Reign
Adaptarme a mi nueva rutina no resulta tan difícil cómo imaginé, por ahora creo mantener el equilibrio entre mi empleo en la empresa y mis estudios universitarios. Pero sé que solo han pasado unos días desde que comencé mi pasantía en Regan Enterprises y que en algunas semanas no estaré diciendo lo mismo. Pero por ahora lo disfruto, poder tener esta clase de experiencia y en un lugar como este es una oportunidad que no le toca a cualquiera y no cualquiera sabe aprovechar.
En tanto al jefe, aún no tuve la oportunidad de conocerlo en persona. Es un hombre muy ocupado y es entendible que no tenga tiempo para hablar con simples pasantes.
Pero no tardaría en entender que el destino tenía otros planes para nosotros.
Cuando termino mis tareas de esa mañana, aprovecho mi tiempo para repasar una lectura para mi próxima clase. Cuando comienzo a cansarme de ver tantas letras reviso la hora en mi reloj y decido bajar a la cafetería por un café.
Cuando estoy de subida por el ascensor, tengo la mala suerte de que en cuanto las puertas se abren y salgo, termino chocando contra un torso firme, derramando el café sobre una camisa blanca y una chaqueta negra.
Mis ojos se abren de par en par y quiero que la tierra me trague, pero eso no es nada cuando descubro contra quién choqué. Levanto la mirada y me encuentro con un par de ojos café oscuro que destilan furia. Lo reconozco al instante.
Es Michael Regan.
En mis adentros le rezo a todos los santos que existen para que esto solo sea una pesadilla, porque no puede estar pasandome algo así.
—¿Acaso no miras por dónde caminas? —Su tono es frío y es tan intimidante que, aunque sea una persona fuerte, quiero esconderme hecha bolita en una esquina.
—L-lo lamento, yo… no fué intencional… —balbuceo nerviosa, entrando en desesperación al ver la gran mancha café en su camisa visiblemente costosa.
—Callate —Me da una mirada severa y dejo de hablar—. Dile a Meredith que me consiga una camisa nueva, tengo una junta en veinte minutos. Y consigue de nuevo el archivo que arruinaste, lo quiero en mi oficina en cinco minutos —advierte, entregandome de mala gana los papeles que llevaba en su mano, los cuales están salpicados con café—. Muevete, niña —me dice con frialdad y pasa por mi lado, subiendo al ascensor.
No pierdo más tiempo y utilizo las escaleras para llegar a la oficina de Meredith. Cuando llego doy unos golpecitos desesperados en la puerta hasta que escucho un Adelante y paso.
—Ocurrió algo terrible —Es lo primero que digo, recuperando el aliento.
—Reign, ¿qué te ocurrió? —pregunta preocupada, levantandose de su sitio al instante en que me ve. Debo estar hecha un desastre.
—Derramé café sobre el jefe —digo y los ojos azules de Meredith se abren con sorpresa y horror—. Tiene una junta en veinte minutos, pidió que le lleves una camisa nueva y que le entregue estos archivos limpios y yo… no sé qué hacer —hablo tan rápido que ella se acerca a mí y me da un apretón en el brazo para calmarme.
—Respira, Reign. Iré por la camisa, busca el nombre del archivo en mi mail, allí recibo los archivos de todos los empleados —indica y asiento—, usa mi impresora. En cinco minutos estoy de regreso —avisa antes de abandonar la oficina rápidamente y por un momento observo los papeles en mi mano.
No entres en desesperación, Reign. Esto podría haberle pasado a cualquiera.
Primera Ley de Murphy: “Todo aquello que pueda salir mal, saldrá mal”
Me muevo detrás del escritorio de Meredith, busco el archivo con dedos temblorosos y lo pongo a imprimir, no es extenso así que no tarda mucho pero mi desesperación hace que los minutos se vuelvan eternos. Me muevo de un lado a otro mordiendo mi uña del dedo pulgar.
En un momento el móvil de Meredith vibra sobre su escritorio y leo en la pantalla Michael Regan.
Dios. Mi corazón se acelera.
Tomo el móvil entre mis manos. ¿Atiendo o no? Finalmente lo hago.
—Señor Regan —digo con timidez, con cierto miedo como si pudiera sentir su enojo y su mirada intimidante aún sobre mí.
