Reign
Al día siguiente, Meredith me invita a almorzar con ella en una acogedora y moderna cafetería a una calle de la oficina.
Tras felicitarme por la oportunidad y decirme que no dudaba en que haría un buen trabajo, comenzó a darme indicaciones y consejos para llevar adelante los próximos días en Suiza junto a nuestro jefe.
—Cualquiera mataría por la oportunidad que tienes —asegura—. Aunque debo ser honesta, este trabajo no será sencillo. Michael Regan no es alguien fácil de tratar.
—Puedo darme una idea —respondo, recordando nuestro desastrozo primer encuentro.
—Es un hombre muy reservado, puede ser gruñón y hasta malhumorado a veces, pero lo que más importa es que si haces bien tu trabajo y mantienes tu distancia, todo irá bien. Al principio, puede parecer un desafío, pero con el tiempo te acostumbrarás —aconseja—. Es una experiencia que te servirá en el futuro, además, podrías hacerte un lugar en la empresa y ascender —comenta con cierta emoción.
—¿A quién no le gustaría eso, verdad? —concuerdo con una sonrisa.
[***]
La noche anterior al día del vuelo me dedico a empacar cuidadosamente todas mis cosas, asegurándome de no dejar nada atrás. Al terminar, decido ordenar mi departamento, dejando todo listo para cuando Melody fuera a cuidar y alimentar a Pearl.
Tomo entre mis manos a mi pequeña gata de suave pelaje blanco y la acaricio.
—Mamá va a extrañarte mucho, bonita —le susurro antes de dejar un beso en su cabecita. No serán muchos días lejos pero no me gusta dejarla sola.
Cuando tengo todo listo me dejo caer en el sofá con un suspiro, agotada por el día y pensando en mañana.
Me encontraba con una mezcla de nervios y emoción a la vez. Era una oportunidad única, sabía lo que tenía que hacer y no iba a desaprovecharla, le demostraría a Michael que realmente me la merecía. Aunque pasar unos días a solas con mi gruñón jefe no podía negar que me ponía algo nerviosa. A pesar de todo, sabía que debía mantener la calma y concentrarme en lo que realmente importaba, además de no dejarme intimidar.
[***]
Por la mañana, de manera puntual un vehículo de la oficina pasa a recogerme. El chofer me ayuda con mi maleta y luego conduce por las calles de la ciudad hacia el hangar donde se encuentra el jet privado de la compañía.
—Aquí estamos —dijo el conductor con una sonrisa mientras estacionaba a unos metros del jet.
Nunca antes ví un jet privado y ese destilaba lujo y exclusividad mientras relucía bajo la luz del sol, era impresionante en su tamaño y elegancia. Nunca viajé en uno así que intento mantener mi emoción a raya y actuar profesional.
—Por aquí, señorita —me guía una azafata mientras lleva mi maleta.
Me indica subir por la escalera del avión y dentro ya se encuentra mi jefe.
Michael Regan, como siempre, luce un impecable traje y parece imperturbable mientras tiene su atención en su computadora. Su postura erguida transmiten seriedad y autoridad sin necesidad de que emita una sola palabra.
Al escuchame acercarme desvía su atención un instante hacia mí antes de regresar a su computadora.
—Buenos días, señor Regan —saludo educadamente.
—Buenos días, Vermont —responde él con su tono usual, grave y directo, sin mostrar emoción o interés alguno. Literalmente raya lo educado.
La azafata aparece y guarda mi equipaje mientras ocupo uno de los lugares. Me es inevitable no reparar el sofisticado interior de cuero color crema y detalles refinados. Es hermoso y visiblemente costoso.
Bueno, aquí vamos...
[***]
No sé exactamente en qué momento me quedé dormida, pero al despertar me encuentro al señor Regan con un café a su lado y aún trabajando.
¿Acaso ese hombre no descansa?
Me levanto para dirigirme al baño y arreglarme un poco, al salir la azafata indica que ya estábamos a pocas horas y decido revisar unos papeles luego de pedir algo para cenar.
Me pierdo en mi lectura y mi concentración se dirige toda a mi tarea, hasta que siento a Michael levantarse para ir a no sé dónde mientras regreso mi atención a lo que estoy haciendo.
Cuando finalmente llegamos agradezco internamente poder volver a estirar las piernas.
Preparé todo mi equipaje con ropa de invierno para el clima frío de Suiza. Me pongo mi pesado abrigo y unos guantes antes de bajar del jet.
El chofer de la camioneta que nos esperaba fuera del jet se ocupa de nuestro equipaje mientras sigo al señor Regan para subirnos al vehículo.
Durante el trayecto mi atención se pierde en el paisaje, la carretera está rodeada de frondosos pinos cubiertos por un manto de nieve y es hermoso. El lujoso hotel queda justo en una colina por lo que no puedo esperar para ver las deslumbrantes vistas que debe tener.
Al llegar a la recepción, somos recibidos por una educada recepcionista.
—Buenas tardes, bienvenidos al Hotel Royal Géneve. ¿En qué puedo ayudarlos?
—Reservación a nombre de Michael Regan.
Ni un Hola, ni una sonrisa, ni nada. Como dije, raya lo educado. Tener todo el dinero del mundo no puede comprar modales, al parecer.
—Sí, la suite principal —afirma ella, revisando la pantalla de la computadora.
—Deben ser dos habitaciones —agrega él.
La mujer vuelve a revisar la pantalla pero no tarda en fruncir el ceño como si algo andara mal.
—Lo lamento, aquí solo aparece la suite principal. Anteriormente se había reservado una segunda habitación, pero figura como cancelada.
—Al parecer mi secretaria olvidó volver a reservarla —el tono de él evidencia su malestar—. ¿Hay alguna otra habitación disponible?
La pobre mujer se apresura buscando otra habitación bajo la atenta e intimidante mirada del señor Regan.
—Por el momento, no. Estamos en temporada alta y todas las reservas están ocupadas —dice ella con una sonrisa apenada como si fuera su culpa.
—¿La habitación tiene dos camas al menos? —pregunta él, impaciente.
—Solo una, matrimonial —responde la recepcionista, manteniendo su sonrisa educada pero que parece una mueca notando la ligera incomodidad en el ambiente.
Esto no puede estar pasando.
El móvil de Michael suena y este cuelga impaciente.
—Puedo dormir en el sofá —me ofrezco.
Él me mira fijamente arqueando una ceja y trato de no encogerme ante su mirada.
—No dormirás en el bendito sofá, Vermont —niega. Su móvil vuelve a sonar—. Tengo que reunirme con Benedict en una hora. Puedes quedarte con la cama, yo no suelo dormir muchas horas.
—Como prefiera —no me queda de otra que acatar.
Michael se acerca a la recepcionista, le dice que tomaremos la suite y ella nos entrega un par de llaves de la habitación.
—Lamentamos los inconvenientes, espero que disfruten de su estadía.
—Gracias —le digo yo, devolviéndole la sonrisa amable antes de seguir los pasos largos de Michael que se dirigía al elevador.
Dios, dame paciencia.