El pasillo del segundo piso de la Mansión Gordon era tal y como lo recordaba: una galería de sombras alargadas y juicios silenciosos.
Las alfombras persas amortiguaban el sonido de mis tacones, pero no podían silenciar el latido ensordecedor de mi propio corazón.
Llevaba a Leo en brazos, su cabeza apoyada contra mi hombro, su respiración cálida y constante contra mi cuello.
Él era mi ancla. Sin su peso físico, creo que habría salido flotando, disuelta por el pánico que intentaba mantener a raya tras mi máscara de frialdad.
Abajo, la fiesta se había convertido en un caos de murmullos.
Podía imaginar a Eliana chillando, a los invitados especulando, a los camareros recogiendo los cristales rotos.
Había lanzado una granada en medio de su pequeño reinado y ahora caminaba entre el humo.
Pero sabía que no estaba sola.
Sentía la vibración en el aire, una presión atmosférica que cambiaba a mi espalda.
Alguien me seguía.
Y no necesitaba girarme para saber quién era.
Su presencia era una fuerza gravitatoria que tiraba de mí, invitándome a detenerme, a girarme, a colapsar.
Aceleré el paso.
No fui a la habitación principal, por supuesto.
Ese era ahora el territorio de la "viuda en funciones".
Tampoco fui al ala oeste, donde vivía Bautista.
Mis pies, guiados por una memoria muscular dolorosa, me llevaron a la "Habitación Azul".
Era una suite de invitados al final del pasillo este, la misma habitación donde me quedé la primera noche que llegué a esta casa hace cinco años, antes de casarme.
El lugar donde empezó mi condena.
Empujé la puerta con el hombro.
No estaba cerrada con llave.
El interior olía a encierro y a cera de muebles antigua. Alguien había corrido las cortinas pesadas, dejando la estancia en una penumbra azulada, apenas iluminada por los relámpagos que seguían destellando fuera.
—Ya estamos, mi amor —susurré, depositando a Leo con infinita suavidad sobre la colcha de brocado.
Él se removió, frunciendo el ceño en sueños. —Mami... agua... —balbuceó.
—Shhh, duerme. Ahora te traigo agua.
Le quité los zapatitos. Le aflojé el abrigo.
Mis manos temblaban ligeramente al acariciar su cabello oscuro, tan idéntico al del hombre que venía detrás de mí.
Tengo que protegerlo, pensé. Tengo que ocultarlo.
Pero ya era tarde para ocultarlo.
Lo había exhibido ante cien personas. Y, lo más importante, lo había exhibido ante él.
El sonido de pasos pesados en el pasillo me heló la sangre.
No eran los pasos rápidos de un sirviente ni el trote ligero de Eliana.
Eran pasos de botas militares sobre madera, lentos, deliberados, cargados de una furia contenida que prometía violencia.
Se detuvieron justo detrás de la puerta.
Miré el pomo de bronce. Giró lentamente.
Yo no había echado el cerrojo. No tenía sentido.
Esta era su casa.
Él tenía las llaves de todo, incluso las que abrían las puertas de mi pasado.
La puerta se abrió de golpe, golpeando contra el tope de la pared con un sonido seco que hizo que Leo se moviera en la cama.
Me giré instintivamente, interponiendo mi cuerpo entre la puerta y la cama, como una leona bloqueando la entrada de su guarida.
Bautista estaba allí.
Llenaba el marco de la puerta.
Parecía más grande de lo que recordaba, o quizás yo me sentía más pequeña ante su ira.
Se había quitado la chaqueta del esmoquin y la había tirado en algún lugar del camino.
Tenía la camisa blanca desabrochada en el cuello, la corbata deshecha colgando como una soga inútil.
Su pecho subía y bajaba con una respiración agitada, como si hubiera subido corriendo, o como si estuviera luchando por no romper algo.
Sus ojos... Dios, sus ojos. Eran dos pozos de oscuridad líquida, brillando con una mezcla letal de incredulidad, dolor y una rabia tan caliente que podía sentirla quemándome la piel desde el otro lado de la habitación.
Entró y cerró la puerta tras de sí con un empujón de su talón, sin dejar de mirarme.
Giró el pestillo con un clic metálico que sonó definitivo.
—Hola, Bautista —dije. Mi voz salió firme, un milagro de mi entrenamiento en el exilio.
Él no respondió al saludo. Caminó hacia mí.