—¿Meredith? —pregunta, reconociendo que no es la voz de su secretaria.
—No, señor. Meredith salió en busca de una camisa nueva. De verdad lo lamento, señor Regan, no fué…
Me cuelga.
Llorar no te hace una persona débil, a veces es incluso hasta necesario, así que cuando regrese a casa me tomaré unos minutos para sacar la frustración que me invade y luego volveré a ser la chica fuerte que se esfuerza en hacer todo bien. Sí, eso haré.
En ese momento el archivo termina de imprimirse y acomodo las hojas, cuando Meredith entra a su oficina con una camisa nueva de Ralph Lauren.
—Gracias al cielo —susurro al verla—. ¿Cómo la conseguiste tan rápido?
—Decir que trabajas para Michael Regan puede facilitarte la vida —dice, entregandome la camisa—. Trabajar para él puede que no tanto.
Estoy de acuerdo.
—Gracias, Meredith —digo de corazón.
—No hay por qué. Ahora muévete o harás que se enfade peor —dice regresando a su sitio tras su escritorio.
Me encamino a la oficina de Michael a unos metros de la de Meredith, inhalando y exhalando profundamente para calmar mis nervios.
Fué solo un accidente, Reign, nadie murió. Calmate.
Doy dos golpes a la puerta cuando escucho un impaciente Pasa y la mirada molesta del señor Regan recae en mí. Toma la camisa de mis manos y lo veo desabrochar la suya. Miro para otro lado, pensando en si es mejor irme o no.
—Con permiso —digo yendo por la primera opción. Me vuelvo hacia la puerta y con la mano en el picaporte, escucho como él chista con la lengua.
—¿Acaso dije que podías irte?
Me vuelvo hacia él, manteniendo una postura firme e intentando mantenerle la mirada. Soporté actitudes peores antes y siempre me consideré una persona que puede con muchas cosas, esforzandome en demostrar que se equivocan al subestimarme. Pero en este momento, bajo la mirada dura de un hombre como Michael Regan, me siento diminuta.
Cuando abandoné mi pueblo sabía la clase de personas que me encontraría en la ciudad, que habrían hombres que se abusarían de su poder y les daría igual quién seas o qué hagas, te aplastarían solo porque pueden. Y en verdad le pido al cielo que Michael Regan no sea de esa clase de hombres.
—Lo lamento.
—¿Solo eso te enseñaron a decir tus padres? —habla con molestia—. Es irritante que pidas perdón cada dos palabras —. No digo nada, porque tiene razón, pedir perdón por cualquier cosa es un mal hábito pero son solo mis nervios jugandome una mala pasada—. Lo que hiciste hoy no va a quedar impune.
—Fué un accidente.
—¿Crees que hay lugar para accidentes en una empresa de este nivel? —increpa—. Me estás retrasando para una junta importante y detesto la impuntualidad, ¿cómo puedo exigirla si no doy el ejemplo?
—Tiene razón y lo entiendo —digo, él no me mira, solo revisa unos papeles en su escritorio—. ¿Va a despedirme? —pregunto con miedo.
Se toma su tiempo en decidir responder, o siquiera mirarme.
Necesito esta pasantía. Si me la quita por un accidente, por una simple torpeza, me arruinará completamente, destrozará mis sueños llevandose esta oportunidad tan enorme, una que me gané con tanto esfuerzo. Y eso no sería justo.
—No —pronuncia finalmente y siento como si el alma me volviera al cuerpo—. De ahora en más dedicate a hacer tu trabajo y mantenerte lejos de mi vista —advierte. Avanza hacia la puerta y me dedica una última mirada—. Eres solo una niña, pero deberás olvidarte de eso si quieres continuar aquí —pronuncia secamente—. Cierra al salir —ordena antes de desaparecer y entonces suspiro.
¿Por qué tuvo que pasarme eso a mí? ¿Por qué me echo la culpa siquiera?
Me frustra porque sé que soy mucho más.
Llevo tiempo levantando muros contra quienes me subestiman por ser mujer, por ser jóven o por venir de un pueblito en Francia. Y siempre me esforcé en cerrarle la boca a todos.
Y mi malhumorado jefe no será la excepción.