Capítulo 6: El Filo de la Tentación

1083 Palabras
El reloj de la Torre Valente marcaba las 7:55 de la mañana cuando Victoria Ferré cruzó el vestíbulo. Esta vez no vestía de blanco; eligió un traje de sastre en color n***o noche, con una blusa de seda roja que se asomaba bajo la chaqueta, tan roja como la advertencia que representaba. Sus tacones de aguja repicaban contra el suelo con una cadencia hipnótica. Al llegar al piso cincuenta, la secretaria ni siquiera intentó detenerla; simplemente le abrió la puerta con la mirada baja, como quien abre la jaula de un depredador. Victoria entró. El despacho estaba en penumbra, con las persianas automáticas a medio bajar para filtrar el sol abrasador de la mañana. Dante estaba de pie junto al ventanal, de espaldas, con la camisa blanca impecable remangada hasta los codos, revelando unos antebrazos poderosos y venosos que delataban su tensión. —Llegas dos minutos antes, Victoria —dijo él sin girarse. Su voz era un rugido bajo, ronco, como si no hubiera dormido. —El tiempo es lo único que no puedo recuperar de ti, Valente. Así que prefiero no desperdiciarlo —respondió ella, dejando su maletín de cuero sobre el escritorio de obsidiana. Dante se giró lentamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su mandíbula estaba tan apretada que parecía que iba a estallar. Caminó hacia ella con esa parsimonia de cazador, rodeando el escritorio hasta quedar frente a ella. El aire entre ambos se volvió irrespirable de inmediato. —Aquí tienes —dijo él, arrojando un fajo de documentos sobre la mesa—. El borrador de la fusión. Mis abogados trabajaron toda la noche. He incluido tus cláusulas de diseño, pero he añadido una condición innegociable. Victoria arqueó una ceja, desafiante. —¿Cuál? Dante se inclinó hacia ella, apoyando las manos en la mesa, atrapándola en el pequeño espacio entre sus brazos. El aroma a café amargo, whisky de malta y ese perfume amaderado que lo caracterizaba inundó los sentidos de Victoria. —Si vamos a firmar esta unión civil, vivirás conmigo —sentenció él. Sus ojos bajaron a los labios rojos de ella y se quedaron allí un segundo de más—. El mundo tiene que creerse esta farsa. No habrá dormitorios separados cuando los inversores nos visiten. Dormirás en mi ático, bajo mi techo... y bajo mis reglas. Victoria sintió una descarga eléctrica recorrerle el vientre. El desafío en su mirada no flaqueó, pero su respiración se volvió más pesada. —¿Tus reglas? —ella se inclinó más, reduciendo la distancia hasta que sus narices casi se rozaban—. No soy una de tus telas que puedes doblar a tu antojo, Dante. Dormiré en tu casa para salvar a Imperia, pero no creas que eso te da derecho a entrar en mi espacio. Dante soltó una risa seca y peligrosa. Se acercó tanto que Victoria pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. —¿Tu espacio? —susurró él, su mano subiendo lentamente hasta rozar el cuello de la chaqueta de Victoria, sin llegar a tocar su piel, pero haciendo que ella temblara internamente—. Estás en mi oficina, en mi torre, a punto de firmar un papel que te ata a mí. Ahora mismo, Victoria, no hay ni un centímetro de ti que no esté bajo mi radar. Ella no retrocedió. Al contrario, subió la mano y le ajustó la corbata con una lentitud tortuosa, rozando deliberadamente sus nudillos contra el pecho firme de él. Sintió el latido acelerado del corazón de Dante bajo la tela. —Tu radar está fallando entonces —respondió ella en un susurro cargado de veneno y deseo—. Porque mientras crees que me estás vigilando, yo ya he tomado el control de tu logística. Firma el contrato, León. Firma y admite que me necesitas para que tu imperio no se desmorone. Dante la miró con una intensidad que quemaba. El odio profesional estaba ahí, pero el deseo animal de dominarla lo estaba superando. Con un movimiento brusco, tomó la pluma estilográfica y firmó el documento sin apartar los ojos de los de ella. Luego, le extendió la pluma. —Tu turno, Soberana. Firma tu sentencia. Victoria tomó la pluma. Sus dedos rozaron los de él, y un chispazo de estática los hizo saltar. Ella firmó con una caligrafía firme y elegante. En ese momento, legalmente, eran socios. Eran aliados. Eran un matrimonio en potencia. Dante tomó el contrato, pero no lo guardó. Lo dejó a un lado y volvió a invadir el espacio de Victoria, esta vez acorralándola contra el borde del escritorio. Ella sintió el frío de la obsidiana en su espalda y el calor volcánico de Dante frente a ella. —Ahora que los papeles están firmados —dijo él, su voz bajando a un registro que hizo que las piernas de Victoria flaquearan—, hablemos de la cena de prensa de mañana. El primer beso público. —Será una actuación, Dante —dijo ella, tratando de mantener la compostura mientras la mano de él se apoyaba en el escritorio, justo al lado de su cadera. —¿Ah, sí? —Dante bajó la cabeza, su boca a milímetros de la de ella—. Pues asegúrate de que sea la mejor actuación de tu vida. Porque yo no sé hacer nada a medias, Victoria. Y si tengo que besarte frente a las cámaras, voy a hacer que todo el mundo crea que te deseo más que a mi propia vida. —¿Y es mentira? —desafió ella, su mirada cayendo a la boca de Dante. El León guardó silencio. La tensión era tan alta que cualquier movimiento podría hacer que todo explotara. Dante se acercó más, rozando sus labios con los de ella, apenas un contacto de aire, un beso que no llegó a ser pero que lo prometió todo. —Es la verdad más peligrosa que he tenido que admitir —confesó él antes de separarse bruscamente, como si quemara—. Vete de aquí, Victoria. Antes de que olvide que esto es solo un contrato. Victoria tomó su maletín, con el corazón martilleando contra sus costillas. Salió de la oficina sin decir una palabra, pero al llegar al ascensor, tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Había firmado el pacto. Se había unido al León. Y ahora sabía que la guerra no iba a ser en las juntas directivas, sino en la piel, donde las heridas tardan mucho más en sanar.
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