Cada paso que daba reducía el oxígeno en la habitación. —Tienes cinco segundos —dijo.
Su voz era un gruñido bajo, ronco, peligroso—.
Cinco segundos para decirme que esto es una pesadilla.
Que no estás aquí.
Que no te has presentado después de tres años de silencio sepulcral para destrozar lo poco que queda de esta familia.
—Estoy aquí —respondí, levantando la barbilla—. Y soy muy real.
Bautista se detuvo a un metro de distancia.
Lo suficientemente cerca para que yo pudiera oler el whisky en su aliento, mezclado con ese aroma a lluvia y bosque que siempre había sido suyo.
Lo suficientemente cerca para ver las líneas de tensión alrededor de su boca, las nuevas canas en sus sienes que no estaban allí la noche que huí.
—¿Por qué? —preguntó, y la palabra salió cargada de veneno—.
¿Por qué ahora? ¿Te has gastado el dinero que robaste? ¿Vienes a por más?
Sentí el insulto como una bofetada.
—Yo no robé nada. Me fui con lo puesto.
—Te fuiste con joyas.
Te fuiste con dinero en efectivo de la caja fuerte de tu habitación. Y te fuiste... —su voz se quebró, y por un segundo, vi la herida abierta detrás de la rabia—... te fuiste dejándome una maldita nota en la almohada. "Olvida esto".
Me estremecí.
Recordar esa nota, escrita con manos temblorosas mientras él dormía, dolía más de lo que esperaba.
—Era lo mejor. Para los dos.
—¿Lo mejor? —Bautista soltó una risa amarga, sin humor—.
¿Lo mejor fue dejarme despertar solo?
¿Lo mejor fue dejarme pensando que te había asustado? ¿Que te habías arrepentido de... de lo que hicimos?
Dio un paso más, invadiendo mi espacio personal.
Retrocedí hasta que mis pantorrillas chocaron contra el borde de la cama donde dormía Leo.
No tenía escapatoria. —Te busqué, Brenda. —Su confesión fue un susurro agresivo—.
Moví cielo y tierra. Contraté detectives. Rastreé aeropuertos. Desapareciste. Como si nunca hubieras existido.
Pensé que estabas muerta.
Pensé... llegué a pensar que te habías hecho daño.
Mi corazón se estrujó.
No sabía eso. Pensé que me odiaría por irme, no que se preocuparía.
—Bautista, no podía quedarme. Tú sabes por qué. Lo que pasó esa noche...
—Lo que pasó esa noche fue real —me cortó, agarrándome por los brazos. Sus dedos se clavaron en mi carne desnuda, calientes, posesivos.
Me sacudió suavemente, obligándome a mirarlo—. Fue lo único real que ha pasado en esta maldita casa en décadas. Y tú huiste de ello como una cobarde.
—Huí porque estaba embarazada —solté.
Las palabras quedaron flotando en el aire, pesadas y absolutas. Bautista se quedó inmóvil.
Sus manos seguían en mis brazos, pero su agarre se aflojó ligeramente, como si hubiera perdido la fuerza de golpe.
Su mirada bajó de mis ojos a mi boca, y luego se desvió lentamente, con terror, hacia la cama detrás de mí.
Hacia el niño.
Hasta ese momento, Bautista había estado tan cegado por mi presencia que apenas había registrado al bulto en la cama.
Ahora, con la revelación golpeándole la cara, se soltó de mí y dio un paso lateral para ver mejor.
Leo dormía con un brazo estirado por encima de la cabeza, una postura idéntica a la que Bautista adoptaba al dormir.
La luz de un relámpago iluminó la habitación en ese instante, bañando el rostro de mi hijo en una claridad espectral.
Bautista contuvo el aliento.
Lo vi. Vi el momento exacto en que las piezas del rompecabezas encajaron en su mente brillante y analítica.
La fecha de mi huida. La edad del niño. Los rasgos. Esa nariz recta. Esas pestañas. Esa boca.
Bautista se acercó a la cama como quien se acerca a una bomba sin detonar.
Extendió una mano temblorosa hacia el niño, pero se detuvo a centímetros de tocarlo, como si temiera quemarse.
O como si temiera que, al tocarlo, el niño se desvaneciera.
—Tres años... —murmuró Bautista. Su voz sonaba hueca, vacía de aire—.
Tiene... tiene casi tres años.
