Varios días pasaron después de aquel beso, Elizabeth y Carlos evitaban encontrarse. Ella esperaba que él saliera, para entrar a limpiar su habitación. Luz Aída, seguía fingiendo sus enfermedades; y de esa manera trataba de manipular al joven Duque. Aquella mañana Carlos, entró a la habitación de su madre: —Mamá, me dice Rosa, que no te sientes bien. ¿Deseas que llame a un médico? Luz Aída se removió en su cama y emitió un quejido de dolor. —No Carlos —expresó carraspeando. —¿Para qué? —indagó resoplando—. Vos sabes bien lo que me sucede, ¿deseas mirar como tengo la espalda de tanto estar postrada? La mujer intentó indicarle a su hijo las supuestas costras; ella sabía bien que Carlos, se iba negar. —No mamá no es necesario, yo conozco tu situación. —Y si la sabes... ¿Qué haces tan

