Mackenna no estaba segura de cómo Nuncio y el resto del equipo de seguridad lograron llevarla a casa, pero al abrir los ojos, se encontraba en su nuevo apartamento, en su nueva cama acurrucada con Romeo ronroneando a sus pies. Lo que sea que había en la mezcla que la enfermera le había puesto en el suero intravenoso la había dejado inconsciente y se sentía como si estuviera sufriendo la peor resaca de su vida. —Nunca pensé que vería el día en que compartieras tu cama con otro chico. —Una voz burlona llamó desde la esquina de su habitación. Romeo bufó en su dirección. Mackenna entrecerró los ojos contra la tenue luz de la lámpara para ver a Alessandro sentado en una silla de orejas que Savannah había insistido en que necesitaba para su habitación. Habían gastado demasiado dinero amuebla

