Oh, joder.
Ese fue el primer pensamiento que le vino a la mente cuando Holly Sullivan apagó la alarma y miró el reloj. Eran las 7:45 a. m. y llegaba tarde a su primer día de trabajo en su nuevo empleo.
Echando las sábanas a un lado y secándose rápidamente el sueño de los ojos, Holly saltó de la cama y se arrastró hasta el baño.
El botón de repetición debe ser el invento más malvado, se quejó mientras se mojaba la cara. Decidiendo que no tenía tiempo para ducharse, se recogió el pelo rojizo en una coleta y se aplicó rímel. Holly frunció el ceño al mirarse en el espejo, deseando por enésima vez no estar tan pálida y que su nariz no tuviera pecas. Pero siendo de ascendencia irlandesa, ninguna de las dos cosas era evitable.
En realidad, Holly era una chica bastante atractiva. Era de estatura media y tenía curvas perfectas, con el cabello castaño rojizo que caía en suaves ondas hasta los hombros. Sus ojos eran de un verde intenso, y las pecas le daban encanto a su rostro.
Sin embargo, tenía ojeras que la hacían parecer mayor de sus veintidós años. Una vida difícil le había pasado factura: sus padres murieron en un accidente de coche cuando solo tenía dieciséis años, dejándola prácticamente sola, yendo de un familiar a otro. Y tras las dificultades para pagar las cuentas mientras estudiaba, estaba desesperada por cambiar de vida y, por fin, rehacer su vida.
Holly regresó corriendo al dormitorio y buscó frenéticamente unos pantalones limpios. Era un defecto suyo odiar lavar la ropa; ahora lo estaba pagando. Se decidió por unos pantalones de vestir negros casi limpios y se puso una camiseta azul claro sin mangas sobre su sujetador color crema, abotonándola hasta el cuello para parecer lo más recatada y apropiada para el trabajo posible.
«No es que importe», pensó mientras se ponía unos zapatos negros planos. «Mi primera impresión ya está arruinada desde que llego tarde».
Holly cogió un plátano del frutero de la mesa de la cocina, agarró las llaves, el bolso y la chaqueta de cuero y salió corriendo. Fue un milagro que no se cayera fatal por las escaleras de su apartamento mientras corría como un loco hacia el aparcamiento.
Al ver su querida Harley en la esquina, Holly aceleró el paso. La motocicleta había sido de su padre y la apreciaba más que cualquier otra posesión. Era una Fat Boy Softail roja, negra y cromada, y algunos de sus primeros recuerdos eran de recorrer las calles del barrio, aferrada a su padre con todas sus fuerzas.
Holly sacó el casco del compartimento trasero de la moto, se sentó a horcajadas y arrancó el motor. «Santa Madre María», rezó en silencio. «Por favor, que no me despidan».
*
—¿Dónde diablos está el nuevo asistente?
Alexander Grant caminaba de un lado a otro. Esto nunca era buena señal.
Su gato, Murray, se limitó a mirarlo con los ojos entrecerrados, sin importarle que su dueño se estuviera poniendo histérico. Alex le devolvió la mirada. "Sí, sí", espetó, señalando al felino con la mano con desdén. —¿Qué te importa, gordo cabrón?
Alex no estaba acostumbrado a esperar. Como novelista destacado, se había labrado una gran reputación y muchos seguidores. Era alguien importante; por eso, nadie lo hacía esperar.
Hasta ahora.
Había tenido seis asistentes, uno para cada uno de sus libros. Ninguno parecía querer quedarse: Alex tenía un carácter muy peculiar, y por muy encantador y carismático que fuera cuando estaba contento, era igual de tirano cuando estaba de mal humor.
—Esto es ridículo—, murmuró Alex mientras revisaba su agenda. Al ver que el nuevo asistente estaba programado para empezar hoy, cogió el teléfono y llamó a su agente.
—¡Devon!— gritó al teléfono tan pronto como escuchó que alguien respondía.
—Tranquilo, Alex—, dijo Devon, intentando calmar a su cliente, que se alteraba con facilidad. —¿Qué te pasa? ¿Bloqueo de escritor?
—Ja, ja—, respondió Alex con sarcasmo. —¡No, el problema es que el asistente que contrataste ya me está atrasando!
—¿Ah, sí? —preguntó Devon—. ¿Me despertaste para decirme eso?
Alex frunció el ceño. —¿Sabes? Debería despedirte. Si no es por tu falta de interés, al menos por tu aparente incompetencia para contratar a un asistente decente.
Devon rió entre dientes, irritando aún más a Alex. —No te preocupes, Grant. Merece la pena esperar. La contraté porque sabe escribir un par de cosas—. Hubo una pausa, y luego añadió: —Además, está bastante buena.
