Volví, fingiendo no saber nada, sin ni siquiera haberme lavado las manos. Me senté a la mesa y me serví unos macarrones con queso, aunque no tenía hambre. Los dos siguieron charlando, intentando demostrarme que eran mejores amigos, si es que no lo eran.
Anastasia me rodeó por todas partes durante mucho tiempo antes de que nos liáramos. Se suponía que iba a ser algo sin compromiso, pero lo siguiente que supe es que estábamos saliendo. Después de un tiempo, de la nada, ella rompió. Y sí, me gustaba. Y también lo que habíamos creado: complicidad, sentimientos... Anastasia dio varias razones para romper, pero ninguna tenía sentido. Lo que ella quería era no tener un compromiso, vivir su vida y estar con quien quisiera. Y así lo hizo: se quedó con varios chicos y yo, aunque seguía sintiendo algo por ella, fingí que todo iba bien y que seguíamos siendo sólo amigos. Y ahora, según tengo entendido, quiso volver, arrepentida. Y en vez de decírmelo, simplemente trató de jugar a un jueguito. Parecía que Anastasia rara vez era sincera conmigo.
Pensé en Clara. Poco sabía ella que Jason se arrepentía de no haber ido a su fiesta y de haberse quedado con Anastasia. Al final, no era necesario que mintieran. Al fin y al cabo, estaban haciendo lo mismo que nosotros: mentir.
Después de cenar, Anastasia dijo que tenía que irse. La acompañé a la puerta.
- Así que... Nos vemos mañana. - Dijo sonriendo.
- Hasta mañana.
Fui a besarle la mejilla y ella se dio la vuelta, nuestros labios se rozaron. Me limpié rápidamente la boca y me aparté.
- Te... ¡Te gustaron mis besos! - Dijo con seriedad.
- Eso fue antes... Estaba con otra persona.
- ¿Clara besa mejor que yo?
- Esto no es una competición sobre quién besa mejor. Llevas en la mochila un ramo de flores que te regaló otro hombre. - le expliqué, fingiendo no saber nada.
- ¿Te gusta, Pedro?
- Eso no te concierne, Anastasia.
- Acabas de conocerla. No sabes nada de esta chica.
- Sigo siéndole fiel, como lo fui contigo cuando éramos novios. ¿Sabes lo que es la fidelidad, Anastasia?
Resopló y tiró con fuerza de la verja, casi rompiéndola, y se marchó rápidamente.
Volví a entrar en casa y vi a mi abuela fregando los platos. Cogí un paño y empecé a limpiar:
- Podría dejárselo a la criada para que lo lave mañana, mamá. Ya es tarde. - Se lo dije.
- No me gusta dejar los platos sucios toda la noche.
Cogí una taza de porcelana con una foto de Anastasia, que le había regalado a mi abuela un día de fiesta.
- Cuida esta taza. Es mi favorita. Estaba pensando que cuando tú y Anastasia os caséis, podríais dar tazas personalizadas a los invitados como recuerdo. ¿Has pensado en ello? Es bastante diferente... Al menos nunca he visto nada parecido en una boda. Y ella gastó mucho dinero en esta taza para mí. Por eso me gusta tanto esta chica. Además de venir de una buena familia, dedicarse a sus estudios, hacer varios cursos y conocer diferentes países, todavía se las arregla para recordar cómo complacer a una señora mayor como yo. Te ha tocado la lotería, chaval. No lo desaproveches. ¿Crees que encontrarás otra mujer como ella? No, no la encontrarás.
Como Anastasia, quizás no lo encontraría realmente. Pero mejor, sí. Ahora sabía con certeza que ya no me gustaba.
POV CLARA
Cogí mi máquina de escribir del armario y empecé a buscar una frase bonita para escribirle a Patrick.
"En ciertas reencarnaciones nos dividimos. Como los cristales y las estrellas, como las células y las plantas, nuestras almas también se dividen. Nuestra alma se convierte en dos, y estas nuevas almas se convierten en otras dos. Así como nos dividimos, también nos reencontramos. Y este reencuentro se llama Amor".
Prefería las letras hechas con letras de colores recortadas de revistas, pero solían dar mucho trabajo. Como tenía prisa, opté por la máquina.
Doblé el papel en tres y lo metí dentro del sobre, escribiendo la dirección de Patrick Huxley. Había comprado varios sellos y los tenía a mano para cuando los necesitara. Pegué la lengua detrás del cuadrado de papel adhesivo y lo puse en el reverso del sobre. Lo único que tenía que hacer mañana era echarlo al buzón y sería enviado directamente a su casa.
