La jornada de esa noche fue larga en el bar. Abby tuvo mucho trabajo con el control de las meseras y con el acoso de Rocco, quien le exigía información y opiniones sobre el desenvolvimiento de cada empleada. Las vigilaba como si fuesen ratas que corrían entre nidos de águilas. Cuando al fin salió de aquel lugar se sintió aliviada. Era como si la hubiesen tenido apresada dentro de una habitación diminuta y sin ventanas. Rápido se dirigió a la parada de taxis, aunque se asustó cuando de pronto uno se detuvo a su lado. —¿Necesita que la lleve, señorita? El corazón casi se le salió del pecho al ver a Jared sonriéndole de medio lado a través de la ventanilla. Todas sus emociones entallaron en su interior, pero se esforzó por tranquilizarse y ponerse seria. La rabia por no haber sabido na

