El punto de vista de Raquel Urtha era una explosión de tapices y guirnaldas blancas, azules y amarillo mantequilla para celebrar el bicentenario de la ciudad. La plaza, casi vacía ayer, se llenó de vendedores y ciudadanos. Había bailarinas y flautistas, solteros que llevaban helechos para pedir la bendición de Gaia en la búsqueda de una pareja adecuada (la versión humanizada de los derechos esponsales de una dríada) y niños que deambulaban maníacos por las calles (con las manos imposiblemente pegajosas gracias a las hileras de dulces hasta donde alcanzaba la vista). Debería haber sido un momento de tranquilidad y camaradería. Pero, qué equivocados estábamos. "¡Fuera de mi camino, simplón! ¡Jodidos imbéciles ingratos, todos vosotros!" "En cuanto haya un hueco en la línea principal, sal

