Pero por alguna razón, en ese momento, la idea de estar de rodillas ante un hombre, idealmente uno con más experiencia y más carne para llenar su boca, de repente hizo que sus entrañas se apretaran de emoción.
De repente, Carlisle apareció en su cabeza, y Emelie se atragantó brevemente con su fruta, maldiciendo el pensamiento desagradable.
—Llegaré tarde. ¡Los quiero mucho a ambos! —gritó Emelie, dejando la fruta sobrante sobre la mesa.
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Más tarde ese día, en su oficina detrás del aula, Nicholas se avergonzaba de sostenerse la cabeza entre las manos, intentando con todas sus fuerzas pensar en algo que no fuera Emelie. Para su continua vergüenza, había necesitado correrse dos veces más esa mañana antes de calmarse lo suficiente como para salir de su apartamento. Pero su deseo por ella aún latía dolorosamente en sus pantalones, exigiendo la liberación que solo la carne de una mujer podía proporcionar.
Su única serenidad residía en que era jueves, el único día de la semana en que su sección de Historia del Arte no tenía reunión. Se escondía en su despacho entre clases si era necesario, cualquier cosa con tal de no encontrársela. No se fiaba de sí mismo estando con ella cuando su libido era tan intensa y sensible como en su adolescencia.
Tenerla sola en clase ayer por castigo pareció haber despertado una reacción peligrosa en su cuerpo. Antes, simplemente admiraba su belleza y sensualidad desde una distancia un poco más segura, aunque aún muy inapropiada. Pensaba que era un hombre normal y apasionado que se fijaba en una chica excepcionalmente guapa. Pero estar completamente a solas con ella había cambiado algo. Añadió otra capa de atracción, mucho más primaria, que sabía que necesitaba controlar por completo.
Ya no sólo la veía hermosa... ahora la veía explícitamente s****l.
Se preguntó si era porque habían pasado varios meses desde la última vez que había tenido sexo. Quizás no tenía nada que ver con Emelie. Solo sufría de frustración s****l reprimida, nada más.
Había pasado el duelo de Kate, su prometida de dos años, quien lo dejó a principios de mayo de forma relativamente introvertida. En lugar de salir y recuperarse, Nicholas se había mantenido en secreto. Había rechazado las invitaciones sociales bienintencionadas de sus amigos más cercanos, prefiriendo sufrir en silencio, solo en su apartamento, donde nadie pudiera presenciar el patético desastre en el que se había convertido.
Y había sido realmente patético. Había podido funcionar a un nivel básico, terminando su primer año de trabajo en West View con comentarios positivos, y a veces envidiosos, de sus compañeros de facultad. Pero una vez que comenzó el verano, se volvió verdaderamente lamentable. Durante casi un mes entero, pasó la mayor parte de sus días en cama, mientras que sus actividades nocturnas se limitaban a ahogar sus penas con Jack Daniels o a rogarle a Kate que lo aceptara de nuevo.
Pero ahora, ya casi la había superado. Aún la extrañaba, pero ya no deseaba que siguieran juntos. Nicholas estaba más que listo para volver a la actividad, más que listo para disfrutar de otra mujer debajo de él. Su cuerpo ansiaba un buen polvo, nada más, y Emelie era la mujer, o mejor dicho, la chica más atractiva, que veía a diario.
Si pudiera tener sexo con ella, entonces sus deseos mal dirigidos hacia ella se extinguirían.
Él esperaba.
Nicholas volvió a concentrarse en el plan de la clase que tenía delante, pero no tardó en imaginar el cuerpo núbil de Emelie. Pensó en sentarla justo frente a él, en su escritorio, acariciando suavemente sus piernas bronceadas mientras le subía la diminuta falda del uniforme hasta la cintura.
Le besaba suavemente los muslos, recorriendo con la lengua esa piel suave y dorada. Le quitaba las bragas lentamente, recorriendo con los dedos toda su longitud. Le separaba suavemente los muslos, exponiendo los delicados pliegues de su vulva a su mirada hambrienta. Bajaba la cabeza, extendía la lengua y la lamía sin parar hasta que ella se sacudía las caderas y frotaba sus labios vaginales contra su boca mientras gritaba su nombre...
Nicolás oyó que alguien golpeaba la puerta de su oficina y levantó la cabeza de golpe, alarmado.
"P-pasa", llamó Nicholas, respirando profundamente en un intento de calmarse de su fantasía.
Nicholas respiró hondo al ver a Emelie, y su entrepierna empezó a palpitar con un deseo renovado. Sabía que no podría moverse de detrás del escritorio, pues si lo hacía, sin duda Emelie vería su erección plena y furiosa. No habría forma de que pudiera calmarse con ella justo delante de él.
