Olivia
Independiemente de mi esfuerzo, y del incansable apoyo del partido, es evidente que luego de dos meses de campaña, mi imagen no da los frutos que esperábamos. Así que aquí estoy, afuera del edificio donde conoceré al mejor jefe de campaña que cualquier político podría pedir, famoso tanto por su éxito, como por su falta de piedad con los candidatos, y siendo mujer y joven, sé que tengo que ir preparada para una crudeza extrema.
Chequeo el reloj y advierto que llegué a la reunión cinco minutos antes, fiel a la puntualidad que me caracteriza. Tomo aire una vez más y me dirijo hacia la oficina.
-Buenos días. Olivia Ríos –anuncio con cordialidad a la recepcionista, que me atiende con una sonrisa amable.
-Buenos días. Pase, por favor. El señor Córvel la está esperando –contesta, brindándome una tarjeta de pase de invitados.
Subo en el ascensor al tercer piso y al llegar me encuentro con una única puerta que espera tras el descanso.
“Salím Córvel”, anuncia un único y solitario cartel, que me indica que estoy en el lugar correcto.
-Buenos días. Pasá Olivia, por favor –saluda un hombre calvo muy bajito, con un bigote gracioso.
Me quedo en shock al pensar que su aspecto no es para nada lo que esperaba, habiendo escuchado tantas cosas del personaje que por fin estoy conociendo.
-Buenos días señor Córvel, un gusto –saludo educada, tendiéndole la mano, mientras me agacho un poco para que mi altura no incomode.
-Que buena broma –comenta el hombrecito con una sonrisa, estrechando mi mano, divertido.
-Salím Córvel soy yo, no él –advierte una voz ronca desde dentro de la oficina, haciendo que todo mi cuerpo se tense.
La risa del señor gracioso estalla sin que lo pueda evitar y me dedica una mirada de pena mezclada con gracia, girando para indicarme que ingrese.
-Mil disculpas, no conocía su aspecto –me excuso mientras camino hacia el interior de la oficina, donde me encuentro con un hombre fornido, con dos cabezas de altura más que yo y una espalda imponente.
-No es una ofensa que me confundan con mi hermano –responde sin la menor gracia y no puedo evitar sentir el calor en mis mejillas.
-No, claro, no quise decir eso… -intento explicar más para el hombre bajito que para el otro, pero éste me sonríe con amabilidad, moviendo las manos en señal de que será mejor que deje el tema allí.
-Definitivamente usted sí que va a ser un desafío –suelta el Córvel mayor, mientras se encamina hacia una su inmenso escritorio de madera oscura, para sentarse en una silla digna de su altura.
-Lamento haber empezado mal –confieso mientras espero de pie, que me indique sentarme.
-¿Se piensa quedar parada todo el encuentro? –pregunta el hombre, haciendo que mi paciencia comience a flaquear, sin embargo, coloco una sonrisa tímida, que normalmente suele funcionar con este tipo de personas, y ocupo el lugar en una de las sillas.
Mi actitud parece gustarle, porque sus músculos se relajan y suspira.
-Como sabrá, no pienso tener piedad al momento de darle mi análisis sobre su candidatura –suelta luego de unos segundos.
Asiento en silencio, evitando caer en un nuevo error.
-Voy a comenzar por las cosas positivas –anuncia para luego explayarse sobre mis puntos más fuertes, utilizando varias noticias y gráficos que van apareciendo en la pantalla de su computadora, que por el tamaño, perfectamente podría pasar por un televisor.
Luego de algunos minutos finaliza y, si la reunión terminara allí, cualquiera pensaría que hablamos una política perfecta, lista para la presidencia.
-Ahora viene la parte difícil –suelta con una sonrisa malévola, que me indica cuánto disfruta de esto.
Para mi sorpresa, en la pantalla aparece la imagen de una mujer muy vieja, que me deja completamente desconcertada.
El hombre me mira con una sonrisa inmensa que hasta ahora no había visto y, por primera vez, encuentro algún parecido con su hermano que me atendió.
La mueca queda realmente extraña en su rostro duro, pero respondo intentando esbozar una sonrisa también.
-No lo entiende, ¿no? –pregunta por fin, luego de unos segundos.
-No –confieso, aliviada de que lo haya notado.
-Así es como la ven los electores –escupe con maldad, haciendo que mí gesto de asombro sea indisimulable.
-Pero tengo solo treinta años –hablo en un susurro, más para mí que para él.