—Cumplirá tres en dos meses —confirmé, con la garganta seca.
Bautista cerró los ojos y apretó los puños a los costados.
Vi cómo los músculos de su mandíbula se tensaban hasta el punto de dolor.
Estaba haciendo cálculos. Estaba contando meses hacia atrás.
Nueve meses de embarazo.
Dos años y diez meses de edad.
La cuenta daba exactamente en la semana de la tormenta.
Se giró hacia mí lentamente. La rabia había vuelto, pero ahora era diferente.
Era una rabia fría, glacial, la clase de furia que destruye imperios.
—¿Es de Ignacio? —preguntó.
Sabía que iba a preguntar eso.
Era la pregunta lógica. La pregunta segura. —Bautista...
—¡Respóndeme! —gritó, pero bajó la voz al instante al ver que Leo se movía—.
¿Es de Ignacio? ¿Te acostaste con él antes de... de estar conmigo? ¿Es ese el "secreto"? ¿Por eso huiste? ¿Porque llevabas al heredero de mi hermano y te sentías culpable por haberte acostado conmigo?
Podría haber mentido.
Habría sido fácil. Decirle que sí, que era de Ignacio, me daría la protección legal inmediata.
Me daría la herencia sin peleas. Bautista odiaría al niño por ser de su hermano, pero lo protegería por honor.
Pero miré a ese hombre. Al hombre que me había amado en silencio. Al hombre al que yo había amado en secreto.
Y no pude hacerlo. Ya había demasiadas mentiras en esta casa.
—Ignacio es estéril, Bautista.
Tú lo sabes mejor que nadie. Eliana miente sobre su hijo.
Lucas es in vitro, sí, pero de un donante o de esperma congelado de hace años si es que Ignacio decía la verdad.
Pero tú y yo sabemos que Ignacio no me tocaba.
Bautista dio un paso hacia mí, acorralándome de nuevo.
Su presencia era abrumadora. —Entonces...
Lo miré directo a los ojos, sosteniendo su mirada de fuego con mi mirada de hielo.
—Míralo, Bautista. Míralo de verdad. Y dime que no ves tu propia cara en él.
El silencio se estiró hasta romperse.
Bautista volvió a mirar al niño. Esta vez, no buscaba al hijo de su hermano.
Buscaba al suyo. Y lo encontró.
Lo encontró en la forma de las orejas, en la barbilla, en la energía tranquila que emanaba incluso dormido.
Cuando volvió a mirarme, su rostro estaba pálido. —Es mío.
No fue una pregunta. Fue una afirmación. Una sentencia. Asentí, una sola vez.
La reacción fue explosiva.
Bautista me agarró por la cintura y me empujó hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra la pared junto a la puerta del baño.
Su cuerpo chocó contra el mío, duro, caliente, furioso.
—Me robaste a mi hijo —siseo contra mis labios, tan cerca que sus palabras eran besos de odio—.
Me lo ocultaste. Me dejaste creer que estaba solo en el mundo mientras tú criabas a mi hijo en secreto.
¿Cómo pudiste? ¿Cómo te atreviste?
—¡Tuve que hacerlo! —respondí, empujando su pecho con mis manos, aunque no quería apartarlo realmente.
Mi cuerpo, traidor, reaccionaba a su cercanía.
Sentía el calor de sus muslos contra los míos, la dureza de su erección o de la tensión en sus pantalones, la electricidad estática de nuestra piel—.
¡Estaba asustada! ¡Era tu cuñada! ¡Ignacio me habría matado! ¡Tú me habrías quitado al bebé!
—¡Yo te habría protegido! —rugió él, golpeando la pared a cada lado de mi cabeza, enjaulándome con sus brazos—.
¡Habría quemado el mundo por ti! ¡Habría matado a Ignacio con mis propias manos si hubiera intentado tocarte!
Pero no me diste la oportunidad.
Me juzgaste y me condenaste sin juicio. Decidiste que yo no valía la pena.
—No decidí eso... decidí salvarlo a él.
—Y ahora vuelves. —Bautista bajó la cabeza, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello.
Su respiración errática me hacía temblar.
Aspiró mi aroma como un adicto que recae—.
Vuelves vestida como una reina vengadora, con mi hijo en brazos, interrumpiendo una fiesta y declarando la guerra.
¿Qué juego es este, Brenda?
—No es un juego. Vengo a reclamar lo que le corresponde a Leo. La herencia.
