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2062 Palabras
La mirada de Thiago se llenó de una oscuridad que su madre jamás había visto. El pálido hombre se paró con firmeza, mordiendo sus labios, apretando sus puños. La presencia de su madre fue lo único que evitó que él abriera la puerta y se abalanzara sobre el hombre, masacrándolo a golpes. Para él no era muy ajena la imagen de sí mismo abalanzándose a golpes sobre alguien, porque cuando solía vivir en la calle, aquello había sido lo único que lo había salvado de ser asesinado por los vagabundos. —¡Lárgate de aquí, bastardo! La madre de Thiago se refugió detrás de la espalda de su fuerte hijo. —No hagas alguna locura —le susurró la mujer, intentando sosegar su angustia; inmediatamente vio aquellos ojos masculinos luego de años de ausencia, se había calado de un pavor poco soportable, era como si cada recuerdo nacía en ella, desde el primer puñetazo en su rostro, hasta la pastada que casi le había roto una costilla—. Por favor, Thiago… Thiago no dio alguna respuesta, pues no estaba seguro de que aquel día no asesinaría a ese hombre. Lo habían liberado de la cárcel y lo primero que había hecho, como era de esperarse, era encontrar la ubicación de su madre. —¿Me llamas a mí bastardo? —La agria risa del hombre manchó los oídos de Thiago, quien aún no abría la puerta—. Tú eres el bastardo aquí. Abre la puerta de una vez, maricón. Tenemos mucho de lo que hablar tu madre y yo. —¡Tienes cinco minutos para irte de aquí antes de que mate, imbécil! —¿Así que ahora eres valiente? ¿En dónde quedó aquel niño que solo lloraba cuando follaba a su madre como una zorra delante de él? —Los ojos de Thiago se ahogaron en un mar de rabia ardiente—. ¿Lo recuerdas, pequeño pálido del infierno? ¿Recuerdas como follaba el culo de tu madre mientras tú veías? La sensación aún vive en mí, ¿quién dice que no la volveré a repetir? La paciencia de Thiago se redujo a nada. —¡Thiago, no! Su madre intentó frenar al hombre, que corrió hacia la puerta, abriéndola con brusquedad y abalanzándose sobre quien, desgraciadamente era su padre. El puño de Thiago se enterró en el rostro del hombre, casi rompiéndole la nariz. La botella de licor se resbaló de los labios del barbudo señor y Thiago la sostuvo, colisionándola sobre su frente. Los ojos del hombre empezaron a arder en lágrimas de un dolor más profundo de lo que sería alguna vez capaz de describir. Los recuerdos fueron ásperos, imposibles de soportar, a pesar de que se suponía que era un hombre ya. Su madre chillaba por clemencia mientras su padre la violaba delante de él. Thiago solo era un pequeño de siete años, incapaz de comprender qué era un abuso, él podía únicamente limitarse a llorar mientras por las piernas de la mujer que más amaba se deslizaba sangre. Thiago aferró sus manos alrededor del cuello de su progenitor; cada vez que recordaba las innumerables veces que tuvo que presenciar como su padre violaba a su madre frente a él, la furia le ofuscaba la razón. Su padre empezó a retorcerse entre sus manos. Elevó su puño y lo enterró en el rostro de su hijo, pero aquello no sirvió de mucho, pues no había vigor más grande que aquel que usaba como combustible al odio. Y el odio que Thiago sentía por su padre, era demasiado. —¡Thiago, lo matarás! Ni siquiera la voz de su madre fue capaz de sacarlo de su ensimismamiento. Thiago no era un asesino, pero exactamente eso quería en aquel instante: matar a su padre, aunque eso le costara su libertad. —¡Thiago, por favor! Lo único que consiguió extraer al hombre su profunda furia, fue el sonido de los murmullos humanos. No se percató de cuando, pero a su alrededor crecía un cúmulo de personas que le observaban de la misma forma en la que se observa a un monstruo. Fue