-Pero se viste como de ochenta y se peina como una niña de primer grado, una combinación nefasta para una mujer que quiere atrapar al electorado joven –afirma con firmeza, tocando algo en la computadora que hace cambiar la imagen de la señora anciana a una joven con onda, como las que se ven en las revistas de modas.
-Esa persona no parece una política con aspiraciones a diputada –me defiendo inconscientemente, señalando la pantalla.
-Claro que no, pero sería imposible que lleguemos a ese punto con usted, aspiraremos a eso, para intentar llegar a algo al menos cercano –vuelve a atacar.
Miro nuevamente la imagen y junto fuerzas para intentar entender el plan de acción.
-Entonces, usted sugiere que cambie mi estilo hacia algo más juvenil –afirmo sin entusiasmo.
-No, es más complicado. Cambiar su estilo a esta altura drásticamente puede ser perjudicial para el electorado que ya la sigue, e incluso para el sector conservador del partido que la apoya –informa con paciencia.
-¿Entonces? –pregunto sin entender.
-Necesitamos hacer que la relacionen con una persona que tenga al público joven en su bolsillo, que la acerque a la gente de su generación –se detiene y me queda mirando con los ojos fijos en mi rostro-. Me dijeron del partido que usted estaría dispuesta a todo, ¿es así? –pregunta intrigado, y asiento sin dudar.
-Así es –afirmo con convicción.
-Entonces nos vemos a las siete de la tarde en esta dirección, para que conozca a su futuro novio –anuncia con una sonrisa nuevamente, extendiéndome una tarjeta plateada con una inscripción en dorado que reza “PotenciArte” y una dirección.
Sin más, el hombre se incorpora y camina hacia la puerta.
-Hasta entonces –suelta sin mirarme, para luego abandonar la habitación.
Me quedo completamente en shock, ¿dijo “su futuro novio”?, no puedo creer que esté hablando de una relación ficticia, pensé que esas cosas solo pasaban en las novelas o películas.
-Él es así, no lo tomes personal –dice el señor bajito haciendo que una sonrisa sincera aparezca en mi rostro.
-Gracias, nos vemos pronto, seguramente –saludo con amabilidad, mientras me incorporo y salgo del lugar, disimulando mi desconcierto.
“PotenciArte” leo nuevamente en la tarjeta, y mientras bajo en el ascensor busco en internet las palabras, para encontrar más de doscientas páginas que no parecen tener nada que ver con lo que debería estar buscando.
Sin pensarlo dos veces conduzco hasta mi oficina en el ministerio, donde las personas que dependen de mí me reciben ansiosas de que responda las miles de dudas que surgieron en mi ausencia. Uno a uno, con paciencia, los voy atendiendo, hasta que al fin termino la jornada, con todas las cuestiones organizadas.
Cuando estoy por salir, el grito de una de mis secretarias me hace frenar en seco y mirarla alarmada, al igual que los otros tres compañeros que todavía están en la oficina.
-¡¿Cómo!?... ¡No puede ser!... ¿En qué hospital? –pregunta aterrada, mientras todos la observamos expectantes-. Claro, ya salgo para allá, gracias.
Cuelga la llamada y nos mira con los ojos cargados de lágrimas.
-Mi papá tuvo un infarto. Lo están llevando al Centro de Salud Schoeren –dice la joven, mientras junta sus cosas apresurada.
Coloco mis manos en sus hombros y la invito a mirarme a los ojos. Cuando lo hace veo que comienza a relajarse de a poco y la abrazo con tranquilidad.
-Vamos, te llevo –ofrezco, aun sabiendo que muy probablemente implique retrasarme para la reunión.
-No, no te preocupes, tomo un taxi, no quiero molestar –dice secando las lágrimas.
-Para nada, con este clima tardarías quien sabe cuánto en conseguir un móvil, dale, vamos –insisto, logrando que ceda y me siga camino al auto.
Mientras bajo las escaleras aviso de la demora al señor Córvel, explicando la situación.
Llegamos al Centro de Salud y la dejo en la puerta, no sin antes recordarle que puede recurrir a mí para lo que necesite.
Miro la hora y veo que faltan solo diez minutos para la reunión, pero con el tránsito y la distancia es más que evidente que llegaré, cuanto menos, diez minutos después de lo pautado.
Conduzco a toda velocidad pero respetando los límites máximos y dando paso según lo debido, sin incurrir en la más mínima falta a las reglas de tránsito.
