que yo cambie de opinión. –espetó firmemente.
El rubio la miró con escrutinio.
–Te pagaré el triple. –explicó. Ella negó con la cabeza. –Te lo cuadruplicaré, y te incluiré un mes de vacaciones adicional a las que te corresponden. –agregó. Ella continuo con su gesto negativo. –Catherine...– la miró con esperanzas.
–Le agradezco todo lo que ha hecho por mí. Pero tengo que irme en dos semanas, es tiempo suficiente para contratar a alguien más, puedo capacitar a dicha persona. –afirmó.
–No quiero a nadie más. ¿A dónde te vas? –cuestionó con el gesto fruncido.
–A ninguna parte, solo comenzaré un proyecto personal en el que he estado trabajando con anterioridad. –se puso de pie. –Tenga. –deslizó una pequeña libreta sobre la mesa.
–¿Qué es esto? –cuestionó, sujetando el cuaderno entre sus manos.
–Son todas las mujeres con las que ha salido en los últimos tres años, guardé sus números y nombres como usted me pedía. –Marcus quedó impactado ante esa confesión. –Al final, encontrará la lista de las múltiples florerías y tiendas de chocolates a los que he llamado para enviarles flores y bombones. Ah sí, lo olvidaba, también le he preparado esto. –extendió. –Es un compendio de versos que, pueden servirle para añadir a las notas que van en las flores. –afirmó.
–Catherine, esto es vergonzoso. –se apretó la sien, pero también lo comprendió todo en ese instante. –Por esto jamás me tomaste enserio, ¿verdad? –cuestionó.
–No sé de que está hablando. –enrojeció.
–De esa noche en mi departamento cuando saliste corriendo. –la miró fijamente, como si estuviera realmente enojado. –Conoces perfectamente mis antecedentes y mis debilidades con las mujeres. –exclamó clavando su mirada en ella.
–Y yo sería una idiota si mezclo si trabajo con el placer, señor Hoffman...
–Marcus. –rechistó él, porque odiaba que le llamara por su apellido.
–Marcus, yo solo soy tu secretaría. –sonrió, porque debía admitir que sí le daba cierta satisfacción poder decirle al fin lo que se guardó por tanto tiempo. –Tengo que irme, buenas noches. –afirmó para proceder a salir del lugar, aprovechando el ensimismamiento del hombre rubio quien, quedó pensativo frente a la deliberada noticia. Cuando parpadeó saliendo de su hipnosis, ella, ya no estaba.