El restaurante en la terraza del Hotel Hassler, suspendido sobre la Plaza de España en Roma, era el epítome de la exclusividad. El aire de la noche romana era tibio, cargado con el aroma de los pinos y el perfume de las flores frescas que adornaban la mesa privada de Julian Vacher. Victoria estaba sentada frente a él, envuelta en aquel vestido de seda dorada que Julian había elegido para ella; una prenda que no solo realzaba su belleza, sino que la investía de una dignidad que se sentía extraña después de semanas de ser tratada como una moneda de cambio. Julian la observaba con una calma que resultaba casi hipnótica. No había exigencias en su mirada, no había el hambre posesiva que Victoria había aprendido a reconocer en Dante. Había, en cambio, una admiración genuina, una forma de mirarl

