Días después
Han sido días largos y pesados donde parecía que la historia llegaría a su final. Ella se enfermó de gravedad y él se ha ocupado de cuidarla pero tiene miedo. Ryan no deseaba perderla, se sentía solo con todo este asunto. Se convirtió en su enfermero, le ayudó a bañarse y vestirse. Estaba sacando la faceta que no quería, para él ser amable era una despreciable virtud de las que muchos se aprovechaban pero se dio cuenta que Adele no era una de ellas, no figuraba en la lista de personas interesadas o aprovechadas.
Ryan consideró en reiteradas oportunidades hospitalizar a Adele pero ella después de súplicas y ruegos al supremo del cielo por fin empezó a recuperarse. Él se sintió liberado, aliviado de saberla sana.
Una mañana, mientras ella dormía, él bajó a comprar el desayuno, tenía pereza de cocinar y quería darle algo diferente a lo que ya habían comido. Allí, durante la espera a ser atendido, le llegó un mensaje de su abogada avisándole que debía salir de Francia lo más pronto posible porque ya le tenían ubicado y en cualquier momento podrían llegar por él. Le agradeció y colgó, debía adelantar el viaje, no podía permitir que les encontraran.
Si nos vamos a Milán, nos jodemos.
Ryan, piensa, piensa en algo.
Adele estaba tan ilusionada con ir a Milán, le romperá el corazón saber que ya no iremos.
Dios mío, ¿Qué hago?
Joder, esto no está bien.
Ryan se estaba ahogando en un vaso de agua, esa era la realidad. Eran tantas las opciones para migrar y él se estaba volviendo un lío. Menuda situación en la que se encontraba ahora. Esa fue la primera vez que él se arrepintió de conocerla y de secuestrarla.
Ella se encontraba leyendo un libro, cómodamente en el diván cuando él llegó. Levantó de inmediato la mirada hacia él, su chico, su galán. Sus miradas se encontraron, ella se levantó y se acercó a él para recibirle.
—Pensé que dormías aún, cariño —susurró él con un beso corto en la comisura de sus labios.
—He despertado hace poco. —respondió ella con una sonrisa romántica—. ¿Dónde andabas?
—Estaba comprando algo para comer, no quería embolatarme con el tema de la comida. —Ella soltó una risa suave mientras él dejaba la bolsa con el desayuno en el comedor. Ella lo observó y sonrió al ver que se trataba de su comida favorita—. Cuando quieres a alguien, procuras complacerlo y sorprenderlo.
—¿Entonces me quieres?
—Más que a mi propia vida, Adele. —Los dos se miraron fijo por varios segundos, ella le besó y él respondió con pasión y ternura. No era un beso fogoso de los que incitaban al sexo, ninguno de los dos quería que lo que ellos tenían, sea cual sea el nombre, se basara solo en sexo.
Sí, podía parecer insólito pero el Ryan que ella conoció, que ella pensó era un hijo de puta, se estaba abriendo con ella, se estaba enamorando de verdad por primera vez en su vida y Adele era la causante de ello. A veces se sentía vulnerable porque nunca se abrió tanto como con ella, pero entendía que Adele era distinta al resto. Era una manzana verde en medio de un millar de manzanas rojas.
Al separarse del beso, Ryan se ocupó de servir el desayuno. Ella lo miraba atenta, seguía cada movimiento y él le sonreía de vez en cuando, pillándole. Se sentó a comer con ella, justo a su lado. Lo que era nuevo, ellos siempre se sentaban frente a frente. No era el mismo Ryan de hacía casi un año.
—Ya no iremos a Milán, saldremos a Madrid mañana mismo —le comunicó Ryan mientras Adele daba un mordisco a su croasán. Adele lo miró extrañada—. Luego te cuento porqué, pero por ahora ir a Milán no está en el plan.
Adele se encogió de hombros y aceptó sin rechistar, lo que a Ryan le parecía raro. La verdad era que Adele también estaba cambiando, no era parte de su plan libertad. Adele también se había enamorado y del personaje menos indicado. Estaba hecha un lío pero no se arrepentía de nada.
