Mientras caminaba por la mansión, casi me sentía como en casa. La única razón por la que me sentía así era porque Eunice siempre me había tratado como si importara, como si tuviera voz en este mundo. Mis pies golpearon contra los familiares pisos de mármol blanco hasta que llegué a un lado de la escalera arqueada, que estaba hecha de más mármol blanco y tenía una alfombra roja escarlata en el centro. Me agarré a la barandilla de hierro n***o mientras subía las escaleras, recordando que era una de las últimas representaciones del dinero antiguo que quedaba en la casa. Eunice había pasado la mayor parte de la última década dándole la a la casa un ambiente contemporáneo de una casa de campo inglesa. Sin embargo, sus hijos Byron, Carlos y Donald habían luchado con uñas y dientes para preserv