Finalmente estoy llegando al último semáforo, pero éste comienza a cambiar a rojo, por lo que freno despacio. El auto que venía tras de mí toca bocina y me esquiva, pasando por la mano contraria para atravesar el cruce. Maldigo al hombre mentalmente, pensando que por culpa de esos inconscientes, que se creen dueños de las calles, ocurren los accidentes.
Veo que los impresentables del descapotable frenan a solo media cuadra y estacionan en un sector prohibido, y automáticamente mi enojo aumenta. Cuando bajan del auto advierto que se trata de dos jóvenes de cabello n***o, con aires de modelos. Uno abraza al otro e ingresan al edificio muy cariñosos.
-Que desperdicio para el sexo femenino –digo en voz alta, aunque nadie me esté escuchando.
El semáforo cambia nuevamente por lo que avanzo y busco un lugar donde estacionar.
Llego al lugar del encuentro con diez minutos de retraso, por lo que corro hacia el elevador, cuando las puertas se abren salgo apresurada y sin poderlo evitar me choco con uno de los hombres que bajaron antes del auto. Recién entonces caigo en cuenta de que estamos en el mismo edificio donde ellos ingresaron.
-La puta madre, que inútil –comenta el hombre, llevando una mano a su camisa, completamente mojada ya que volqué su bebida.
-Mil disculpas, no fue mi intención –afirmo nerviosa, mientras comienzo a intentar secar su ropa con mi bufanda.
¿Qué hace con sólo una camisa, cuando afuera hacen seis grados? Me pregunto mentalmente.
-¿Terminaste? –pregunta el antipático sujeto, haciéndome notar que estoy tocando sus pectorales más de lo necesario, en medio pasillo y con mucha gente mirando la escena.
-Perdón, perdón –suelto mientras camino hacia una secretaria y lo veo alejarse por el pasillo, negando en silencio.
-Tampoco era para tanto, que antipático –comento como para mí, pero al volver mi vista hacia la joven que tengo enfrente entiendo que me escuchó, porque me mira con cara de pocos amigos.
-Supongo que debe estar bastante cansado de que las mujeres lo acosen y toquen sin permiso –lo defiende con enojo, haciendo que mis nervios se pongan a prueba una vez más en lo que va del día.
-Fue un error –reconozco, maldiciendo mi torpeza-. ¿Me podría indicar dónde queda la oficina de PotenciArte? Acá solo indica el edificio y el piso –explico a la chica, mostrando la tarjeta que tengo entre mis manos.
La joven me mira levantando una ceja y señala a mis espaldas. Me giro y encuentro un inmenso cartel, con las mismas letras que la tarjeta y suspiro pensando que, sin dudas, hoy no es mi día.
-Señorita Ríos. Sígame por acá, por favor –indica otra voz femenina y agradezco recibir un poco de amabilidad, por fin.
Camino tras la morocha, que menea sus curvas con un andar sensual. Al abrir la puerta ingresamos a una sala de reuniones amplia y muy iluminada, con una pantalla inmensa en uno de los lados.
-Tome asiento por favor –indica señalando una de las sillas-. Voy a buscar a los señores, y en unos minutos estaré con usted –afirma con amabilidad, dejándome sola.
La pantalla se ilumina y una publicidad comienza a reproducirse en ella.
“PotenciArte, el lugar donde lo imposible se vuelve real”, anuncia la primera imagen, que da paso a una fotografía de una pareja sonriendo en lo que parece ser su fiesta de casamiento, luego un hombre conduciendo un auto lujoso en un paisaje soñado y finalmente un grupo de mujeres posando en la torre Eiffel.
“El equipo mejor preparado para poner soluciones, donde solo parece haber problemas”, aparece en la nueva marquesina, que es seguida por otras imágenes, semejantes a las primeras.
La puerta se abre e ingresan dos mujeres y un hombre muy elegantes, de edad madura, seguidos de Salím Córvel, luego un hombre, también de gesto serio y, finalmente… la pareja de imbéciles que bajaron del descapotable, uno de los cuales es al que le volqué la bebida hace unos minutos.
Me pongo de pie y los miro sorprendida.
-¿No podrían haber buscado una más linda al menos? –pregunta el mismo sujeto del incidente, dándome a entender lo que moriría por evitar: se trata ni más ni menos que de mi “futuro novio”.
Axel
-No pienso ponerme de novio con una nerd solamente para ayudarla a mejorar sus posibilidades en la política –afirmo con enojo a mi representante, cuando entiendo lo que propone.