Fui a sacar la mochila del armario para metérmela en el bolsillo y se me cayó, junto con algunas prendas que estaban en un montón, planchadas y dobladas. Las recogí una a una y las volví a poner en su sitio hasta que di con la camiseta de Pedro.
La abrí y miré la tela lisa, sin ningún detalle. Era muy diferente de Patrick, que siempre llevaba camisetas con dibujos de surfistas o incluso de lugares conocidos para hacer surf, como Australia, Hawai... Y las diferencias no acababan ahí. Diez años les separaban, así como los objetivos vitales y todo lo demás.
De hecho, ¿sabía yo algo real sobre Patrick aparte de lo que me contó su mejor amigo hace tres años? ¿O lo que le preguntaba al dependiente de su tienda de surf cuando iba allí una o dos veces por semana, mirando de todo y sin comprar nada? ¿O lo que imaginaba por las camisetas que llevaba? ¿O de la tabla de surf que lavaba en su patio todos los lunes?
Todo lo que sabía de Patrick Huxley eran posibilidades. Pensé que tal vez, si algún día hablaba con él, descubriría que el hombre al que tanto idolatraba no se parecía en nada a lo que había imaginado toda mi vida.
- ¡Eres genial, percha! - me oí decir mientras ordenaba la camiseta y la volvía a guardar entre mis cosas.
Oí unas voces alteradas y cerré rápidamente la puerta del armario, con el corazón latiéndome desbocado. En cuanto llegué a la cocina, vi a mis padres discutiendo.
- ¡Te dije que era una broma! - Mi padre se justificó.
- ¿Una broma? - dijo mi madre en voz alta - ¡Nadie gastaría una broma así! Es inaceptable.
- ¡Si quieres creer, cree! Si no quieres, ¡que te jodan! - Dijo, saliendo y dando un portazo.
- ¿Qué ha pasado? - pregunté, viéndola llorar.
- Encontré una nota en el bolsillo del pantalón de tu padre.
- ¿Billete para qué?
- De una de las putas que está viendo.
Tragué saliva y la abracé:
- ¿Qué hiciste con la nota? Déjame echar un vistazo.
- Lo tiré.
- ¿Qué había escrito?
- Que le echaba de menos y que cuándo volverían a verse.
- I... Lo siento, mamá.
Nos abrazamos mientras sentía sus lágrimas caer sobre mis hombros, mojando la tela de mi ropa.
Mi madre, Josephine Versiani, era una mujer hermosa. Se quedó embarazada de mi hermano cuando tenía 18 años. Cuando yo cumplí 18, ella aún tenía 37. Por aquel entonces, ella y mi padre eran novios. Pero los padres de ella le obligaron a casarse para que pudiera hacerse cargo del niño y, en consecuencia, de la mujer. Nació mi hermano y cuando tenía tres meses se quedó embarazada de mí.
Siempre había oído decir a mi familia materna que mamá era una chica alegre y divertida. Por desgracia, nunca llegué a conocerla. Lo que tuve en casa fue a una Josephine triste y destruida, que pasó toda su vida dependiendo de un solo hombre: mi padre.
Joaquim Versiani, mi padre, era ocho años mayor que mi madre. Siempre pensé que tenía trastornos de conducta... por no decir mentales. Pero de todas las cosas que hizo, la traición fue la peor. Porque separó a mi madre.
No dejaba de imaginar lo mucho que le quería para ser capaz de pasar por todo para estar con él.
Crecí viendo ese argumento: "¡Me engañaste!".
"No, fue un error. No hice trampa".
Por no mencionar el hecho de que cuando bebía, se volvía extremadamente agresivo y capaz de cualquier cosa.
Y podría enumerar una lista gigantesca de otros defectos que tenía. Y por increíble que pareciera, mi madre no los veía. O mejor dicho, los veía, pero se dejaba engañar por las excusas poco convincentes que él le daba.
Papá la apartó de la familia, la anuló hasta el punto de dejarla en casa día y noche, sin salir para nada, más bien como una criada.
Por eso soñaba con cumplir 18 años. Imaginaba que cuando fuera mayor de edad todo cambiaría y me iría de casa y sería feliz, haciendo lo que quisiera, en un lugar propio o tal vez compartido con Flora.
Resultó que Flora no necesitaba irse de casa. Su familia era perfecta. Su padre y su madre se querían y se respetaban. Y eran mi ejemplo de que el matrimonio podía funcionar. Porque si tuviera en cuenta lo que veía en casa, nunca me acercaría a un hombre en mi vida.
