Hermes y Hela quedaron para ver un partido de béisbol. Hermes adquirió las boletas y compraron los mismos suéteres para apoyar al equipo.
El sol brillaba con intensidad en el estadio, y la energía de la multitud era contagiosa. Hermes y Hela estaban sentados en las gradas, ambos vestidos con suéteres idénticos del equipo local. El ambiente estaba lleno de emoción y anticipación mientras el partido de béisbol se desarrollaba ante ellos.
El estadio estaba repleto de aficionados, todos animando y vitoreando a su equipo favorito. Hermes y Hela se unieron al bullicio, levantando sus refrescos y brindando por cada jugada emocionante. Hela, con sus gafas oscuras y su gorra, mantenía un perfil bajo, pero no podía ocultar la chispa de alegría en sus ojos mientras miraba el juego.
En el campo, el lanzador del equipo local se preparaba para lanzar la bola. El sonido del bate golpeando la pelota resonó por todo el estadio, seguido por un rugido de la multitud cuando el jugador corrió a la primera base. Hermes y Hela se levantaron de sus asientos, vitoreando y aplaudiendo con entusiasmo.
Durante una pausa en el juego, las cámaras del estadio comenzaron a enfocar a la audiencia. La "Kiss Cam" apareció en la gran pantalla, pasando de pareja en pareja. Hermes y Hela continuaban charlando y riendo, disfrutando de sus comidas rápidas y del ambiente festivo. De repente, se dieron cuenta de que estaban siendo enfocados por la Kiss Cam. La imagen de ambos apareció en la pantalla gigante, y la multitud a su alrededor comenzó a animar y aplaudir, esperando ver un beso.
Hermes y Hela se miraron y rieron. En lugar de besarse, decidieron saludar a la cámara. Levantaron sus manos y sonrieron, saludando a todos los presentes. La audiencia respondió con una mezcla de risas y aplausos, apreciando el gesto amistoso.
La cámara se alejó, y Hermes y Hela volvieron a concentrarse en el partido. La siguiente jugada era crucial, y ambos estaban al borde de sus asientos. El bateador del equipo local se preparó para enfrentar al lanzador contrario. Hermes podía sentir la tensión en el aire. El lanzador lanzó la bola, y el bateador la golpeó con fuerza. La pelota voló por el aire, y toda la multitud se puso de pie, siguiéndola con la mirada. La pelota cayó en el guante del jardinero, y el estadio estalló en vítores. Hermes y Hela saltaron de alegría, abrazándose y celebrando junto con todos los demás. La emoción del momento era palpable, y ambos se sintieron conectados no solo entre sí, sino también con toda la multitud que compartía esa experiencia.
El partido continuó, lleno de jugadas emocionantes y momentos de tensión. Hermes y Hela disfrutaron cada minuto, riendo, animando y saboreando la experiencia juntos. Para Hermes, no había nada mejor que estar allí, compartiendo ese día especial con Hela.
Al acabar, Hermes y Hela subieron las escaleras del estadio, caminando juntos por las bulliciosas instalaciones. La emoción del juego aún resonaba en el aire, pero para ellos, el mundo parecía haberse reducido a ese pequeño espacio compartido entre ambos. Sus manos rozaban al andar, enviando pequeñas corrientes de electricidad entre ellos con cada contacto.
Mientras caminaban, Hermes no podía evitar robar miradas hacia Hela. A través de los lentes de sus gafas oscuras, podía ver su perfil perfecto, su sonrisa tranquila, y esa chispa en sus ojos que siempre lograba hacerlo sentir especial. Cada momento con ella era como un tesoro, y se maravillaba de lo afortunado que era por tenerla a su lado.
En un instante casi mágico, sus manos, como si tuvieran vida propia, se encontraron y entrelazaron sus dedos. Ninguno dijo una palabra, pero ese simple gesto comunicaba más de lo que cualquier conversación podría expresar. Era una promesa silenciosa, una conexión profunda que iba más allá de las palabras.
Juntos, siguieron avanzando hasta llegar a un parque cercano. El lugar estaba lleno de familias disfrutando de la tarde, niños corriendo y jugando, y parejas paseando tranquilamente. Hermes y Hela se sentaron en un banco bajo la sombra de un árbol y compartieron un helado, pasando la cuchara de uno a otro y riendo con cada bocado.
Mientras observaban a las familias con sus hijos, ambos se dejaron llevar por pensamientos de un futuro posible. Veían la alegría y el amor en los rostros de los padres, y no podían evitar imaginarse a sí mismos en ese papel algún día. La idea de formar un hogar y tener hijos les llenaba de un cálido anhelo, aunque ambos sabían que esa realidad aún estaba lejos.
—¿Te imaginas? —dijo Hermes en voz baja, rompiendo el silencio. —Un día podríamos estar aquí con nuestros propios hijos, disfrutando de una tarde como esta.
Hela sonrió y apretó con suavidad la mano de Hermes. Era como si ese mensaje fuera para ellos. Había visto muchas madres y señoras embarazadas, pero eso mundo siempre había sido ajeno a ella. No se oponía al amor ni tampoco a la maternidad, solo que no le interesaba o no quería ver nada con esos asuntos tan triviales e innecesarios para ella. Mas, al estar con Hermes nuevas ideas y deseos aparecieron ante ella. Como si él fuera la llave para alcanzar todas esas experiencias en la vida. La idea de tener hijos se hacía más cercana, más factible, solo estando con Hermes. Él era el hombre que despertaba sus deseos básicos y sus instintos primarios como mujer.
—Sí, lo imagino —respondió ella, su voz cargada de esperanza—. Aunque parezca distante, sé que cada quien hará su familia.
Sus miradas se encontraron y, por un momento, el tiempo pareció detenerse. En ese parque, rodeados de risas y felicidad, se permitieron soñar con un futuro juntos. Aunque sabían que había desafíos por delante, la certeza de tenerse el uno al otro les daba fuerzas.
Después de un rato, continuaron caminando por el parque, disfrutando del helado y de la compañía mutua. La tarde se alargaba y el sol comenzaba a descender, bañando todo con una luz dorada. Hermes y Hela, con las manos entrelazadas y los corazones llenos de sueños, se sentían más unidos que nunca. Cada uno empezaba a aflorar nuevos sentimientos por el otro.