Y eso era lo que le encantaba a Ryan. Adele tenía las agallas para arriesgarse a cualquier cosa y nunca se arrepentía de nada. En los meses que llevaba encerrada, Adele le demostró que las mujeres buenas si existían, que eran reales y él lo entendió, después de mucho tiempo.
Esa misma noche después de arreglar las maletas, Ryan se encerró en el bar para ingerir alcohol hasta perder el conocimiento. Adele, que se encontraba en la alcoba, tuvo de repente una idea atrevida y fue a buscarle. Se detuvo en una de ellas al percatarse que había música de fondo. Tocó la puerta mas no obtuvo respuesta.
Decidió abrir la puerta, Ryan permanecía ensimismado en sus pensamientos. No se había percatado aún de la presencia de Adele, hasta que se dignó a hablar.
—¿Interrumpo? —preguntó ella con una sonrisa timida. Ryan se dio vuelta y ella quedó muda, su mirada era como una puñalada: fría, sin sentimiento alguno.
—Un poco, la verdad —respondió él con un evidente acento de España, Adele lo miró con una sonrisa de burla—. ¿Qué es lo que te da gracia?
—Tu imitación es horrible, Ryan —comentó con una risa burlona, el aludido la miraba queriendo asesinarla—, tú no eres nativo de España, ¿Por qué hablas como ellos?
—Solo quería hacerte reír, lo he logrado. —Adele sonrió al escuchar tal respuesta—. Ven aquí. —Le tendió la mano y ella accedió.
Los dos quedaron frente a frente. Él se debatía entre contarle o no el motivo del cambio de planes. No quería alterarla ni causarle un ataque, después del tiempo que pasó enferma, no podía dar ni un paso en falso.
Ese era el verdadero motivo de su encierro en aquel bar. Pero ella apareció y cambió todo el plan. Ryan y Adele no eran de la misma clase social, académica ni nada por el estilo, pero los dos compartían muchas otras cosas: adrenalina, pasión, amor por la lectura y mucho más. Sin embargo, cuando se miraban a los ojos todas diferencias tan banales y los conflictos existenciales que tenían pasaban a segundo plano.
—Necesito… Hay algo que debes saber, cariño —comentó Ryan con una sonrisa, estaba ebrio, Adele lo notó lo que hizo que se preguntara cuánto tiempo llevaba Ryan allí encerrado. Adele se acercó a Ryan y le besó la frente—: Quiero que sepas que me arrepiento de hacerte pasar toda esta mierda, Adele.
—Ryan estás ebrio, no sabes lo que dices.
—Cuando uno está ebrio dice la verdad, ¿sabías eso? —Adele torció la boca como un gesto de reprobación—. Preciosa, sé que me odias desde el primer día, que lo que más quieres es ser libre y ¿sabes qué? Lo eres ahora.
—No estás siendo coherente, Ryan —debatió Adele en un hilo de voz.
Aquella respuesta fue suficiente para que él reaccionara de una forma violenta al lanzar el vaso de whisky contra el suelo. Ella saltó cuando escuchó el ruido del vaso al estrellarse en la cerámica e intentó acercarse para calmarlo pero él se levantó de la silla y caminó hacia el ventanal, le siguió hasta allí mas no le dijo nada en absoluto.
No quería alborotar el avispero más de lo que ya estaba.
—¿Crees que no me doy cuenta, Adele? Hablas de eso en sueños, le pides a tu Dios que te salve y te saque de aquí, ¿estoy mintiendo? —La muchacha se quedó muda, helada, no sabía como refutarlo porque era muy cierto lo que Ryan decía—. Hasta tienes un diario, Adele, ¿pensabas que no te daba la suficiente atención?
—Ryan…
—Adele —le llamó él, captando su total atención, inhaló profundo y se llenó de valentía para contarle la verdad—, la policía ya nos encontró y en cualquier momento vendrán, tú serás rescatada como siempre lo has querido ¿no lo pides?
—¿Qué has dicho? —inquirió entre dientes al pronunciar sílaba por sílaba—. Es una broma, ¿cierto?
—No —confesó Ryan con las manos en su cuello.
—¿Y qué esperas que haga, Ryan? ¿Qué me quede y te deje ir?
—Estarías loca si no. —expresó el joven de ojos azules en un murmullo casi inaudible.