Bautista levantó la cabeza. Sus ojos estaban oscuros de deseo y desprecio. —¿La herencia? ¿Eso es lo que quieres? ¿Dinero?
—Quiero su legado. Quiero que Industrias Gordon no caiga en manos de esa arpía.
—A la mierda la empresa —dijo Bautista, y antes de que pudiera procesar sus palabras, aplastó su boca contra la mía.
No fue un beso suave.
Fue un castigo. Fue un reclamo de propiedad.
Me besó con tres años de hambre acumulada, mordiendo mi labio inferior, forzando mi boca a abrirse.
Sabía a desesperación y a whisky. Y yo, Dios me perdone, me derretí. Mis manos, que deberían haberlo empujado, se enredaron en su cabello, tirando de él, acercándolo más.
Gemí en su boca, y él aprovechó ese sonido para profundizar el beso, su lengua barriendo la mía con una dominación absoluta. Su mano bajó desde mi cintura hasta mi cadera, apretando el vestido de seda, subiéndolo.
—Me has odiado cada día de estos tres años —murmuró contra mi boca, jadeando—. Pero tu cuerpo no me ha olvidado.
—Te odio —susurré, sin aliento, mientras mis caderas buscaban instintivamente las suyas—. Te odio, Bautista.
—Bien —gruñó él, levantándome en vilo contra la pared, mis piernas rodeando su cintura automáticamente—.
Porque yo también te odio. Y tengo muchas ganas de demostrarte cuánto.
Estábamos al borde del abismo.
La tensión s****l era tan densa que podía cortar la respiración.
Pero justo cuando su mano intentaba colarse bajo mi ropa interior, un sonido rompió el hechizo.
—¿Mami?
La voz pequeña, asustada y adormilada de Leo nos congeló a los dos.
Bautista se detuvo en seco.
Su frente estaba apoyada contra la mía, ambos respirábamos como si hubiéramos corrido una maratón.
Lentamente, con una dificultad visible, me bajó al suelo.
Se arregló la camisa con movimientos bruscos, pasándose una mano por el cabello revuelto.
Se giró hacia la cama. Leo estaba sentado, frotándose los ojos con los puños, mirándonos con confusión.
—Mami, ¿quién es ese señor? —preguntó, señalando a Bautista.
El silencio que siguió fue el más pesado de mi vida.
Bautista miró al niño. Su hijo. El niño que no sabía que él existía.
Vi cómo la máscara de furia de Bautista se resquebrajaba, dejando ver al hombre destrozado que había debajo.
Bautista dio un paso hacia la cama, hincando una rodilla en el suelo para quedar a la altura de los ojos de Leo.
A pesar de la tensión, a pesar de la rabia, su voz salió suave, irreconocible.
—Hola, Leo —dijo Bautista.
—Hola —respondió mi hijo, con esa valentía innata que tenía—. ¿Tú vives aquí?
Bautista tragó saliva. Levantó la mano y, esta vez, sí tocó al niño.
Acarició su mejilla con el dorso de los dedos, con una delicadeza que contradecía la violencia de hace un minuto.
—Sí. Yo vivo aquí. Me llamo Bautista.
Luego, se levantó lentamente y se giró hacia mí.
La lujuria se había ido de sus ojos, reemplazada por una determinación fría y calculadora.
El CEO había vuelto.
—Esto no se ha acabado, Brenda —dijo en voz baja, letal—.
Quédate aquí esta noche. No salgas.
No hables con nadie. Mañana, tú y yo vamos a ir al hospital.
Vamos a hacer una prueba de ADN.
—No necesito una prueba para saber la verdad.
—No es para mí —replicó él, caminando hacia la puerta—.
Es para el juez. Y para Eliana. Si vas a jugar a la guerra, cuñada, vas a necesitar un general.
Y acabas de reclutarme, te guste o no.
Abrió la puerta. Antes de salir, se detuvo y me miró por encima del hombro.
—Pero no te equivoques. No te estoy ayudando por ti.
Lo hago por él. Tú y yo... tú y yo tenemos cuentas pendientes que cobraremos después.
Salió y cerró la puerta.
Escuché el clic de la llave girando desde fuera. Me había encerrado.
Me dejé caer al suelo, temblando, llevándome los dedos a los labios hinchados que aún sabían a él.
La guerra había comenzado.
Y mi primera batalla había sido una derrota deliciosa y aterradora.