-Estás equivocado, no le estás haciendo un favor, se están haciendo un favor mutuamente –aclara el hombre con calma.
-No, no, no y no –vuelvo a negar-. Lo vengo pensando desde ayer y no hay ninguna posibilidad de que ceda –advierto, cada vez con más enojo.
-Amigo, vayamos, al menos la conocés y quizás ves que no es tan malo –dice Bruno, intentando calmar mi furia.
-Que no –digo con decisión.
-Bueno Axel. Estoy con ustedes hace muchos años. Quizás sea el momento de que cambies de representante –suelta Pedro, incorporándose y acomodando su saco de lana.
Miro a Bruno, que se ve igual de sorprendido que yo.
-¿Es para tanto? –pregunta mi amigo, con un hilo de voz.
-Sí –contesta el representante con seriedad.
Mi amigo me mira y puedo leer la súplica en sus ojos.
-Está bien, probemos –cedo sin ganas, rogando que al verme junto a la nerd con la que me quiere vincular se convenza de lo mala idea que es.
Bruno y yo nos encaminamos al lugar de la reunión, pero de camino, y para juntar fuerzas, pasamos por un bar donde preparan tragos exquisitos y tomamos un par cada uno, entre risas y comentarios de las miles de cosas que pueden pasar en el encuentro con la nerd.
-Puede tocarte una con olor a dientes sucios y la tendrías que besar igual –dice Bruno, planteando un escenario asqueroso, que no quiero ni pensar.
-Me puede tocar una virgen que no se deje garchar hasta el casamiento –retruco dando un trago a mi bebida.
-Mirá si es una ninfómana que pretende tener sexo tres veces al día –suelta entre carcajadas.
-Si esta buena no le veo el problema, pero lo dudo mucho –afirmo con pesar.
Luego de unos minutos nos encaminamos a la salida y logro que por fin mi amigo me deje conducir el descapotable, con la excusa de que sólo eso me dará ánimos para afrontar este encuentro.
Llegando al edificio me adelanto en un semáforo y estaciono en el sitio reservado, sabiendo que esto durará poco y no llegarán a multarme si quiera, o que, en el peor de los casos, si lo hacen, con un par de sonrisitas lograré que me saquen la multa sin consecuencias.
-Llegan tarde –gruñe Pedro cuando llegamos al piso correspondiente.
-Comencemos entonces Peter –suelto sin mucha gracia.
-Todavía faltan personas –manifiesta con enojo, mirando hacia los costados.
Una hermosa morocha de curvas marcadas se acerca y nos ofrece pasar a una sala de espera cercana. Como muestra de impaciencia, en vez de seguirlos, camino hacia el minibar de la recepción, me sirvo un trago y cuando estoy caminando hacia la sala donde fueron Bruno y Pedro, una mujer me choca y vuelca el contenido del vaso sobre mi camisa, haciendo que el frío del líquido se instale en mi piel.
La graciosa pelirroja comienza a secarme con su bufanda y no puedo evitar notar que su pequeña naricita, que se oculta bajo unos enormes lentes la hacen ver como un personaje de caricaturas.
-¿Terminaste? –pregunto para ver si logro sacarla de sus pensamientos, en los que parece estar absorta completamente, ya que ni si quiera logró reconocerme.
Con lo malo de mi día y el enojo que me produce la gente que vive en un termo, como para no reconocerme de los miles de carteles con mi cara que invaden la ciudad, me alejo simplemente negando con la cabeza, esperando que todo esto termine cuanto antes.
Sólo unos minutos después la morocha vuelve a buscarnos, anunciando que “la señorita” que esperábamos se dignó a llegar y nos espera en la sala de reuniones.
No voy a negar que la intriga me puede y espero ansioso ver a la nerd que necesita contratar una empresa para conseguir un novio.
Cuando ingreso y veo a la pelirroja del pasillo, la frase que había pensado para mi carta de presentación se vuelve bastante oportuna.
-¿No podrían haber buscado una más linda al menos? –suelto con la mejor cara de asco que tengo.
Bruno me da un codazo en la costilla y veo que el rubor sube a las mejillas de la chica, que por un momento pienso que va a llorar, pero para mi sorpresa traga saliva, levanta la barbilla y me dedica una sonrisa amable.