—Pues lamento decepcionarte pero no lo haré, no me quedaré. —Ryan volteó los ojos y sacó a relucir una risa sarcástica—. No soy una plastilina para que me moldees a tu antojo ni recibo órdenes de nadie.
—Eres terca, Adele, podríamos morir en el intento y
—Ya huimos una vez, ¿nos morimos? No, ¿verdad?
—Esta vez es diferente, Adele, esta vez si podemos morir, corremos el riesgo —confirmó Ryan, alterado. Le hastiaba que ella sacara su lado terco e insistente.
—Entiende una cosa, Ryan, yo no me voy a despegar de ti en ningún momento, ya lo he decidido y deberás respetar mi decisión. —Adele se dio vuelta, él caminó hasta ella y la detuvo. Adele no lo miró enseguida pero Ryan le insistió tanto que se vio obligada a hacerlo—. ¿Qué quieres?
—Te quiero a ti y no quiero perderte, ¿es mucho pedir que me colabores?
—¿Me quieres? —Ryan asintió con la cabeza una sola vez—. Pues no lo parece. —Y con eso se zafó del agarre y salió, digna y empoderada, de la habitación.
En aquel bar quedó un Ryan desconcertado. Ella le había arrojado sus propias palabras y las sintió como granadas en medio de una guerra, fue tan grotesco para él escucharlo de otros labios. Aquello no era insulto poco estructurado, era un reclamo bien fundamentado y aunque no ofendió su orgullo en su totalidad, la verdad era que si le había afectado. Se sentía destrozado, devastado. Aún no terminaba de conocerla, esto solo era una parte y estaba dispuesto a conocerla al cien por ciento.
Sí, Adele ciertamente le había herido el ego en un cierto punto, supo jugar bien la carta mas Ryan no le permitiría ver cuán frágiles eran sus puntazos en un alma herida. Aunque si hablamos de heridas en el alma, los dos se disputaban el primer lugar.
Esa noche, antes de que el reloj marcara las 23 horas, Adele sacó una sábana y una almohada para dormir en el sofá. No pensaba dormir al lado de él, menos después de lo ocurrido en el bar. Ella no tenía comunicación con nadie en lo absoluto así que mientras conciliaba el sueño, se dispuso a ver las estrellas. Las ventanas de cristal daban una hermosa vista del cielo nocturno en Francia.
Pero Ryan como siempre, le arruinó la ilusión.
—Ok, ¿quieres que nos sinceremos? —añadió irritado—. Me caíste mal desde el inicio, Adele, eras una jodida niña caprichosa que lo tenía todo y si no, lo buscaba hasta obtenerlo, no eres la mejor en el sexo y...
—Lo sé. No soy una promiscua vagabunda como tú —soltó ella, interrumpiendo y lastimando su ego de nuevo, pero él se mantuvo firme, no lo demostró ni un momento—. Tampoco busco arruinar los sueños ni las carreras de otros solo porque yo no logré lo que deseaba.
—Es bueno tener experiencia, cariño. Aprovecha. Te enseñé varios movimientos. —De pronto, la palma de Adele se estrelló con la mejilla de Ryan volteándola. El ardor fue inmediato, así como el enojo. Pero más molesta estaba Adele. Sus labios contraídos y sus cejas unidas la delataban.
—¡Vete! —vociferó Adele al empujar a Ryan por el pecho—. Quiero dormir, mañana nos iremos a Madrid así como lo has dicho y no me vas a contradecir.
—No me hagas reír. —Los dos se miraban, en sus ojos llameaba la furia—. Es mi propiedad. No tienes el menor derecho de pedirme que me vaya.
—No te lo estoy pidiendo, ni siquiera dije por favor. ¡Es una maldita orden! —Adele gritó tan fuerte que su voz se quebró.
—No me voy a ir. —afirmó, mientras metía sus manos en los bolsillos de su pantalón de mezclilla.
—Y yo no te daré el gusto de verme desnuda otra vez —susurró Adele con una pequeña sonrisa.
—No me pierdo de nada, la verdad. —susurró y antes que ella pudiera lanzarle algo, salió corriendo hacia la habitación.
Maldito infeliz. Pagarás por eso, Ryan First.