—¡Lo siento! —se disculpa la enfermera—. No fue mi intención interrumpir. —¿Acaso no la han enseñado a tocar la puerta? —la fulmino con la mirada. —Lo siento señor. —se disculpa nuevamente con voz entrecortada a punto de llorar. Hago el amago de hablar, pero una pequeña mano se aprieta a mi brazo para hacerme voltear. —Dejala, no fue su culpa. —dice con una voz tierna—. Podrías dejar de ser tan imbécil —me da un pellizco. —Auch. —me quejo a causa del dolor—. Aveces pareces bipolar. —Calladito te ves más bonito. —Disculpen por interrumpir de nuevo señores Santori. —sus mejillas adquieren un color carmesí—. Es que necesito revisar los signos vitales de la paciente antes de que llegue el doctor Lombardi. —¡Disculpe! —se exaspera—. ¿Como que Santori? yo no… La interrumpo antes de que

