Capítulo 4: El Banquete de las Sombras

2123 Palabras
El silencio tras el portazo en la oficina de Dante Valente aún zumbaba en los oídos de Victoria mientras conducía de regreso a su departamento. El volante de cuero se sentía frío bajo sus dedos, pero su sangre todavía hervía. Había sido una jugada arriesgada, una invasión directa al territorio del depredador más temido de la industria, y aunque había salido con la frente en alto, sentía el temblor de la adrenalina recorriéndole la columna vertebral. Victoria entró en su habitación, un santuario de telas finas y bocetos de diseño, y se dejó caer en el diván de terciopelo. Miró su reflejo en el espejo de cuerpo entero. Seguía siendo la soberana de Imperia, pero sabía que el León no se quedaría lamiéndose las heridas por mucho tiempo. La llamada de su padre para la cena de esa noche no era solo un compromiso social; se sentía como una cita con el destino. Pasó las siguientes dos horas preparándose. No era vanidad, era estrategia. Eligió un vestido de seda en un tono verde esmeralda profundo, un color que resaltaba su piel clara y el brillo desafiante de sus ojos. El diseño era una obra maestra de su propia firma: un escote corazón que celebraba sus curvas y una caída que fluía con cada uno de sus movimientos, otorgándole una presencia casi escultural. Se puso unos pendientes de oro que habían pertenecido a su abuela y se calzó sus tacones más altos. Victoria Ferré no iba a una cena familiar; iba a ocupar su lugar en el tablero. La mansión de los Ferré, situada en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, era el polo opuesto a la fría Torre Valente. Era una construcción de estilo neoclásico, con techos altos, molduras artesanales y un aroma permanente a jazmines y papel antiguo. Al entrar, Victoria fue recibida por el sonido de las risas y el choque de copas de cristal. —¡Nuestra soberana ha llegado! —exclamó Julián, el gemelo arquitecto, acercándose para darle un beso en la mejilla—. Te ves imponente, Vicky. Ese color te hace ver como si acabaras de comprar la ciudad entera. —Solo una parte, Julián. El resto todavía está en manos de gente que no sabe qué hacer con ella —respondió ella con una sonrisa afilada, aceptando la copa de vino que su otro hermano, Marco, le extendía. Marco, el abogado, la miró con escrutinio profesional. Sabía leer los ojos de su hermana mejor que nadie. —Tienes esa mirada, Victoria. La mirada de cuando estás a punto de demandar a alguien o de prender fuego a un contrato. ¿Pasó algo hoy? Victoria estaba a punto de responder cuando el timbre de la mansión resonó con una autoridad metálica. La conversación se detuvo. Sus padres, que bajaban por la escalera principal, se adelantaron para recibir a los invitados de honor. —Los Valente han llegado —susurró su padre, el doctor Ferré, con una nota de orgullo y afecto en la voz. Victoria sintió que el aire se volvía pesado. Las puertas se abrieron y la familia Valente hizo su entrada. Primero los padres de Dante, una pareja que destilaba una calidez genuina y una elegancia clásica, seguidos por su hija menor, Sofía, que entró con una sonrisa radiante. Y finalmente, cerrando el grupo como una sombra alargada y peligrosa, entró el León. Dante Valente vestía un traje oscuro, cortado a la perfección, que resaltaba su estatura abrumadora y la anchura de sus hombros. Su mirada recorrió la estancia con la misma parsimonia gélida de la tarde, hasta que chocó con la de Victoria. Por un microsegundo, el mundo pareció detenerse. Él no esperaba encontrarla allí, o al menos no así: tan radiante, tan segura, rodeada de una familia que la protegía como a una joya de la corona. —Victoria, querida —dijo la madre de Dante, acercándose para abrazarla—, estás más hermosa que nunca. Tu padre nos ha contado maravillas de Imperia. Dante se tensó visiblemente al oír el nombre de la empresa que esa misma mañana había intentado borrar del mapa. —Gracias, señora Valente. Es un placer tenerlos en casa —respondió Victoria, manteniendo