La tormenta fuera de la mansión había dejado de ser un fenómeno meteorológico para convertirse en un asedio. Desde el comedor principal, a través de las pesadas cortinas cerradas, no se veían los relámpagos, pero se podía sentir la vibración de los truenos y, peor aún, el murmullo constante y zumbante de la prensa acampada en la puerta. Los helicópteros de los noticieros sobrevolaban la propiedad de vez en cuando, haciendo temblar la cristalería fina sobre la mesa. Era un escenario de guerra moderna, y nosotros estábamos cenando en el búnker. La mesa, una superficie interminable de caoba pulida capaz de reflejar nuestros rostros cansados, parecía ridículamente grande para tres personas. Bautista se había sentado en la cabecera, como era su costumbre desde que Ignacio enfermó. Yo me

