Cuatro horas antes del descubrimiento del segundo cuerpo, el hombre que se hacía llamar Cuahátal se movía silenciosamente sobre el suelo empedrado del sótano de su casa en la zona de Ciudad de México conocida como Coyoacán, con la sangre de su última víctima goteando de sus manos mientras caminaba. Las paredes empedradas de la sala mostraban representaciones, pintadas en diversos colores, de símbolos e inscripciones antiquísimas, muchas de las cuales podían hallarse en las paredes interiores de las grandes pirámides de Teotihuacán. Cuahátal sentía un enorme orgullo por haber creado una auténtica recreación del interior de un templo del sumo sacerdote. Por ahora, sin embargo, allí quedaba mucho trabajo por hacer. Al bajar la vista, pudo ver sus brazos empapados con la savia roja de la jo