Alex sonrió con suficiencia. —Claro—, dijo. —¿Nadie te dijo nunca que no es buena idea pensar solo con la otra cabeza?
En ese momento alguien llamó a la puerta.
—Por fin—, gruñó Alex mientras colgaba el teléfono de golpe. Se dirigió a la puerta, la abrió de golpe y se quedó momentáneamente atónito por lo que vio.
Allí estaba parada una figura alta, bien formada y con casco.
—Llegas tarde—, logró espetar Alex por fin, haciéndose a un lado para dejar pasar. —Y por Dios, quítate el casco, ¿quieres?
—Lo siento mucho—, dijo la figura, con las palabras amortiguadas por el casco al estirarse para quitárselo. —Me quedé dormida esta mañana y...
Sus palabras se desvanecieron en el fondo cuando Alex por fin vislumbró lo que se escondía bajo el casco. La chica era despampanante: su cabello rojo oscuro estaba despeinado alrededor de su cara, con mechones que salían de su coleta desordenada. Tenía las mejillas sonrojadas, como si hubiera corrido, y sus labios eran carnosos y muy rosados. Sus ojos, sin embargo... eran lo que más destacaba. Eran de un verde penetrante y lo miraban con preocupación.
—¿Señor? ¿Está escuchando?
Alex negó con la cabeza, recordando su anterior enojo. —Sí, claro—, dijo. —¿Dice que se quedó dormido? Lo siento, señorita...
—Holly —respondió ella—. Holly Sullivan.
—Señorita Sullivan —dijo Alex, entrecerrando los ojos al mirar su reloj—. Llega con más de treinta minutos de retraso. Es muy poco profesional.
Holly al menos tuvo la decencia de parecer avergonzada. «Se ve linda cuando está arrepentida», pensó Alex. «Es molesto».
—Lo siento mucho, señor—, dijo Holly. —Le prometo que no volverá a suceder.
Alex frunció el ceño. —Cuidado que no sea así—, dijo. —Y no me llames 'señor'. Me hace sentir viejo.
—Lo siento, señor—, dijo Holly, y se sonrojó al darse cuenta de que lo había vuelto a hacer. —Lo siento, señor Grant.
Irritado porque su rubor le parecía encantador, el ceño fruncido de Alex se transformó en una mirada furiosa.
—Puedes llamarme Alex, murmuró, girando sobre sus talones y caminando a grandes zancadas hacia su área de trabajo al fondo del desván.
—Entonces, por favor, llámame Holly —dijo mientras lo seguía.
Alex se sentó detrás de su escritorio, que se alzaba en el centro de la planta, donde la luz del sol que entraba por el gran ventanal lo iluminaba. Holly reprimió una sonrisa burlona al pensar que ese halo de luz le daba al escritorio un aspecto casi sagrado.
—Holly—, dijo Alex, revolviendo papeles antes de juntar las manos con firmeza. —¿Te das cuenta de que tu tardanza me ha retrasado, lo cual es un desastre cuando tengo que cumplir con una fecha límite de publicación?
Holly estaba absorta observando su entorno. El loft era moderno y limpio, con suelos de madera brillante, muebles sencillos y amplias paredes blancas. En esas paredes había artículos, presumiblemente reseñas de las obras de Alex. Por lo que Holly había leído, eran increíbles. Se fijó en el gato gris, bastante bulboso, que descansaba en el alféizar de la ventana y le sonrió antes de darse cuenta de que Alex estaba golpeando el suelo con el pie. Con impaciencia.
—Lo siento, no te estaba escuchando —se disculpó Holly, girándose para ver la mirada amenazante en el rostro de Alex—. Estaba admirando tu casa; es preciosa.
Y tú también, pensó, al fin asimilando a su nuevo jefe. Alexander Grant era un hombre alto, y con su camiseta negra holgada y sus pantalones caqui ligeramente anchos aún se notaba que cuidaba su forma física. Tenía los hombros y el pecho anchos, y su bronceado le daba el aspecto de un dios. Su rostro era anguloso y masculino, y todos sus rasgos encajaban a la perfección. Unos ojos color ámbar la perforaban, y aunque era evidente que no estaba contento con ella, no pudo evitar sentirse atraída por ellos. El pelo n***o como el hollín le llegaba hasta la nuca y le caía sobre los ojos, y Holly resistió el impulso de pasárselo por la mano. Aunque la biografía que había leído indicaba treinta y seis años, no aparentaba más de treinta.
Así que así es como luce el escritor melancólico, pensó Holly divertida.
—¿Siempre eres tan tonto o te he conocido en algún mal día?