en aquel instante en el que Thiago se dio cuenta de algo: no podía matar a su padre, porque aquello lo enviaría a la cárcel y si él iba preso por el resto de su vida, su padre ganaría, aun muerto ganaría. Thiago contuvo el ardoroso anhelo de gritarles a todos allí que si había un monstruo, no era exactamente él, sino quien estaba arrojado en el suelo, tosiendo en la búsqueda necesitada de aire, pero sabía que carecía de algún sentido. Nadie tendría un buen concepto de un stripper y Thiago estaba al tanto de eso. "Hay que llamar a la policía", escuchó Thiago. Aquello desprendió una maldición de sus labios. No podía quedarse allí, por más que quisiera. Así que lo que el hombre hizo, fue correr hacia donde su madre y entregarle un par de billetes. —Tengo que irme, le tomará unos instantes recuperarse, huye, por favor, mamá. A un hotel. Al de siempre, él no sabe donde queda. Te llamaré, por favor, ahora mismo. Me debo de ir antes de que estos bastardos llamen a la policía. —Él no permitió que su progenitora dijera algo; la acercó a él y la besó en la frente—. Te amo, mamá. Por siempre. Tras decir aquello, Thiago corrió hacia su motocicleta y se desvaneció como una sombra. *** La oscuridad le cubría, pero él estaba acostumbrado a ello. Había una oscuridad mucho más profunda que nacía en su interior. El hombre aceleró la velocidad de su moto, sin tener idea de a donde acudir. No tenía novia, a pesar de las muchas pretendientes que tenía debido a su trabajo, jamás había ido más allá que dedicarle un baile sensual a alguna de ellas. Le habían propuesto siempre que se acostara con ellas, pero Thiago jamás había accedido. La última vez que se había acostado con alguien, había sido hace casi un año, ebrio. Entre cavilaciones y sin un rumbo especifico, él pensó en que ir al hospital era una buena idea. Aunque el golpe de su padre no se había sentido tan fuerte en su momento, no había dejado de sangrar ni de doler. Ni siquiera pudo entrarse el casco debido a la fricción que este ejercería sobre su herida. Thiago era la clase de hombre que elegía morir antes de ir al hospital, pero, por alguna razón, aquel día, la alternativa parecía muy atractiva. Él desconocía que el destino le estaba guiando. *** —¿En dónde estás, mamá? —En un hotel, hijo mío, justo como me pediste. —¿El bastardo no intentó nada? —Me fui antes de que pudiera siquiera pararse. —Larissa hizo una extensa pausa que Thiago no se atrevió a quebrar, pues sabía que su madre tenía algo más para decir, un reproche, imaginana—. ¿Estás consciente de lo que casi ocurre hoy, Thiago? Por un instante, te convertiste en casi un asesino… —Mamá… —Thiago, tu padre me despojó de todo, no puedo permitirme que me despoje también de ti. Eres lo único q-que tengo… e-eres mi bebé… mi pequeño oso p-polar… no puedo permitirme que el bastardo te envíe a la cárcel… —Mamá, no podía quedarme de brazos cruzados mientras él te hablaba así. ¡No podía y no podré! —Thiago alzó la voz, importándole muy poco las miradas de las demás personas en aquel hospital—. ¡Acabaré con él si te pone un dedo encima, aunque sea lo último que haga! —El hombre no dejó tiempo para que su madre le reprochara si quiera un poco más—. Dime exactamente en donde estás, iré pronto, mamá. Él había olvidado las indicaciones que le había dado de ir al hotel de siempre. El estrés le rompía la memoria. —Thiago, no me cambies el… —Mamá, ahora no. Hablaremos de esto más tarde, pero ahora dime en donde estás. Un suspiro se dejó oír desde la otra línea. Larissa odiaba la violencia, aquello había sido lo que la había condenado a no defenderse en absoluto de los abusos de su esposo años atrás. —Está bien, querido. Estoy en el hotel central, al lado de la farmacia, habitación 333. Te espero aquí, por