La nuez de Alexander se movió lentamente mientras tragaba con dificultad; sus ojos se oscurecieron con una mezcla de deseo y contención. Inclinándose hacia adelante, rodeó a Isabella con los brazos y la atrajo contra su pecho, incapaz de resistir más. Sus labios encontraron los de ella en un beso profundo, voraz, que sabía a anhelo contenido. Isabella se quedó atónita por un segundo, pero enseguida dejó la taza a un lado y rodeó el cuello de Alexander, respondiendo con la misma intensidad. Su respuesta fue como una chispa cayendo sobre un prado seco: el fuego se desató sin control, y Alexander perdió toda noción del mundo que los rodeaba. Su mano grande se enredó en el cabello de Isabella, presionándola con fuerza contra él, como si quisiera grabar su existencia en su propio cuerpo.