-Lamento mucho que te veas inmerso en esta situación, espero que entiendas que tampoco a mí me hace feliz, pero estoy dispuesta a hacer todo lo necesario para que funcione –dice muy segura y me quedo sin palabras cuando descubro que su voz es más sexi de lo que antes había notado y que algo en ella me dan ganas de desafiar su estructura, que aparenta ser infranqueable
-Señor Lars, el respeto es un requisito innegociable para nosotros. Por favor, si quiere acceder a nuestro servicio, comience a manejarse en forma debida –regaña una de las mujeres de la empresa.
-Perdón, tiene absolutamente toda la razón –afirmo hacia la mujer con cara de arrepentimiento-. El respeto y la puntualidad son muy necesarios en toda relación seria –suelto mirando de reojo a la pelirroja, que parece entender mi ataque sutil, pero solamente suspira y niega en silencio.
-¿Cómo está el padre de su secretaria, Olivia? –pregunta la otra mujer de la empresa mientras todos se van sentando alrededor de la mesa y me siento un tonto por atacarla cuando, claramente, ella tiene las de ganar en este mundo.
-Está en plena cirugía, pero a salvo, gracias a Dios –contesta la nerd.
-O a los médicos, será –suelto inocentemente.
-Basta boludo –dice en voz baja Bruno, codeándome nuevamente.
-Bien, vayamos al grano para no hacer perder el tiempo a nadie –habla el hombre que, aparentemente, preside la reunión-. Señorita Ríos, señor Lars, normalmente no aceptamos intermediarios, sino que trabajamos en forma directa con las personas que requieren nuestros servicios, pero por la afinidad política con usted –dice mirando fijamente a la pelirroja-, aceptamos hacer esta excepción.
-Desde ya muchas gracias –contesta ella, educada, haciendo que mi enojo aumente.
-Pero eso no significa que vayamos a avanzar sin saber que contamos con su completo compromiso –vuelve a hablar, con una mirada amenazante que nos recorre a ella y luego a mí.
-¿Y cuáles serían los parámetros del acuerdo? -indaga la nerd, haciéndome entender que está más que cómoda con este encuentro, cuando para mí es algo de otro mundo.
-Éstos son los términos del acuerdo de confidencialidad, no podemos avanzar sin que los firmen todos los presentes –anuncia una de las mujeres, que nos entrega una carpeta a cada uno.
Comienzo a leer la primera de varias páginas y, cuando recién estoy terminando esa carilla, la pelirroja vuelve a hablar, interrumpiendo mi lectura.
-En el punto cuarto, me gustaría que se sume como “ente de interés” al partido, por favor –suelta con seguridad.
Disimuladamente comienzo a buscar el punto cuarto.
-Carilla cinco –me sopla Bruno.
Lo miro asombrado, al pensar que la mujer llegó hasta allí con la lectura y él solamente me responde levantando las cejas, mostrándose igual de sorprendido.
-Es más nerd de lo que pensábamos –dice en mi oído y los dos reímos.
Al levantar la vista veo a todos mirándonos.
-Perdón, perdón –me disculpo ante la clara interrupción.
Una secretaria ingresa con varias copias que nos entrega, retirando las anteriores. Reviso la carilla cinco y veo que en el punto de “entes de interés” figura el partido político al que, evidentemente, pertenece mi futura novia.
Veo que todos comienzan a firmar y lo hago también, rezando por no estar metiéndome en un lío sólo por no leer lo suficientemente rápido.
-Ahora sí. Éstos son los términos del contrato de fondo –vuelve a explicar la misma mujer de antes, dejando unas carpetas, esta vez sólo frente a la pelirroja y frente a mí.
Pedro toma mi carpeta y la abre, mientras veo de reojo que la nerd toma la suya y hace lo propio, dejando que lea también el hombre alto y fornido que la acompaña.
-Como podrán ver, lo principal es fingir un noviazgo creíble y que mida adecuadamente en función de lo que ambos buscan, Olivia atraer al público joven, que se identifica con Axel y Axel acercarse al público adulto que tiene afinidad con Olivia –explica la mujer con soltura.
Nuevamente advierto que la pelirroja ya está cambiando la segunda página, mientras yo no leí ni la primera línea.
-Las cláusulas referidas a fidelidad son un tanto “extremas” –dice la nerd, haciendo crecer mi intriga al respecto.
-Sí, todo eso lo podemos adaptar a sus necesidades –afirma la segunda mujer de la empresa.
