El sol comenzaba a descender tras las montañas cuando Selene regresó del campo, las botas cubiertas de polvo y el rostro aún caliente por la jornada. Había evitado pasar por el pueblo aquel día, a sabiendas de que Xavier seguía merodeando, insistiendo con mensajes que ella se negaba a responder. A cada paso que daba, sentía que el suelo bajo sus pies tambaleaba. No solo por la incertidumbre económica que la ahogaba desde hacía semanas, sino por las emociones que bullían dentro de ella desde la fiesta. Simón. Ese maldito baile, esa casi caricia, esa casi confesión. Pero lo que aún no sabía era que el verdadero golpe no vendría de las cuentas bancarias ni de las cosechas fallidas. Vendría disfrazado de ayuda. Esa tarde, Simón había bajado al pueblo a recoger unas piezas para comenzar con l

