La brisa nocturna acariciaba los girasoles dormidos, y el rancho se envolvía en una calma que parecía casi sagrada. Selene bajó del caballo aún con las mejillas enrojecidas, no por el viento, sino por la mezcla embriagante de emociones que la envolvían. A su lado, Simón sujetó las riendas con soltura, sin dejar de mirarla como si quisiera memorizar cada segundo, cada gesto, cada suspiro contenido desde el paseo. No hicieron falta muchas palabras. Solo una mirada intensa antes de cruzar el umbral de la casa, mientras la luna parecía suspenderse en el cielo para espiar lo que estaba por suceder. Simón cerró la puerta con suavidad. El sonido del cerrojo encajando reverberó como un eco íntimo entre ellos. Estaban solos, pero no como antes. Esta vez no había barreras, no quedaban pretextos. S