-Bueno, creo que lo más justo para ellos sería permitir que sigan con su relación, total hasta el momento entiendo que han sido completamente discretos, sino él no sería una opción viable para mi “noviazgo” –afirma la pelirroja, dejándome completamente fuera de juego.
Bruno suelta una carcajada y me mira incrédulo.
-No me digas que no entendiste –afirma con las cejas levantadas-. Acaba de sugerir que vos y yo somos pareja, bebé –bromea mi amigo, haciendo que mi sangre hierva.
No tengo nada en contra de los homosexuales, al contrario, pero que la señorita haya pensado que yo soy uno me resulta ofensivo, porque significa que mis encantos de conquistador no generaron en ella el efecto que normalmente tengo en las mujeres.
Le dedico una mirada fulminante y la veo abrir los ojos como platos, con el color nuevamente invadiendo su rostro.
Abre la boca para comenzar a hablar, pero el hombre que la acompaña lo evita y simplemente niega en silencio.
Ella lo mira y baja la vista, obediente.
¿Será siempre igual de sumisa? La idea de tenerla completamente rendida a mis órdenes no me hace el menor ruido, pero el hecho de que sea con una cama de por medio sí, me preocupa más de lo que querría.
Miro a Bruno con enojo y recién entonces advierto que hasta Pedro está conteniendo la risa.
Aprovecho la interrupción para leer puntualmente las cláusulas sobre fidelidad y advierto que, inicialmente, ninguno de nosotros puede tener vinculación s****l o afectivo-sentimental con otra persona.
-Igualmente, creo que sería justo registrar que podamos tener a una persona como pareja s****l, siempre que el vínculo quede completamente privado –vuelve a hablar decidida la pelirroja.
-¿Sólo una? –pregunto levantando una ceja y mirándola desafiante.
-Sí, cuantas más personas sean, más riesgo hay de que se filtre este acuerdo y caigamos en un escándalo –responde con calma.
-Eso depende de que nosotros sepamos manejar la situación. No hay que dejar pruebas y listo –retruco divertido.
Me siento victorioso cuando veo que mira hacia abajo, como si estuviera pensando una respuesta.
-Podemos no poner límite de “compañeros sexuales”, pero solamente si consignamos una cláusula indemnizatoria para el caso de que alguna de las “infidelidades” salgan a la luz –dice resuelta, mientras escribe algo en un anotador, que saca de su cartera.
Gira el papel hacia mí y la cantidad de ceros me deja completamente anonadado.
-¿No será mucho? –me quejo sorprendido.
-No sé en tu caso, pero en el mío, si además de verme como una vieja me ven como una cornuda, puedo ir olvidándome de las aspiraciones políticas –afirma sin el menor pesar.
El simple hecho de que sugiera que seré yo quien sea descubierto en una infidelidad restaura un poco mi masculinidad dañada.
-Perfecto, poné la cifra que quieras –cedo sin pelear.
Bruno toca mi brazo y me señala una línea. Bajo la mirada y leo con atención.
“Las partes se comprometen a aceptar y generar intimidad física en público, respetando los besos, caricias y contacto de cualquier tipo que sugiera PotenciArte”
-¿Cómo es eso de que PotenciArte puede sugerir besos, caricias y contacto de cualquier tipo? –pregunta intrigada la pelirroja, haciéndome entender que está en la misma línea de lectura que me señalaba Bruno.
-La empresa ofrece un seguimiento constante, cuyo funcionamiento van a entender mejor cuando les expliquemos cómo nos manejamos con eso, pero básicamente significa que les vamos a indicar los momentos en los que se vuelva más necesario un beso, una caricia, un abrazo, cosas similares –explica una de las mujeres.
Pasamos unos minutos más leyendo hasta que el hombre que acompaña a la pelirroja pregunta intrigado.
-¿Qué es “Bla-bla-chat”?
Hojeo mis papeles, advirtiendo que eso se trata en la cláusula final y decido poner un freno a esto.
-Por favor, ¿pueden esperar a que la gente común termine de leer? –suelto con indignación.
Recién entonces advierto que la nerd está utilizando su celular, y me imagino que ella habrá terminado hace ya unos minutos y, efectivamente, nos estaba esperando.
Mis ojos viajan hacia su acompañante, que me dirige una mirada de odio terrible, calmando mis humos y haciendo que vuelva a la lectura con los nervios comenzando a aflorar.
Aunque en lo único que puedo pensar ahora es en eso mismo ¿Qué es “Bla-bla-chat”?