su mirada fija en Dante mientras hablaba—. Lástima que su hijo y yo hayamos tenido un día de negocios tan... intenso. La cena fue un ejercicio de diplomacia y tensión subterránea. Se sentaron en el gran comedor de roble, bajo una lámpara de araña que bañaba la mesa con una luz ámbar. Mientras los padres de ambos recordaban anécdotas de juicios ganados y proyectos construidos, Victoria y Dante se encontraban sentados frente a frente, separados solo por un arreglo de flores y una galaxia de resentimiento. —He oído que estás haciendo cambios importantes en la empresa, Dante —comentó el padre de Victoria, mientras cortaba su carne—. Tu padre siempre fue un hombre de tradiciones, pero tú pareces inclinado a la eficiencia extrema. Dante dejó su copa de vino sobre la mesa, sus dedos largos rozando el cristal. —El mercado no tiene memoria para las tradiciones, doctor Ferré. O te adaptas o te conviertes en una pieza de museo. He tenido que tomar decisiones difíciles para asegurar que Textiles Valente siga siendo el líder indiscutible. Victoria soltó una risa suave, cargada de sarcasmo, que hizo que todos en la mesa se giraran hacia ella. —Eficiencia es una palabra muy elegante para referirse a la falta de visión, señor Valente. A veces, por querer podar las ramas "pequeñas", uno termina matando las raíces que sostienen todo el árbol. Dante clavó sus ojos en los de ella. La luz de las velas bailaba en sus pupilas oscuras. —Las raíces que no producen frutos consumen recursos innecesarios, señora Ferré. Es matemática básica. —Entonces sus matemáticas están oxidadas —replicó Victoria, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Porque ignorar a Imperia no es eficiencia, es un error de cálculo estratégico. Mi marca representa el futuro del consumo consciente. Usted solo representa... bueno, un traje caro y una oficina muy alta. La mesa quedó en un silencio sepulcral. Los padres de Dante se miraron entre sí, sorprendidos por la hostilidad directa, mientras los hermanos de Victoria intercambiaban miradas de diversión contenida. Marco sabía que su hermana estaba ganando terreno. —Parece que los negocios ya se han colado en la cena —intervino la madre de Victoria, tratando de suavizar el ambiente—. Dante, querido, ¿por qué no nos cuentas sobre tus planes de expansión? Dante no apartó la vista de Victoria. Había algo en la forma en que ella lo desafiaba, en la firmeza de su mandíbula y el brillo de su inteligencia, que le resultaba irritante y fascinante al mismo tiempo. Nadie en su círculo se atrevía a hablarle así. Nadie se atrevía a cuestionar su lógica. —Mis planes son simples —dijo él, su voz bajando a un tono barítono que solo Victoria pareció sentir en la piel—. Rodearme solo de lo mejor. Y eliminar cualquier distracción que no esté a la altura de mis estándares. —Entonces —dijo ella, levantando su copa en un brindis silencioso—, prepárese para quedar muy solo, señor Valente. Porque a su altura, el aire parece estar demasiado viciado de arrogancia como para dejarlo pensar con claridad. A mitad de la cena, Victoria se excusó para ir por un poco de aire al balcón que daba al jardín trasero. Necesitaba que el aire fresco de la noche enfriara el fuego que sentía en las mejillas. La presencia de Dante era como un imán negativo: la repelía y la atraía con una fuerza que la agotaba. No habían pasado ni dos minutos cuando escuchó el sonido de pasos pesados detrás de ella. No necesitó girarse para saber quién era. El aroma a sándalo y poder lo precedía. —Es de mala educación abandonar a sus invitados, Victoria —dijo Dante, apoyándose en la barandilla de piedra a su lado. —Es de mala educación intentar destruir la empresa de la hija de sus anfitriones, Dante —respondió ella, mirando hacia la oscuridad del jardín—. ¿Por qué estás aquí? Tu padre y el mío están en el estudio hablando de "viejos tiempos". Deberías estar allí, aprendiendo cómo se construye una relación de lealtad. Dante soltó un bufido que casi fue una risa. —La lealtad es