La puerta se abrió y mi padre regresó:
- ¿Sigues llorando, joder? ¿No te dije que era una broma de mi colega de trabajo?
- ¿Por qué iba a hacer eso? - me pregunté.
- ¡No te metas en esto! - me señaló con el dedo, furioso - Son cosas de adultos.
Solté a mi madre y di un paso atrás. La mesa estaba puesta y él se sentó:
- Sírveme. - Le ordenó.
Mi madre se secó las lágrimas e hizo lo que él le decía. Mientras mi padre comía, ella preguntó, secándose las lágrimas:
- ¿Estás seguro de que escribió la nota para hacernos pelear?
Ni siquiera la miró a la cara al responder:
- Claro que sí. A mis compañeros de trabajo les encanta hacer este tipo de bromas. Seguro que se ríen en mi cara cuando llegue mañana.
Mamá se sentó a la mesa y se sirvió, como si no hubiera pasado nada. Tragué saliva y me senté. Mientras me servía, sentí una punzada en la cabeza y respiré hondo, incapaz de contener una exclamación de dolor.
- ¿Qué te pasa, niña? - preguntó preocupada.
- Una punzada en la cabeza. Estoy segura de que pronto tendré la regla.
Mientras comía, sentí los calambres, al principio débiles, pero que ya anunciaban el caos que sobrevendría durante la noche.
- La madre de Flora me contó que el ginecólogo le había recetado anticonceptivos por sus calambres y su abundante flujo. - Mamá lo mencionó.
- Sí, Flora me lo dijo.
- ¿Y dijo que estaba resuelto?
- No... Ella no ha tenido su período todavía.
Mi padre se rió libertinamente:
- ¿Anticonceptivo para el flujo menstrual?
- Sí. Parece que Flora también sufre estos días, como Clara. - Dijo mi madre con su voz tranquila y angelical.
- ¿Ahora justifican así a sus hijas vagabundas?
Le miré mientras seguía comiendo, como si lo que estuviera diciendo fuera algo completamente normal y corriente.
- ¿A qué te refieres? - pregunté, perplejo.
- ¡Flora es una guarra! - me miró, satisfecho con la ortografía "guarra" - Su madre le compró anticonceptivos para que pueda follarse a todo el mundo y no se quede embarazada.
- ¡Que así sea! ¡Cada uno sabe la hija que tiene! - exclamó mi madre.
La miré, sintiendo náuseas. ¿De verdad había dicho eso, de acuerdo con él?
- Flora... Es virgen. - Me oí justificándola.
Mi padre se rió:
- Eso es lo que te dice.
- Ella... Ella es mi amiga. Nos contamos todo.
- Las mujeres vírgenes no toman anticonceptivos ni van al ginecólogo. Seguro que ya se lo da a todo el mundo y su madre no quiere que se quede embarazada.
- ¿Y si lo fuera? - Le miré a él y luego a mi madre - ¡Es su vida! No es asunto nuestro.
- No creo que debas seguir saliendo con Flora. Es una golfa.
- ¡Son amigas desde pequeñas, Joaquim! ¡No puedes impedir que Clara sea amiga de Flora!
- Puedo, si Flora es una golfa. No quiero que se hable de mi hija porque está con una chica que se la da a todo el mundo.
Sentí que me faltaba el aire y un dolor me recorrió el pecho:
- Flora... No es... - El resto de la frase no salió.
La cabeza empezó a dolerme tanto que sentía como si me golpearan con un martillo. Me levanté y dejé la silla en su sitio:
- ¡Voy a acostarme! Me duele mucho.
- ¿Quieres tomar anticonceptivos? - me miró, riendo - Sólo después de muerto.
- Tengo... Tengo 18 años.
- No voy a tener a una hija golfa viviendo en mi casa, da igual que tenga 18 o 30 años -señaló con el dedo en mi dirección- Vete a tu cuarto y deja de fingir dolor para ver si me convences de ser un idiota como el padre de Flora.
Fui directa a mi habitación y me tumbé en la cama, dejando que las lágrimas me invadieran. No solía llorar, salvo cuando hablaba con mi padre. Era imposible ser fuerte ante todas las atrocidades que hacía y decía. Y me sentía completamente impotente.
Y yo seguía allí, en aquella casa tóxica, con aquella familia enferma, porque descubrí, de la peor manera posible, que cumplir 18 años era como cumplir 17, 16 o incluso 10 años. Era sólo un número.
Me encogí, sintiendo que los calambres se volvían intensos. Oí que llamaban a la puerta y cerré los ojos. No quería hablar con mi madre.
Sentí que alguien me tocaba la cabeza y supe que no era ella.
- ¿Renan?