¿Señor Carlisle? ¿Está ocupado? —preguntó Emelie con dulzura. Tenía una sonrisa inocente y sus impresionantes ojos verdes estaban abiertos y llenos de esperanza. Era impresionante.
—No, tengo un... mmm... ¿en qué puedo ayudarte? —preguntó, carraspeando. Emelie se quitó la mochila y se dejó caer en el asiento frente a su escritorio. Cruzó las piernas mientras buscaba en su carpeta, aparentemente sin darse cuenta de cómo su diminuta falda a cuadros se deslizaba por sus muslos tonificados.
"Me preguntaba si podríamos hablar del ensayo que tengo que entregar el martes", preguntó Emelie. Nicholas asintió, intentando no mirarla.
"Con gusto responderé cualquier pregunta que tengas, Emelie", respondió Nicholas. Emelie suspiró profundamente y puso los ojos en blanco.
"Bueno, señor, de verdad que no quiero reprobar su clase. Y en mi primer examen dijo que 'no demostré ningún sentido de la historia del arte'", mencionó Emelie, haciendo comillas en el aire con sus dedos bien cuidados. Nicholas suspiró y, para su sorpresa, sintió una ligera punzada de culpa. Quizás en sus intentos de ser estrictamente profesional con ella, había sido demasiado duro.
"Emelie, ¿qué quieres que haga al respecto?", preguntó Nicholas tenso. Emelie se levantó y caminó hacia el otro lado de su escritorio.
—¡Dios mío! —murmuró Nicholas en voz baja, mientras Emelie se inclinaba y apoyaba los codos en su escritorio. Había fantaseado con tomarla así. Su falda era tan, tan diminuta, que Nicholas empezaba a ver la curva de su trasero. Empezó a preguntarse si llevaba bragas...
"Siento que he empezado bien, pero no sé muy bien hacia dónde ir a partir de ahora..."
Nicholas ya no podía oír ni prestar atención a lo que decía la joven. Solo podía concentrarse en su cuerpo increíblemente sexy, en su trasero tonificado a escasos centímetros de sus manos ansiosas por apretarlo.
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Emelie reflexionó sobre lo que había escrito hasta el momento para el trabajo. El tema requería algún tipo de argumento histórico, utilizando obras de arte griego arcaico, clásico y helenístico como prueba. Emelie tenía varias ideas sobre lo que quería decir, pero no sabía cómo expresarlas de forma coherente.
Después de unos momentos, Emelie se dio cuenta de que Carlisle no le daba ninguna respuesta. Dejó de hablar, lo miró y se dio cuenta de que no le prestaba atención en absoluto.
Su mirada estaba fija en su falda.
Esto sorprendió a Emelie, y sabía que debería haberse horrorizado de que la estuviera mirando, pero por alguna razón, solo sentía curiosidad y, distantemente, emoción. Se preguntó si solo la miraba porque pensaba que la longitud era demasiado corta, algo por lo que otros profesores ya la habían regañado.
Pero ella esperaba que él la estuviera mirando porque la encontraba atractiva.
Experimentalmente, Emelie se inclinó un poco más hacia adelante, lo que provocó que su falda se subiera aún más. Fingió indiferencia al oír la brusca inspiración de su profesor. Estaba segura de que la miraba con una mirada sensual, y apretó los labios y los puños para no estallar de excitación.
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—Entonces, ¿crees que puedo sacar al menos una B? —preguntó Emelie. Nicholas se aclaró la garganta, apartando la mirada de su diminuta falda.
"Umm, bueno..."
Nicholas observó cómo Emelie estiraba la espalda y notó cómo se le subía el ajustado polo del colegio, dejando al descubierto su tonificado bajo vientre. Aferrarse a su diminuta cintura mientras penetraba su cuerpo...
"Realmente me he esforzado mucho , señor Carlisle", ronroneó Emelie, empezando a hacer pucheros.
—Bueno, Emelie... mmm... señorita Woods... parece que has empezado... bastante bien —dijo tenso. Se llevó la mano al cuello de la camisa y se aclaró la garganta de nuevo, sintiendo de repente que le faltaba el aire.
Intentó obligarse a darle su opinión sobre el trabajo, pero sabía que sus comentarios eran superficiales y triviales. Simplemente no podía concentrarse en lo que ella había escrito, pues su cuerpo lo distraía demasiado.
Se preguntó si quizás debería darle una calificación más baja cuando finalmente lo entregara el martes. Ella había acudido a él en busca de ayuda, le había demostrado que estaba dispuesta a intentarlo... él era quien no podía cumplir con su deber básico como maestro y llegar a un acuerdo.