favor, no vayas a cometer alguna locura. —Te amo, mamá. Aquello fue lo único que él dijo antes de colgar. Thiago observó con impaciencia el cúmulo de personas que había en aquel hospital. No pudo evitar pensar en lo negligente que era aquel sitio. Si alguien llegaba herido de gravedad, fácilmente moriría allí. El hombre se colocó de pie, peinando su descuidado cabello hacia atrás y direccionando sus pasos hacia el jardín que había allí. Por lo menos cincuenta personas tenían turnos antes que él, lo mejor, era desistir e irse a donde su madre. Aunque sabía que cuando la mujer viera su herida, le enviaría de inmediato al doctor, así que no sabía exactamente qué hacer. El hombre empezó a caminar de manera parsimoniosa por aquel solitario jardín. Normalmente, las personas repudiaban la soledad, pero él la amaba la mayoría de veces. Solo en unas cuantas ocasiones, la soledad traía consigo a los malos recuerdos, como en aquel instante. El pequeño Thiago llevó las manitas a sus oídos, porque quizás así, los gritos de su padre no se oirían tan fuertes. El pequeño no tenía idea de qué era un "bastardo", solo sabía que su padre le llamaba así desde que tenía razón. Tenía seis años y no sabía demasiado de la vida, pero tampoco era estúpido. Su mente había deducido que cuando su madre gritaba, era malo, y que aquel líquido rojo que salía de las piernas de su madre cada vez que su padre hacía algo en su cuerpo que él no entendía, también era negativo. —¡No, no delante del bebé! Los ojos de Thiago se llenaron de lágrimas. No entendía bien el concepto de desaparecer, pero exactamente aquello era lo que quería hacer: irse lejos con su madre. Protegerla. Salvarla. Una botella de alcohol cayó muy cerca del pequeño pálido. Su padre la levantó y bebió de ella, para luego jadear a medida que sostenía a su madre por el cabello. De un fuerte golpe, el hombre empujó a su madre a un brazo del sofá, elevando su vestido. Thiago era lo suficiente inteligente para saber que aquello significaba que la sangre venía, que su madre lloraría de nuevo. —¡Por favor, él no debe ver esto! —El bastardo debe saber lo que se le hace a las mujeres. No quiero criar maricones que lleguen a los veinte años sin haber follado al menos a cincuenta zorras. El padre elevó su mano, atestándola contra el trasero de la mujer, pero Thiago no entendió nada. Su padre empezó a despojarse de ropa, enterrándose con dureza en su madre, quien chilló, siendo profanada una vez más, pero Thiago no entendió nada. Solo cuando su padre había intentado también profanarlo a él, era que Thiago había comprendido que el infierno estaba en casa. Una acida tos se desprendió de los labios del hombre a medida que recordaba aquello que anhelaba olvidar. Sacó un cigarrillo de su pantalón y lo fumó. Le tomó un par de instantes percatarse de que no se encontraba completamente solo allí. Unos sollozos femeninos irrumpieron entre su paz. A Thiago le tomó muy poco tiempo percatarse de donde venían aquellos sonidos. Se aproximó con cautela, de manera muy lenta. Frente a él se presentó la imagen de una muchacha de espaldas. Vestía algo blanco, pero había una particularidad en su ropa y era que se encontraba manchada de sangre. Thiago se obligó a sí mismo a no preguntar nada, pues no eran sus asuntos. Ni siquiera la conocía. Pensó en retroceder, pero el destino le jugó en contra y su pie se enredó en una rama. —¡Maldición! —¿Se encuentra bien, señor? Aquella voz. Aquel tono. Thiago elevó rápidamente su mirada. Jamás había anhelado tanto extinguirse como en el momento en el que se percató de que quien se encontraba allí, era nada más y nada menos que aquella muchacha con aspecto de monja a la cual él le había robado un beso.
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