para los perros, Victoria. En los negocios, lo único que cuenta es la rentabilidad. No tengo nada personal contra tu empresa, simplemente no encaja en mi nuevo modelo de negocio. Victoria se giró para enfrentarlo. En la penumbra del balcón, Dante parecía todavía más imponente. Su cercanía era una amenaza física que ella decidió ignorar. —No encaja porque no tienes el valor de admitir que una mujer como yo, con una empresa como la mía, tiene más poder de influencia que todas tus marcas de lujo juntas. Me tienes miedo, León. Tienes miedo de que no pueda ser domesticada. Dante dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que Victoria sintió el calor de su cuerpo. La miró de arriba abajo, no con la frialdad de la oficina, sino con un hambre nueva, oscura y peligrosa. —No te tengo miedo, Victoria. Te tengo curiosidad. Eres una anomalía. Férrea, incorruptible... y asombrosamente testaruda. Él levantó una mano, como si fuera a tocar un mechón de su cabello, pero se detuvo a milímetros de distancia. La tensión eléctrica entre ambos era tan real que Victoria sintió que el vello de sus brazos se erizaba. —No intentes jugar conmigo —susurró ella, su voz firme a pesar de que su corazón latía con fuerza—. No soy una de tus conquistas ni un número en tu balance. —Lo sé —respondió él, su voz casi un rugido amortiguado—. Eres mucho más peligrosa que eso. Antes de que alguno pudiera decir más, la voz del doctor Ferré los llamó desde el interior. —¡Victoria! ¡Dante! Vengan al estudio un momento. Hay algo que queremos discutir con ustedes. Ambos se separaron como si hubieran sido sorprendidos en un pecado. Entraron al estudio, donde sus padres estaban sentados frente a un antiguo escritorio de caoba. Sobre la superficie, descansaba un documento amarillento, sellado con lacre. —Hemos estado hablando —empezó el señor Valente padre, mirando a Dante con una seriedad que su hijo no solía ver en él—. Y hay una cláusula en el contrato de fundación de nuestra alianza familiar que ustedes dos necesitan conocer. Algo que sus abuelos firmaron hace cincuenta años y que, debido a la situación actual de ambas empresas, ha entrado en vigor. Victoria miró a su padre. El hombre, usualmente sereno, parecía preocupado. —¿De qué estás hablando, papá? —De una cláusula de protección mutua —explicó el doctor Ferré—. Dante, has intentado disolver el vínculo comercial con Imperia. Pero legalmente, debido a una deuda de honor y una inversión cruzada de 1975, no puedes hacerlo. Al menos, no a menos que... —¿A menos que qué? —intervino Dante, su voz cargada de una sospecha creciente. El padre de Dante suspiró, mirando a su hijo a los ojos. —A menos que Textiles Valente e Imperia se fusionen en una sola entidad. Y para que esa fusión sea estable y cumpla con los términos del fideicomiso familiar, ambos deben dirigirla juntos... como socios iguales. Y bajo un contrato de unión civil que asegure que ninguna de las dos familias perderá su patrimonio. Victoria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Fusión? ¿Socio de Dante Valente? ¿Unión civil? Giró la cabeza hacia Dante y vio que él también estaba paralizado, su máscara de hierro agrietada por el horror. No era una alianza estratégica. Era un rescate forzoso donde ambos eran, a la vez, salvadores y prisioneros. —¿Me vendieron? —susurró Victoria, su voz rompiéndose por primera vez. —Te salvamos, Victoria —respondió su padre, aunque no pudo sostenerle la mirada. Victoria se puso de pie, su silla cayendo hacia atrás con un estruendo que resonó en todo el comedor. Miró a Dante, el hombre que ahora era dueño de su libertad por un pecado que ella no cometió. —Prepárate, Valente —dijo ella, con una frialdad que asustó incluso a sus padres—. Porque si tengo que entrar en este infierno contigo, me voy a asegurar de que tú te quemes primero. Salió del comedor dejando tras de sí el eco de una traición que marcaría el inicio de su verdadera guerra bajo el mismo techo.
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